Travesuras del cabo Luis

Pasada la segunda guerra mundial y ya libre mi padre, estaba de vacaciones en Montelimar y venía la Semana Santa, entonces conseguí una plaza de apuntador en el turno de la madrugada, para tener algunos bollos en la Quijada, ahora Pochomil y disfrutar los días de vacaciones. Recorría con una libreta cada uno de los sitios de la f

Pasada la segunda guerra mundial y ya libre mi padre, estaba de vacaciones en Montelimar y venía la Semana Santa, entonces conseguí una plaza de apuntador en el turno de la madrugada, para tener algunos bollos en la Quijada, ahora Pochomil y disfrutar los días de vacaciones. Recorría con una libreta cada uno de los sitios de la f

ábrica, verificando que el personal estuviese en su sitio. Después pasaba la in

formación general para cubrir la planilla quincenal.Serían las dos de la mañana cuando me reventé a orinar y me dirigí al servicio de la oficina, localizado a unos 10 metros de distancia y al final de un corredorcito que con

ducía de la oficina a dicho lugar. Apurado, me desabroché la portañuela, porque no existían los zíper y empecé a sacarme el miembro para ejecutar la acción urinaria, cuando, al entrar al pompón, oí un grito fuerte y desesperado que decía Ficherito cuidado me meás, la casi súplica me obligó a desviar la puntería y a orinar en otra dirección.

El hijo mayor del presidente, era un fogoso enamorado de cuanta falda veía; y esa noche tenía acostada en el ponpón, a la panadera que llegaba a ofrecer su producto desde Masachapa. El trasero del futuro presidente que entonces era soltero y aún no había cometido matrimonio, se veía a media luz y no tuve más que soltar una sonora carcajada y decir: “Este cabo Luis nunca se va a componer”. Ni la vende pan, ni el propio Cabo, ni yo imaginamos, que un día ese joven iba a ser

presidente de Nicaragua.Al regresar a la oficina, observe en el corredorcito, una batea de madera conteniendo algunos bollos de pan y uno que otro pico como los que se estaban dando en el pompón.Me senté a trabajar, cuando entre sonriente y apenado el cabo llegó y me dijo: “Ficherito… vos no has visto nada, son cosas que pasan, me entendés”, yo solo le respondí: “prometo que no voy a decir nada”, pero nunca dije que alguna vez lo iba a escribir.

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