Querida Nicaragua: Es emocionante observar la serenidad, la calma, el sosiego y la paz interior que caracteriza a los pontífices romanos, los papas de la Iglesia Católica. Van cargando todos los problemas del mundo pero nada los perturba, el Espíritu Santo los asiste en todo momento y transmiten a las gentes un especialísimo carisma, se siente algo especialmente indefinible cuando uno logra acercarse al sitio donde permanecen estos santos varones.
Recuerdo la primera visita del hoy santo Juan Pablo II a Nicaragua, aquel 3 de marzo de 1983, cuando tuvo que enfrentar al turberío orteguista que reclamaba paz, paz, “queremos la paz”, interrumpiendo la homilía de Su Santidad en un espectáculo grotesco, digno de turbas diabólicas. El Pontífice no perdió la calma. Pidió silencio, y elevando la voz les contestó textualmente: “la primera que quiere la paz, es la Iglesia”. Un silencio profundo siguió a las palabras del santo varón, parecía como si la voz de Cristo Jesús hubiese callado a las turbas. Fue un momento emocionante que no puede olvidarse jamás, aunque después los revoltosos no guardaran el silencio debido en el momento de la comunión.
En San José, donde pasábamos el exilio de ocho años, fuimos los nicas a recibir al Santo papa al aeropuerto hasta dejarlo en la Nunciatura. Hicimos vigilia esa noche y como a las diez salió Juan Pablo II al balcón a saludarnos. Su presencia llenó el ambiente de un magnetismo solemne que conmovió la mente y el corazón de todos, bendijo a los exiliados nicaragüenses y nos dijo que había que rezar mucho por Nicaragua y nos alentó con unas palabras de fe y esperanza.
Lo vimos una vez más en su segundo viaje a Nicaragua cuando gobernaba doña Violeta. Fue cuando habló de la noche oscura de los años ochenta y la libertad que ahora encontraba.
El papa Francisco es otra escogencia del Espíritu Santo. Bendición para nosotros el tener un papa latinoamericano que conoce más de cerca nuestros problemas.
Dios sabe por qué escogió tres países: Ecuador, Bolivia y Paraguay. Ecuador y Bolivia padecen dictaduras enemigas de la libertad de expresión y de muchas otras libertades. Ambos presidentes reciben al papa con abrazos, pero tienen que escuchar del pontífice las verdades que no quisieran escuchar. Francisco convoca a multitudes de hombres, mujeres, ancianos, adolescentes y niños, va abrazando a todos, por momentos carga un niño a quien besa en la mejilla, abraza a jóvenes, adolescentes y niños. Sonríe siempre.
El papa Francisco habla suave y lentamente pero sus palabras llegan al corazón de los pueblos y sus ideas y reclamos sobre derechos humanos, sociales, cívicos, morales, son dirigidos a quienes tienen el poder de cambiar sistemas, corregir injusticias, compartir bienes, promover libertades, soltar las amarras a los privados de libertad por pensar distinto.
El papa Francisco va evangelizando a su paso, va invocando el nombre de Jesús y la Santísima Virgen María, compendio de todas las virtudes y la salvación de los hombres y los pueblos.
Francisco como sus predecesores va dejando profundas huellas por donde pasa. Las gentes van cambiando ante la presencia del representante de Cristo en la tierra.
Alguien no creyente me decía que todo eso es puro cuento, que no cambia nada, que el papa es un sacerdote como cualquier otro. Le contesté que el tiempo de Dios no es el tiempo de nosotros y que los corazones solo los conoce el que siente sus propios latidos. Nicaragua, le dije, aunque no lo parezca, está bendecida por Dios y está llamada a ser luz entre las naciones. Por supuesto que este es un acto de fe. Quien no es creyente ni quiere serlo, y no tiene un poco de humildad, no comprenderá jamás estos misterios ni podrá ver nunca las profundas huellas que van dejando en el mundo los papas como Francisco.
El autor es gerente de Radio Corporación. Excandidato a la presidencia de la República en 2011.
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