Un profesor argentino de Economía, P. Andrés Neumeyer, escribió poco antes del referendo en Grecia del domingo 5 de julio, que votando por el “No” los griegos caerían “en un estado abrumador que podría hacerlos estrellar contra los arrecifes”, como les ocurrió a los marineros de Odiseo.
Pero la verdad es que los marineros de Odiseo (Ulises) no oyeron los cantos de las Sirenas, porque se taponaron los oídos para no escucharlos como sí los han escuchado los griegos de la actualidad.
Las Sirenas son unos seres fabulosos que al principio se creía que eran mitad mujer y mitad pájaro, pero luego se generalizó la creencia de que su torso y cabeza es de mujer y la otra parte de sus cuerpos tiene forma de pez. Ellas habitan en unas rocas en medio del mar y son hijas del dios río Aqueloo y de la ninfa Calíope (la que tiene una bella voz). Precisamente por ser hijas de Calíope las Sirenas cantan maravillosamente y hechizan a quienes las oyen. Pero las Sirenas no cantan para agradar a los hombres, sino para atraerlos hacia ellas, hacer que sus naves se estrellen contra las rocas y así poder matarlos y alimentarse con la carne humana.
El mito de las Sirenas lo cuenta Homero en el Canto XIX de La Odisea . Diez años dura el viaje de Odiseo de regreso a su patria chica en la isla griega de Itaca. Durante ese dilatado regreso, Odiseo y los hombres que lo acompañan pasan por numerosas aventuras y se detienen en muchos lugares, uno de ellos la isla de Eea, donde reina una maga llamada Circe.
Al comienzo Odiseo y Circe tienen una relación conflictiva, pero luego la reina maga se enamora del héroe griego y lo persuade de quedarse con ella. Sin embargo, al cabo de un año Odiseo decide continuar su viaje de regreso a la patria añorada donde lo esperan su fiel y paciente esposa, Penélope y su impetuoso hijo Telémaco.
Según cuenta Homero, antes de que Odiseo abandone la isla de Eea Circe le advierte : “Llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a casa; antes bien, lo hechizan estas con sonoro canto sentadas en un prado donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel seca. Haz pasar de largo a la nave y derritiendo cera agradable como la miel, unta los oídos de tus compañeros para que ninguno de ellos las escuche. En cambio, tú, si quieres oírlas, haz que te amarren de pies y manos, firme junto al mástil —que sujeten a este las amarras— para que escuches complacido la voz de las Sirenas; y si suplicas a tus compañeros o los ordenas que te desaten, que ellos te sujeten todavía con más cuerdas”.
Odiseo obedece las instrucciones de Circe, pero cuando la nave pasa cerca de donde están las Sirenas al oír su canto no resiste la desesperación por ir hacia ellas. “Entonces —dice el mismo Odiseo— mi corazón deseó escucharlas y ordené a mis compañeros —quienes no podían oír los cantos de las Sirenas porque sus oídos estaban taponados— que me soltaran haciéndoles señas con mis cejas, pero ellos se echaron hacia adelante y remaban, y luego se levantaron Perimedes y Euríloco y me ataron con más cuerdas, apretándome todavía más. Conque, cuando la nave estaba a una distancia en que se oye a un hombre al gritar en nuestra veloz marcha, no se les ocultó a las Sirenas que se acercaba y entonaron su sonoro canto:
“Vamos, famoso Odiseo, gran honra de los aqueos (griegos), ven aquí y haz detener tu nave para que puedas oír nuestra voz. Que nadie ha pasado de largo con su negra nave sin escuchar la dulce voz de nuestras bocas, sino que ha regresado después de gozar con ella y saber más cosas. Pues sabemos todo cuanto los griegos y troyanos trajinaron en la vasta Troya por voluntad de los dioses. Sabemos cuanto sucede sobre la tierra fecunda”. Así decían lanzando su hermosa voz
“Cuando por fin las habían pasado de largo y ya no se oía más la voz de las Sirenas ni su canto, se quitaron la cera mis fieles compañeros, la que yo había untado en sus oídos, y a mí me soltaron de las amarras”.
Moraleja de esta historia es, obviamente, que no se debe creer en falsas promesas y ofertas grandiosas, pues solo conducen a quienes les hacen caso, a la ruina y la perdición.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A