Las Lemnias eran las antiguas habitantes de la isla griega de Lemnos que establecieron allí una especie de ginecogracia o sea una sociedad y gobierno de mujeres.
Sobre Lemnos cayó Hefesto (Vulcano en la mitología romana), cuando su madre, Hera, lo arrojó desde lo alto del cielo porque era deforme y demasiado feo. Pero antes de que Hefesto se estrellara contra el suelo, los isleños detuvieron su caída y lo acogieron entre ellos. Por eso Hefesto creció y se estableció en Lemnos, convirtiéndose en su dios tutelar.
Pero Lemnos también fue famosa porque sus mujeres, las Lemnias, despedían un olor insoportable de sus cuerpos. Los hombres de las Lemnias incluso las repudiaron y fueron a buscar otras mujeres en las islas cercanas y lejanas, a las que secuestraban y las hacían sus concubinas.
Según algunos, las Lemnias olían mal porque no aseaban sus cuerpos. Otros aseguran que era un castigo de la diosa Afrodita, porque no le hacían las debidas ofrendas. Y una tercera explicación asegura que las Lemnias olían mal por el colorante vegetal que usaban para pintarse sus vistosos tatuajes.
Como fuese, el caso es que un día las Lemnias se rebelaron contra sus maridos y los mataron a todos. Solo se pudo salvar el rey, Toante, porque su hija, Hipsípila, faltó al juramento colectivo de que no se perdonaría la vida de ningún hombre. Hipsípila, en vez de matar a su padre lo puso en un bote sin remos para que navegara a la deriva y la corriente marina lo llevara a cualquier parte.
Durante algún tiempo las Lemnias se las arreglaron para vivir solas y tranquilas, hasta que un día vieron un barco que se aproximaba a la isla. Era la nave Argo, en la que viajaban los argonautas liderados por el héroe Jasón, que se dirigían a la Cólquide (el Caúcaso) en busca del mítico vellocino de oro.
Las Lemnias corrieron a ponerse las armaduras que habían pertenecido a sus hombres, empuñaron sus armas y mediante señales advirtieron a los tripulantes del barco que no se atrevieran a desembarcar.
Pero los argonautas solo querían reabastecerse de agua y comida para seguir su viaje; y para mostrar sus buenas intenciones, enviaron a un hombre desarmado en un bote, portando una bandera blanca, para pedir ayuda a los habitantes de la isla.
Las Lemnias se reunieron en asamblea para decidir qué hacer. Hipsípila, quien había tomado el mando en sustitución de su padre, propuso a las mujeres que dieran a los viajeros lo que pedían y que se marcharan de una vez. Tomó entonces la palabra la más anciana de las mujeres, quien había sido nodriza de Hipsípila cuando esta era una bebé, y las convenció de que debían acoger a aquellos hombres y unirse a ellos, pues de otra manera se extinguiría la población de Lemnos.
Las Lemnias acogieron la propuesta de la anciana y convencieron a los Argonautas de que se quedaran y unieran a ellas, al menos por algún tiempo. Muy pronto todas las Lemnias quedaron embarazadas y los Argonautas ya podían continuar su viaje.
Hipsipila se unió con Jasón, el líder de los argonautas, a quien le tuvo dos hijos mellizos: Neubrófono y Euneo, quien llegaría a ser el rey de Lemnos.
Pero la traición de Hipsípila al juramento de las Lemnias no quedó impune. Pasado algún tiempo, Toante, el padre de Hipsípila, regresó a Lemnos creyendo que todo había vuelto a la normalidad. Y entonces, al conocer que Hipsíla había faltado al juramento común las Lemnias se enfurecieron, la apresaron y la vendieron como esclava a unos piratas.
Las Lemnias proclamaron rey de Lemnos a Euneo, quien se propuso lograr purificar la isla del espantoso crimen que habían cometido las Lemnias.
Para eso Euneo dispuso que todos los fogones de las casas fueran apagados por nueve días, durante los cuales debían hacerse ofrendas a los muertos. Al cabo del novenario, todos los fogones fueron encendidos con un nuevo fuego llevado en barco desde el altar de Apolo, en la isla de Delos. A partir de entonces ese ritual se hizo en Lemnos todos los años y de esa manera los lemnios pudieron ser perdonados por los dioses.
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