El actual sistema cambiario, que tiene exactamente 23 años de existencia, es una pérdida de bienestar para el consumidor. Es un impuesto directo que se aplica día a día a millones de nicaragüenses y reflejo de una administración pública, que muy a pesar de los programas de estabilización y ajuste estructural del pasado, no ha logrado ajustar su gasto.
El sistema genera pérdida de bienestar, porque no da estabilidad y más bien encarece los precios de los bienes y servicios, legítima la dolarización y ha generado un sistema de transacciones monetarias rentista, que beneficia a una minoría que se dedica a la compra y venta de divisas.
El sistema de las minidevaluaciones que tenía como objetivo expreso anclar los precios internos al tipo de cambio del córdoba con respecto al dólar empezó su crisis con el shock petrolero, y desde hace muchos años, la inflación no se ajusta a la devaluación del cinco por ciento. En otras palabras, nos vendieron la idea de que preanunciando la devaluación, los precios iban a estabilizarse, pero la verdad es que la inflación reflejada en los índices oficiales, hace estragos en las familias nicaragüenses.
La inflación es casi siempre mayor que la devaluación anual, con lo cual se ha empezado a generar desde hace mucho un alto nivel de sobrevaloración del córdoba.
Desde 1995 hasta el 2014, la inflación acumulada ha sido de 440 por ciento, mientras la devaluación ha sido de 274 por ciento, según cálculos basados en estadísticas oficiales, es decir, los precios se han multiplicado por 5.4 veces y el tipo de cambio en 3.74. Eso es una evidencia del fracaso de los objetivos del sistema cambiario, pero que los economistas oficiosos se empeñan en defender. A lo único que sirve este impuesto directo es para financiar el gasto público, de un gobierno que ha demostrado un activismo que traerá en el mediano o largo plazo consecuencias económicas desastrosas.
Si no lo creen, revisen sus salarios y analicen en cuanto se ha ajustado desde 1994. Revisen como se han triplicado los empleados públicos del gobierno central, sin tomar en cuenta a la Policía y al Ejército, y los entes descentralizados.
Todo este nivel de gasto público, así como el abultado déficit comercial, es posible gracias a la cooperación externa, a nuevos contratos de deudas, y a la gran cantidad de divisas que entran al país vía exportaciones, remesas y flujo ilegal de dinero.
Si en los años sesenta se hubieran generado los niveles de inflación que tenemos actualmente, la grita popular hubiera sido imparable. Pero nos quedamos con la cultura inflacionista de los años ochenta, y con el sistema de minidevaluaciones, nos parece natural vivir al ritmo de la devaluación y un sistema de precios errático y alcista.
Sí, tenemos una cultura inflacionista que han promovido el actual sistema cambiario, y que debería de modificarse, tal como lo sugiere José Luis Medal, por la dolarización total, con lo cual se instauraría un sistema cambiario que no daría lugar al financiamiento del gasto público por vías devaluatorias y que traería un sistema cambiario más justo para los consumidores.
Mientras se mantengan los niveles de cooperación, ayuda externa, préstamos internacionales y flujo ilegal de dinero, la actual sobrevaloración y las consecuentes distorsiones económicos que introduce, se mantendrá. Pero en otro contexto, la economía hubiera entrado en una crisis comparable con la de los años ochenta. Y nunca se sabe que podrá pasar en el futuro, lo seguro es que no estamos por la senda de una sana política económica, a pesar de los bombos y platillos de los organismos internacionales y la cúpula empresarial.
Para los que hablan de estabilidad macroeconómica, deberían de visitar los hogares nicaragüenses y darse cuenta de cómo la crisis económica actual, se siente con toda la dureza de un país del cuarto mundo.
Desde luego no se podría establecer un sistema de cambio fijo, pero si realmente el gobierno lograra ajustar su gasto, desde luego podríamos tener un sistema de cambio y precio más estable y que genere beneficios a los consumidores, cosa que sucede en la actualidad. El sistema genera una pérdida neta entre los consumidores, pero entonces ¿por qué no cambiarlo?
El autor es director de Cultura & Economía, revista digital.
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