Querida Nicaragua: Cada vez me convenzo más de que la democracia es la peor enemiga de ella misma, es una enemiga mortal. Creo que fue Lenin o uno de esos altos personajes de la antigua Unión Soviética quien dejó para la historia esta frase: “El capitalismo se ahorcará con su propia soga”.
Poco a poco los errores, por no decir las corrupciones cada vez mayores de los principales partidos democráticos de los países latinoamericanos han venido dando pasos hacia su propia destrucción. Ha sido más fuerte el afán de atesorar dinero y volverse multimillonarios, que el patriotismo de comportarse honradamente y prestigiar a sus partidos y a su patria. Poco a poco se van perdiendo los partidos democráticos y poco a poco se van entregando los países en manos totalitarias comunistas con el engañoso nombre de “socialistas”.
Si no lo vemos es porque no queremos. En Venezuela los partidos más fuertes Adeco y Copei, ambos democráticos, el uno social demócrata y el otro social cristiano permitieron tales corrupciones que el pueblo cansado de tantos males eligió al primer astuto y gritón que proclamó, engañosamente una revolución para acabar con la corrupción, un cambio para Venezuela. Ese fue el difunto Hugo Chávez. Y ahí tenemos a Venezuela en el triste papel de cuasi colonia cubana.
Los ejemplos abundan. La primera fue Cuba, Fidel Castro proclamando democracia y cristianismo con un crucifijo colgado del cuello y ofreciendo elecciones libres en unos cuantos meses. Le siguieron Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua. La democracia destruyendo a la democracia.
En los años noventa entró el alivio del gobierno de doña Violeta, que aunque tuvo que dejar millonario al partido orteguista permitiéndole repartirse como en una piñata los bienes usurpados por ellos mismos, hizo un gobierno que cambió la opresión totalitaria por la libertad democrática. Que hubo errores, si hubo como en toda obra humana, pero fueron muchísimos más los aciertos que nos hicieron respirar años de libertad y de alegría.
Pero los tres gobiernos democráticos que tuvimos, de 1990 al 2006, por ser democráticos y dar plenas libertades, no pudieron evitar que el orteguismo “gobernara desde abajo” anarquizara el país con un partido fuerte y millonario.
La libertad de que se goza en los regímenes democráticos paradójicamente va destruyendo la democracia y abriendo campo al totalitarismo comunista.
En Honduras hay un gobierno democrático y se está acusando de corrupción al presidente de la República y hay grandes manifestaciones en las calles pidiendo su renuncia. En Guatemala también hay un gobierno democrático y enormes manifestaciones piden la renuncia del presidente Otto Pérez Molina. La vicepresidenta guatemalteca renunció al ser vinculada con actos de corrupción. En Méjico no cesan las protestas por todas partes. Todos estos son gobiernos democráticos, libremente electos, donde hay libertad de expresión, de organización, de movilización, etc. Y por esto mismo están expuestos al gravísimo peligro de que lleguen al poder los comunistas y cuando estos llegan se acabó la libertad. Poco a poco se suprimen las libertades y poco a poco el caudillo domina los poderes del Estado. Hace elecciones fraudulentas, logra así una aplanadora diputadil a su favor. Luego es fácil apoderarse del poder judicial y del poder electoral, del Ejército y de la Policía. Ahí murió la democracia asesinada por ella misma.
Y donde no hay democracia sino totalitarismo no hay manifestaciones democráticas en contra del Gobierno, no hay denuncias contra funcionarios corruptos, y si las hay el poder judicial no les da pase, dirá “no ha lugar”. En este tipo de gobierno puede haber miles de robos y miles de denuncias pero la respuesta es un total silencio. No hay democracia ni Estado de derecho. La democracia ha sido sepultada por la misma democracia. Y estos caudillos se quedan ahí, quieren ser vitalicios. Yo quisiera que no fuera así, pero lamentablemente todo esto es legítima verdad.
El autor es gerente de Radio Corporación. Excandidato a la presidencia de la República en 2011.
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