El Consejo Universitario de la UNAN-León ratifica la expulsión de Gabriel Álvarez como docente de derecho, después de un proceso disciplinario iniciado por la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, en acatamiento a la recomendación de la comisión investigadora, creada por el orteguismo con fines de represión inquisitorial.
En la medida que el orteguismo ha adquirido un contenido absolutista, la disolución del Estado de Derecho ha debilitado los principios constitucionales, encerrándose en un área irracional, detrás de unos barrotes, donde impera a sus anchas el abuso discrecional del poder personal del dictador. El doctor Álvarez, por su especialidad jurídica, ha señalado como un forense escrupuloso las lesiones sufridas por el derecho constitucional, a medida que el orteguismo se consolidaba como una dictadura medieval.
En consecuencia, el orteguismo ha creído necesario afectar el sistema inmunológico de la sociedad, y ha reprimido en ciernes la formación libre de ideas, apoderándose para ello de las cátedras universitarias; para mutilar, por principio absolutista, el pensamiento libre. El país retrocede, así, con un régimen de derecha que fomenta la apropiación de capital por vía de la corrupción y de las leyes de la piratería. El Estado, con el absolutismo, se ha retraído a formas simples de dominación directa, y las instituciones disfuncionales yacen en estado vegetativo, con respiración asistida.
Aunque no lo parezca ahora, este ataque a la libertad de cátedra es uno de los más graves errores del orteguismo. No es, sin embargo, un error atribuible únicamente a la torpeza política de algún funcionario universitario, de pocas luces. Es producto del movimiento mecánico de una maquinaria represiva montada por Ortega, a su imagen y semejanza. O sea, que el sistema impuesto contra el pensamiento, para apropiarse del patrimonio nacional, hace que la autonomía represiva proceda, ahora, contra el centro de formación controversial de ideología; contra la construcción dialéctica de estrategias de nación; contra el centro de debate del pensamiento científico. La chatura intelectual avanza, entonces, por el tejido social como una mancha de aceite en una marea negra, y cubre con la intolerancia obtusa el más delicado ecosistema intelectual de formación del conocimiento. Es un reto a la inteligencia que debe madurar en el estudio y en la investigación sin límites.
La dictadura de los Somoza, mucho más hábil políticamente que la dictadura orteguista, comprendió tardíamente que la relativa estabilidad de su régimen era posible si lograba propiciar cierto desarrollo de las fuerzas productivas. Para lo cual, el somocismo, en los últimos veinte años de vida, no solo se nutrió de profesionales técnicamente capaces, seleccionados por meritocracia e independencia de criterio para modernizar el Estado, sino que al fin dejó que la universidad fuese un espacio libre, verdaderamente autónomo, donde las ideas fluían sin intervención del régimen dictatorial. Durante el período de autonomía universitaria, de 1958 a 1979, no hubo un solo profesor somocista: el servilismo académico había quedado atrás. El sandinismo verticalista de ese período, pese a su intolerancia política consustancial, empeñado en la lucha franca contra Somoza, tampoco logró desvirtuar la autonomía, o montar un fraude en las elecciones estudiantiles.
No obstante, la dictadura militar somocista llevaba ineludiblemente en sus entrañas una contradicción creciente con la modernidad. Es este elemento crítico, objetivo, el que circunstancialmente ha hecho saltar al somocismo por los aires, completamente aislado nacional e internacionalmente. El heroísmo del pueblo culminaría su triunfo sobre la dictadura gracias a ese factor objetivamente progresivo.
Ahora, el orteguismo apunta a la degradación social, polarizando en extremo al país. Nuestro riesgo mayor, en este proceso destructivo, es la probabilidad creciente de una dispersión anárquica, y la posible pérdida de la soberanía nacional a manos de la mafia, si el orteguismo se prolonga demasiado.
Una universidad, efectivamente autónoma, sería una fuente intelectual de reagrupación nacional contra la degradación orteguista. La clase media, sin perspectivas decorosas bajo el régimen corporativista oligárquico, podría reaccionar a otra provocación similar de la represiva chabacanería orteguista, y dar inicio a una huelga general estudiantil que ponga de rodillas a la torpe dictadura de Ortega.
De este duelo, puede resultar una derrota desastrosa para Ortega, y la sociedad arrebataría el primer territorio libre: el laboratorio que cultiva la inteligencia.
El autor es ingeniero eléctrico.
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