Con frecuencia se escucha entre los nicaragüenses que el orteguismo ganaría las elecciones del año 2016 “aún con un proceso electoral libre y transparente”. O sea que para muchos, tal vez para la mayoría, en la actualidad el orteguismo es “invencible”.
Esto denota la compleja situación de los nicaragüenses. Para comenzar, estamos dando por aceptado el secuestro de la voluntad popular.
El hecho de que las elecciones no son un proceso mediante el cual el ciudadano puede elegir a sus representantes y a los administradores de la cosa pública ya no se pone en duda.
Al no ponerse en duda y tampoco protestar contra este abuso a un derecho ciudadano solo podemos concluir que los nicaragüenses estamos aceptándolo. Y solo puede ser aceptado sin protesta porque existe temor.
El nicaragüense entonces vive bajo un régimen de temor. Eso lo podemos identificar también en las encuestas. No en las respuestas de quienes dan niveles de aprobación de hasta un 70 por ciento a la gestión del régimen inconstitucional de Daniel Ortega. El temor se deja entrever en las respuestas que contrastan con la anterior. Por ejemplo, cuando alrededor de un 50 por ciento dice que se iría de este país si tuviera la posibilidad, pero más aún cuando las empresas encuestadoras han admitido que cada vez es más difícil encontrar personas que deseen hablar con libertad de temas políticos.
Si alguien duda que en Nicaragua hay temor a criticar al Gobierno, que simplemente haga su propia encuesta. Por ejemplo, cada vez que yo hablo con alguien que me dice que “le está yendo bien” yo le pregunto si no tiene absolutamente ninguna queja. La respuesta invariablemente es que hay muchos aspectos que no le gustan, muchos aspectos con los que está inconforme. Entonces le pregunto: ¿por qué no expresás esa inconformidad? Y la respuesta es “ni loco, me joden”, o una variante de la misma como “me corren”, “me mandan a la DGI”, “me quiebran”, “me mandan a los CPC”, etc.
A través de ese temor y del fraude descarado el orteguismo ha logrado inculcar en los nicaragüenses no solo que vivimos bajo la constante amenaza de la represalia, sino que no cabe la posibilidad de un cambio mediante el ejercicio del voto, al menos en el corto plazo.
Algunos dirán que la situación está así “por culpa de la oposición” como constantemente se escucha. Y a renglón seguido la gente dice que esa culpa radica en “la división”. Sin embargo, aunque la oposición tiene muchos problemas y defectos, olvidamos que al robarse las elecciones de 2008 el orteguismo impidió que la oposición tomara posesión de más de 40 alcaldías donde había ganado legítimamente, entre ellas la Alcaldía de Managua.
En Nicaragua, el alcalde de Managua es el funcionario electo más poderoso después del presidente de la República y al robarse esa elección —y de paso colocar desde entonces como alcaldes de Managua a figuras políticamente anodinas— el orteguismo evitó que de la comuna capitalina surgieran poderosos contendientes a la silla del ejecutivo como sucedió en el caso de Arnoldo Alemán, Herty Lewites y Dionisio Marenco.
En otras palabras, aparte de lo que normalmente se dice sobre la oposición, lo que obviamos es que el orteguismo en el 2008 le arrebató a la oposición el mandato que había recibido de la ciudadanía para gobernar.
Entonces, más que un gobierno que ofrece estabilidad macroeconómica y seguridad ciudadana —que son cosas que los otros gobiernos también habían ofrecido—. Más que un crecimiento económico sostenido que —admitido por el mismo asesor presidencial para asuntos económicos— no llega a todos. Y mucho menos una gestión eficiente (lo podemos ver con los desastres que provocan estas lluvias), lo que sostiene al orteguismo y lo hace aparecer “invencible” son su capacidad para robar sin escrúpulos la voluntad popular, y su capacidad de infringir temor en la ciudadanía bajo la constante amenaza de la represalia (o la represalia real). La combinación de esos factores ha impedido que surja una propuesta opositora consolidada que la ciudadanía pueda respaldar.
Ante esto, recuerdo la famosa frase de Franklin D. Roosevelt, pronunciada durante el discurso de inauguración de su primer presidencia en 1933, cuando tomó posesión en plena Gran Depresión, este dijo: “…permítanme dejar establecida mi firme convicción que lo único que tenemos que temer es al temor mismo…”
O sea, lo primero que debemos vencer es el temor que nos infringe el orteguismo y nos hace verlo invencible. ¿Podremos?
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