Uno de los sueños del ser humano ha sido siempre alcanzar a Dios.
En esta lucha, el hombre desde hace ya miles de años se ha fabricado zigurats como una representación simbólica de un puente entre la tierra y el cielo. De un eje cósmico, vertical entre la tierra, el cielo y el mundo subterráneo como lo interpretaban las civilizaciones sumerias y persas. Ideas plasmadas en el poema babilónico que narra los orígenes del mundo Enûma Elish (Cuando en lo alto) y que puede ser visto como la historia de la eterna lucha entre el Orden y el Caos que Erich Fromm consideró como la expresión poética de la transformación de la sociedad desde el Matriarcado al Patriarcado. O, la representación poética del paso de la sociedad primitiva basada en la autoridad racional a una sociedad en que la autoridad está basada en el poder.
Pero no siempre el hombre se ha fabricado zigurats para establecer esa comunicación. A veces los hay en la misma naturaleza.
Ometepe con sus dos zigurats volcánicos es un ejemplo.
Allí en medio de esa mar dulce que ahora queremos destruir, nuestros ancestros americanos desde cienes de años antes que Nicarao y Diriangén aparecieran por nuestras costas, subían a comunicarse quizás a retar a sus dioses, igual como los babilónicos de Nabucodonosor lo hacían en sus zigurats.
Los Aztecas y Mayas por el norte confundiéndose con los Muyscas o Chibchas por el Sur se reunían en este paraíso que para ellos era una especie de Meca, para alcanzar a sus dioses, como lo atestiguan los descubrimientos arqueológicos del doctor J. F. Bransford, doctor Berendet, Humboldt, Squier y Hartt con la comparación de cerámicas, jeroglíficos y lingüísticas encontradas en la isla con sus dos majestuosos volcanes el Concepción (antes llamado Ometepe) y el Maderas.
Babel, esa torre que nos describe el Génesis y de la cual también hablan muchos pueblos y civilizaciones (entre los que están: El libro de los Jubileos; Antigüedades judías de Flavio Josefo; los escritos de Pseudo—Filoncomo; el Midrah; los Sumerios la historia de EnMerkar; la historia de Coxcox y Xochiquetzal; El Zocuali de los Toltecas; las historias griegas de Philarios y Philarion y las historias de pueblos africanos como los bantú) es un símbolo cabalístico de la destrucción del hombre debido a su soberbia. Dios en un acto de castigo y salvación les confunde la lengua y los dispersa.
Los hombres querían alcanzar a Dios para igualarse a Él. Y no solo alcanzarlo, sino también retarlo y vencerlo como Nemrod el gran cazador que cita Darío en su poema Caupolicán, quien al volverse un tirano de su pueblo decide quitar a sus súbditos el temor a Dios construyendo una torre.
Y es que los tiranos, sin importar la época en que existen, pierden tanto la noción humana que llegan a retar a Dios con su soberbia y arrastran a sus pueblos a una catástrofe como la de Babel.
Como una ley esotérica, el mundo globalizado actual vive un retorno a Babel a través de su tecnología donde poco a poco ha ido encontrando la manera de retar a Dios.
Actualmente un i-phone hace una traducción instantánea a cualquier idioma y nos transporta a cualquier rincón del mundo en segundos anulando la confusión causada por la diversidad de lenguas venciendo la dispersión.
Paradójicamente este tipo de tecnologías nos deshumanizan negándonos ese contacto físico necesario para nuestro desarrollo mental y espiritual normal. Deshumanización que irremediablemente nos llevará de nuevo a otra Babel.
Pero Dios se nos adelanta en el Pentecostés y nos da la solución para volver a ser un solo pueblo.
Ahí es donde el Espíritu Santo con el don de lenguas hace de nuevo que el hombre entienda Su idioma. El idioma del amor y el perdón que son universales sin necesitar de i-phones, de internet, ni de edificios altos y sin la necesidad de escalar el Concepción o el Maderas.
El autor es médico y Cirujano.
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