El padre Peña y el papa santo

Monseñor Luis Amado Peña, quien fuera vicario de la Pastoral Carcelaria de la Iglesia católica de Nicaragua y párroco de la iglesia María Inmaculada, en el barrio Altagracia de Managua, falleció el sábado 16 de mayo y fue sepultado el domingo 17, después de recibir los merecidos honores religiosos y de sus feligreses, amigos y familiares.

Monseñor Luis Amado Peña, quien fuera vicario de la Pastoral Carcelaria de la Iglesia católica de Nicaragua y párroco de la iglesia María Inmaculada, en el barrio Altagracia de Managua, falleció el sábado 16 de mayo y fue sepultado el domingo 17, después de recibir los merecidos honores religiosos y de sus feligreses, amigos y familiares.

El padre Peña (Peñita, lo llamaba cariñosamente el cardenal Leopoldo Brenes) era muy querido por todos los religiosos y laicos católicos que lo conocieron y se relacionaron con él. También era muy querido por los muchos nicaragüenses que estando presos fueron beneficiados por su acción pastoral; y por los habitantes del humilde sector capitalino de La Chureca, donde por muchos años realizó una abnegada labor de asistencia social caritativa.

Monseñor Luis Amado Peña nació el 7 de febrero de 1939 en Masaya. Fue ordenado sacerdote el 3 de marzo de 1972 y ejerció como párroco en las iglesias de la Santa Faz, Pío Décimo y Espíritu Santo, en Managua. Después estuvo en una parroquia de Diriamba y regresó a Managua como párroco de San Francisco, primero, y finalmente de la Inmaculada Concepción.

Durante la revolución sandinista el padre Amado Peña fue ultrajado por el poder, acusado de contrarrevolucionario y durante 11 meses del año 1982 permaneció recluido en el Seminario Fátima, de Managua, “con seminario por cárcel”.

Fui su amigo personal durante mucho tiempo. En los años noventa, cuando yo era diputado de la UNO lo acompañé a la cárcel de mujeres a donde él iba a oficiar la misa. También me motivó a visitar la Cárcel Modelo de Tipitapa, en la que estuve recluido como preso político durante varios meses de 1976.

Cuando el padre Peña fue nombrado párroco de la iglesia María Inmaculada, en el barrio donde vivo, estreché mi relación con él. Bromista como era, cuando muy de vez en cuando yo llegaba a la iglesia, para escuchar la misa que él celebraba, me decía que mi asistencia era una prueba de que hay milagros.

Cuando murió el padre Peña, monseñor Silvio Fonseca, vicario para la Familia de la Arquidiócesis, dijo en un emotivo discurso pronunciado al concluir una misa de cuerpo presente, que fueron grandes compañeros y amigos y por eso conocía muy bien su pensamiento y, sobre todo, su corazón.

Yo no podría decir lo mismo, pero sí conocía lo que monseñor Peña pensaba sobre la situación de Nicaragua. La última vez que hablamos fue en la tarde del domingo 10 de mayo, dos días antes de que sufriera el primer infarto del que ya no se pudo recuperar. Antes de comenzar la misa se acercó a donde yo estaba sentado, lo saludé preguntándole por su salud y me respondió que estaba “más o menos”. Por su semblante y el tono de su voz, percibí que no sentía bien.

Me confesó que estaba triste por lo que había ocurrido recientemente en la cárcel de El Chipote, donde a un preso al que la Policía estaba investigando lo dieron por suicidado. “Otra vez están haciendo esas cosas”, lamentó monseñor Peña y me preguntó, igual que lo hacía siempre que conversábamos, cómo estaba viendo yo la situación del país. Le respondí lo mismo que le había dicho otras veces: que tengo fe, esperanza y convicción en que las cosas van a cambiar y que será para bien. Pero esta vez monseñor Peña no me dijo, como siempre lo hacía, que también él tenía esa fe, sino que expresó, como con tristeza: “Puede ser que así sea, pero eso ya no lo podré mirar”. Al parecer presentía que estaba muy cerca del fin de su vida terrenal.

Cuando le fue celebrado su último cumpleaños, el 7 de febrero de este año, monseñor Peña dijo que era un privilegiado porque se sentía protegido por San Juan Pablo II. Contó, emocionado, que el papa santo vino a Nicaragua la primera vez el 3 de marzo de 1983, día que él estaba cumpliendo 11 años de haber sido ordenado sacerdote. Y agregó que Juan Pablo II volvió a Nicaragua el 7 de febrero de 1996, precisamente en el día de su cumpleaños.

Monseñor Luis Amado Peña murió el 16 de mayo, cuando se fue la reliquia de Juan Pablo II que estuvo durante algunos días en Nicaragua. Diría el padre Peña que en verdad Juan Pablo II lo quería tanto, que vino por tercera ocasión a Nicaragua, esta vez para llevárselo.

Columna del día Papa archivo

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