Han pasado cuatro meses y tres semanas desde que “iniciaron las obras” del Canal Interoceánico, pero lo único que se ha hecho es mejorar un par de trochas que no llegan, combinadas, a los 15 kilómetros.
A estas alturas ha quedado claro que la aseveración del empresario Wang Jing de que el Canal estaría construido y en operación en cinco años, contando a partir de diciembre de 2014, era un absurdo.
Pero además, para mí, que nunca he creído que el Canal sea una respuesta para que nuestra sociedad salga de la pobreza, lo que sus promotores anunciaron como “la obra de ingeniería más grande de la historia de la humanidad” ha quedado reducida a, posiblemente, el ridículo más grande que se ha hecho en la historia de humanidad.
Pero con dejar claro que el mentado Canal no va para ningún lado no ganamos nada. La pregunta que debemos hacernos es ¿qué estrategia debemos adoptar como sociedad para dejar de ser pobres?
Yo creo que estar pensando en “megaobras” que nos van a catapultar no nos va a llevar a nada. Con el Canal hemos pasado dos años en discusiones, pleitos, especulaciones, estudios y análisis que quedaron en nada. Tiempo perdido y dicen que el tiempo perdido los santos lo lloran.
Los ilusionados ponían el ejemplo de Panamá, hoy en día la economía más pujante no solo de Centroamérica, sino de Latinoamérica, pero en realidad Panamá está hoy donde está no solo por el Canal y tuvo que esperar cien años para que el megaproyecto le produjera réditos, mientras tanto, durante décadas lo que tuvo fue un enclave colonial que muy poco beneficio le traía a la sociedad y a los más pobres.
¿Cuál debe ser entonces nuestro megaproyecto? ¿Cuál debe ser nuestra estrategia? En lugar de estar esperanzados en cantos de sirena o en lo que es el equivalente a sacarse la lotería, en lo que se tiene que invertir es en los ciudadanos.
La única manera en que un país sale de la pobreza —no medida en PIB per cápita, sino en desarrollo humano— es cuando cada ciudadano tiene más educación, es más productivo, está mejor preparado para adaptarse fácilmente a los avances tecnológicos o incluso para generar esos avances tecnológicos y tiene suficiente cultura para entender que el bienestar de todos se traduce en el bienestar de cada uno, o sea se convierte en realidad en una sociedad más solidaria y justa.
Eso se logra con una política de consenso nacional que ponga énfasis en la educación de calidad para todos y políticas económicas que promuevan el emprendimiento, faciliten la formalidad y fomenten la creación de riqueza. En la medida en que cada individuo es más productivo, la sociedad en su conjunto será más rica, en menos de cien años.
El martes 12 LA PRENSA publicó un artículo del presidente del Grupo del Banco Mundial, Jim Yong Kim, titulado La educación de calidad es crucial para AL y el Caribe , que decía: “Enfatizar la calidad educacional, conservando las conquistas en asistencia, es crucial para el crecimiento económico ulterior de la región. Aquellas políticas y programas que mejoren el aprendizaje estudiantil generarán puestos de trabajo y acelerarán los aumentos en el ingreso, especialmente entre los pobres y vulnerables. Esto significa que las personas podrán salir de la pobreza extrema por sus propios medios y que muchos más podrán compartir la riqueza recientemente creada”. Claro, todo esto dentro de un ambiente de libertad.
Así que no hay que inventar el agua tibia, la fórmula está allí. Los gobiernos que no la aplican no quieren que la gente salga de la pobreza.
Lo demás son cuentos chinos, cuentas de vidrio y atol con el dedo. Todavía tengo que conocer un ejemplo en el que un megaproyecto —o incluso una gran riqueza como el petróleo o los diamantes— hayan catapultado a un país fuera de la pobreza sin haberla sacado primero de la ignorancia.
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