La rémora
Sos una rémora, le gritaron los vecinos. Rémora. Rémora. Y el fulano al sentirse descubierto, pies en polvorosa o mejor dicho, escamas y alas de pescado a volar en nuevas aguas. No volvieron a saber de él en ese barrio porque en otros, cobró fama de pegoste, vividor, mantenido. Pero cómo, porque tanta ofensa si era un orgullo obtener trabajo de esa forma, cual era el problema si ese era su oficio y así le habían enseñado en casa.
Acaso su papa y hermana no hacían lo mismo con la mama y sus otros hermanos y hermanas. Acaso la Rutilia controlaba a sus enamorados: hacer méritos: invitarla a salir, comprarle ropa, antojos, uyyy, de todo. Esos antojos la llevaron a supuestamente encadenarse por el crío en camino pero aun así siguió de rémora con el oficial y los enamorados. En casa eran expertos.
El papa con su mama, ese era su labor mientras ella lavaba, planchaba, hacía comidas, mientras papa oyendo radio y exigiendo ropa limpia, boquitas y atenciones prioritarias si no, ya sabes, me busco a otras que me mantengan, digo, me aprecien, mi pichoncito si no tengo trabajo desde hace cinco años, no valoran mis conocimientos astrológicos, matebrúticos y filosóficos y así no se puede si no me pagan en dólares y un horario libre de entrar y salir como en mi casa o con mi mujer, ejemplo.
De ahí no es de extrañar la postura de rémora: pegarse a un tiburón y limpiarle los dientes o las partes que no alcanza. Se dice de un pajarito acompañante del rinoceronte, e incluso le silva para prevenirlo de sus enemigos. Otro tanto somos los humanos, buscamos en quien acomodarnos, ser casi esclavos, pero sutiles, para de ahí recibir los beneficios de nuestro o nuestra protectora. Y tenemos peso, por la cercanía, al grado de saber como hablarle al monstruo.
El poder. Bestia, temida, devora. Arrasa. Porque no tener un confidente seguro. Pero así es esto, no somos como los burrócratas, para nada, esos tiene su propio estilacho. Nosotros, nos da por ser mantenidos, si, y que, así nos educaron, así nos comportamos antes la sociedad, el barrio, el hogar, él o la compañera. Si hasta se empieza a hacer la filosofía de las rémoras y anexas. Creamos escuela, pero solo para iniciados, porque si no la competencia se acrecienta y perdemos puestos vitales. Y no conviene. Y ya me voy a otro barrio y a otro, a seguir de parásito, comiendo no de gratis, porque uno suda también limpiando las inmundicias del Leviatán.
Las sirvientas
No sabía porque eran tantos problemas con las mujeres que hacían el quehacer en el departamento. Un niño de ocho años noqueando a la mujer o la chavala. Dos o tres golpes y pack. El caso es: la mama lo reprendía, a Luisito, y el cumiche no enmendaba el golpe ni el comportamiento. Ya un gancho a la mandíbula o a la mejilla.
Atarantamiento o caída directamente al suelo, ya los insultos o portazos. Reclamos y casi indemnizaciones a las féminas con cara de yo no fui ni se qué sucedió con ese monstro señora, para nada, ni mala cara le hago.
No mama, ella quiso, quiso, ayyy me duele siñora, mi duele. Váyase castigado a su cuarto y nada de televisión en blanco y negro de ver Míster Ed o ver las luchas. Dispénseme chonita, ya, tenga esta pomada para el morete, que vergüenza. Ay siñora, y dónde se pellisca la pared. Ahhh, se enciende, ahí nomás.
Siguieron los años, siguieron las mismas rencillas. Si acaso medio pasaba era cuando reía y lloraba con la comediante de la India María con sus gracias autóctonas. Cuando a los veinticinco lo enviaron con la psicóloga, lo hizo volver casi al vientre y así supieron el origen de sus manías: a los dos meses casi se muere de ahogo porque la chavala cuidadora no le calmaba ni el hambre ni la lloradera y lo fue durmiendo metiéndole papel periódico por la boca.
A los tres años una anciana le sacaba el pirrin y como que le hacía sus cositas, y el nene ahí fue la primera puñeteada en soltar. Ya otra a los cuatro años, le habría la puerta cuando iba tímidamente, de pie, al baño a orinar. Y ya a eso de los doce la mucama negra de cuerpo de pantera en celo, le decía lo iba a bañar en la tina con todo y masaje; el chavalo le dijo a la mama cuando iba de compras, se vuelve y broncón: corrieron a la blufeña y por poco le toca otro tanto al papa. Más adelante fue una mucama la primera experiencia íntima después de jugar tres semanas seguidas a la lucha libre y exponer la máscara contra la cabellera.
Susto grato y temblorino de ver a una mujer desnuda y sobretodo lo que le hizo con esas llaves del tope, la quebradora, la plancha y la jineta. Uta. Ahí fue donde se curó de sus malestares y empezaron otros, el papa y él eran exigentes con la selectiva de quien iba a realizar el quehacer, pero sobretodo era el atuendo, la apostura de la yegua mas si era o no buena para la higiene, una tenía piojos y eso la salvó de Luisito pero no del papa, donde la mama tuvo que raparse y mandar en cuarentena al progenitor.
Las broncas sigue pero ahora la mama tenía que advertirle cuidadito con las muchachas, nada de comerse la tortita, embarazarla o algo parecido, cuidadito. Ahí nacería la estrategia de cómo hacer caer a la estiwar y evitar que la mama se enterara, y el apoyo del papa, con el cual, se echaban suertes para ver quien se quedaba con la recién llegada. Bueno, así fue la vida de Luis, quien fue a casarse con una sirvienta y el ahora también sirve de jardinero en la misma mansión donde tratan de manosear a su mujer con todo y delantal.
Psttt es celoso con las hijas, y alcahueto con su chavalo.
Bautizo
A cada una se le dio su cántaro
y les modificó el suspiro, las carnes, los huesos,
los ojos refrescaron sus cuencas.
Cada una con su sonido
secreto,
su humedad de ríos
a la vista o subterráneos.
Van y vienen
a donde se oculta
o se deja ver el agua
—la gota a trae a su imagen—
No importa que no se vea, la hallan.
Ya el pozo ombligo, el ojo de agua, el cenote orejera
o el cabello del río, se alegran al oír los pies descalzos
de las mujeres, con sus cántaros de barro.
Y se altera el deseo o el amor y croan las ranas,
silban las serpientes, rugen las bestias y los hombres,
las quieren para sí, hasta los brazos de los árboles,
las enredaderas por los muslos, y ellas
—como gitanas boaqueñas— cuidan u obsequian
una dulce probada de dejarse mirar semidesnudas,
o mostrar el cántaro
y con ello, parte de su esencia.
—Si se forza o por accidente provocado
se quiebra el cántaro, el agua escasea
y casi todo muere
a la falta del que le sacie
la sed.
Regresan
en el movimiento de caderas
resuenan los cántaros…
Contemplación
Me siento y fijo la mirada en el espejo oval. Lo veo de tres cuartos, no de frente. Me atrae lo que refleja: un fragmento de paisaje. Una rama de árbol. Frondosa. Verde. De entre ese matorral sale una diminuta flor. Es amarilla. Atrás, un delgado tronco y la rama que figura ser un camaleón. El viento lo mece, supongo. Dos movimientos y la rama se inquieta. Cae un chipichipi. Gotea. Tiembla la hoja. Una gota de ángel apenas perceptible la toca sin lastimarla.
Sale una lágrima verde. Sigue firme y la rama camaleón está entre estática o en movimientos leves. La hoja y el matorral siguen siendo verdes. La flor, amarilla. Es el fragmento de un huerto. ¿Será naturaleza? Transmite libertad, belleza etérea y real. Alguien toca la puerta. Me distrae. Me levanto. Golpean los ladrillos. Me llaman. Regreso mi rostro al espejo. Ya no veo más que un vidrio. Voy por mi plato de hojalata. Nuevamente estoy aquí, bien emparedado.
Elegancia
Finalmente vestido salió del basurero. Entró al restaurante exclusivo en perfecto inglés-otomí, pidió Pato a la Orange, con mucha paciencia pagó hasta el último centavo con una infinidad de monedas de toda especie. Envolvió su mangar en una bolsa de desecho y volvió al basurero. Ya dentro, eructó. Pidió disculpas. El pato lo disculpó y siguió comiendo.
De pesca
En el ombligo, el jitomate. Y al compás de los labios rueda por el tobogán de tu vientre —que poco a poco se arquea— rueda una verdura roja, que va en pos del haba, leguminosa. La detuviste entre tus piernas, y se resbaló al punto central donde se buscan los riachuelos. Brota del manantial la misma alma, y en ese instante, yo la pesco.
Fin de semana
Se ponía seria la cosa cuando le decía Ulises: “Ahorita vengo, no me tardo”, y ardía Troya en casa de Penélope.
Nómadas
Apenas pudieron salir a tiempo, llegar a Marte y desde ahí vieron como estallaba la tierra. Comenzaron a adaptarse y reproducirse en un nuevo hábitad. Pasado apenas dos mil años, tuvieron que emigrar de nuevo.


