La mosca
Decir que el caso Milton Arcia es un hecho aislado entre el derecho de propiedad que existe en Nicaragua, es como considerar a la mosca como un pequeño punto negro sin mayor relación con el resto de la sopa donde cayó. ¿Va a seguir tomándose la sopa don José Adán?
Soluciones
Y hay más: decir que la expropiación predatada era la mejor solución posible a este caso es, prácticamente, una aberración. La mejor solución es la que manda el Estado de Derecho cuando suceden estas cosas: castigo para los culpables, que según la Constitución deben resarcir con sus propios bienes el daño causado, al nivel que sea. Si Daniel Ortega dio la orden, Ortega debe pagar por ello como persona y no como Estado. Y de ahí todos para abajo, hasta llegar a los policías que vapulearon sin ley alguna a un hombre que solo se oponía a que le destruyeran su propiedad.
Los intocables
Eso de “la mejor solución posible” solo tiene sentido si estamos hablando de un poder que se considera intocable, que se le ve como Dios, que nunca se equivoca, y que si algo sale mal ya le tocará a los mortales acomodar las cosas para que la gente entienda que ese su dios también “escribe recto en renglones torcidos”. Y demos gracias por ello.
El ignorado
Es extraño que sobre la “obra de ingeniería más grande de todos los tiempos”, esta que “revolucionará el comercio marítimo mundial” y que “sacará a Nicaragua de la pobreza” no se haya dicho una sola palabra en la Cumbre de presidentes de América que recién acaba de pasar. Ni Daniel Ortega que en repetidas ocasiones ha asegurado que este canal se construye según la propuesta del general Sandino, “abierto al capital del mundo, incluyendo a América Latina y el Caribe”. Si es un proyecto hemisférico para el Mundo, ¿por qué ni lo mencionaron?
Hazmerreír
Prometieron no ser el hazmerreír. ¿Dónde está el canal? ¿Acaso ya se empezó a desinflar? ¿Tan pronto? Hasta Telémaco Talavera, que antes lo veíamos a diario, casi ha desaparecido. Solo “ahí está”, nos dicen, “crean en él como un acto de fe”. ¿Dónde está? Ahí, ahí, búsquenlo por ahí, junto al satélite, a la par de la refinería sí, sí, ahí despuesito del meteorito.
Viejo guion
Esta película ya la hemos vivido. Ya nos sabemos el guion. Anuncian con bombos y platillos grandes obras, jamás nunca vistas por estos lados, se enojan cuando les pedimos explicación técnica porque —ya sabemos—, esperan que se les crea solo por fe, y se ponen más bravos cuando les recordamos que tienen tras de sí una larga carrera de mentiras, de proyectos anunciados y jamás cumplidos, para, al final, cuando ya el globo comienza a desinflarse, buscar a quién cargarle el muerto, porque también, ya se sabe, ellos jamás tienen culpa de nada.
Lo malo, lo bueno y lo feo
Hace poco conversamos con unos colegas sobre el constante reclamo que hacen algunos a esta columna, a los medios independientes, e, incluso, a algunos políticos opositores. ¿Por qué —nos reclaman— siempre están fijándose en lo malo y lo feo del Gobierno, y nunca en lo bueno? Y uno hasta puede concederles algo de razón porque, efectivamente, estos pocos espacios de opinión que existen, en estos pocos medios de comunicación independientes que quedan, y entre los pocos políticos de oposición que sobreviven, muestran muchísima más crítica a lo malo y lo feo del grupo de poder que elogios a lo bueno que pueda tener. Pero es que hay tanto malo y feo en este Gobierno y tan poco bueno, que mal haríamos los pocos que podemos señalarlo, renunciando a ello para unirnos al coro de tantos medios dedicados exclusivamente a las loas y alabanzas.
Prensa buena
Cuando piden que dejemos la crítica al poder, porque fastidia o por la imagen de país que proyectamos, no es que estén pidiendo el balance periodístico que no le piden al ejército de medios oficialistas. Lo que piden es “prensa buena” al decir del presidente ecuatoriano Rafael Correa. Lo que quieren es que digamos que el canal va viento en popa, que lo que sucedió en Pantasma fue una pasada de cuenta entre grupos narcos rivales o que OcupaINSS no existió. Lo que piden es que seamos la muchedumbre que alaba la belleza de vestido del emperador y dejemos de ser el niño que grita: ¡Pero si va desnudo!
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