El pasado Viernes Santo que conmemorábamos el martirio de Jesús de Nazaret —lo que nos supone respeto y reflexión— las imágenes de la agresión y vejamen a Milton Arcia, reproducidas por las redes sociales, me impactaron tanto que me hicieron recordar un pasado reciente que no creía que regresaría a Nicaragua.
Aquello fue el desgarrador testimonio de un hombre arrastrado por policías que abusaron de una persona de la tercera edad, que con dignidad se paró frente a los tractores, que sin orden, sin procedimiento y sin ley, ejecutaron “órdenes superiores” para desaparecer el esfuerzo y el sacrificio de un hombre humilde y honrado a carta cabal. Además de la humillación y de recrear la “calle de la amargura” con Milton Arcia se acompañó con la destrucción de su hotel en construcción, al que las “hordas de Atila”, no dejaron piedra sobre piedra.
La agresión no solo fue a la persona física del empresario, es una agresión a la propiedad y a la empresa privada; a un ciudadano de edad, a un luchador humilde, a un hombre que viene desde abajo, produciendo la violación del Estado de Derecho, al debido proceso y a la seguridad jurídica. Siendo desde todo punto de vista, una persecución personal, empresarial y económica contra un hombre que solo bienestar ha generado al país.
Ya no interesa de quien fue la orden. Por supuesto que espero que alguien pague por esa barbarie. Pero el daño que se hizo al país es irreparable, porque además de pasar por encima de la constitución política, negando todos sus derechos a Milton Arcia, con este acto depredador, se ha enviado un mensaje grave a los inversionistas nicaragüenses y extranjeros, sobre la seguridad jurídica y el respeto a las leyes.
Lo que se ha mostrado es que estamos bajo un Estado abusivo, que con saña y premeditación ha sentenciado a un empresario a la muerte civil, que durante toda su vida no se ha cansado de demostrar que puede más el amor por su país que la iniquidad de sus perseguidores.
Hoy, con actos como el del Viernes Santo, el puente que podía conducirnos hacía el camino de una democracia posible, peligra romperse y hemos quedado atrapados en el ímpetu de los que avasallan, de los que con prepotencia imponen y no convencen, de los que alzan la voz por encima de la razón y de los que por tener el poder absoluto no respetan las leyes ni el orden. Hoy esas actitudes, propias de la debilidad de la fuerza, lo único que hicieron fue poner en manos de los adversarios políticos del FSLN, un discurso casi legítimo de oposición que acarreará altos costos políticos para quienes ordenaron o permitieron este abuso.
Mi solidaridad es plena y absoluta con Milton Arcia. No puedo conceder un solo milímetro a la injusticia, a la violación de la dignidad humana, a los que se envalentonan con el cargo público para ordenar la destrucción de lo ajeno. No puedo callar frente al abuso policial contra un gran señor, que habiendo dado tanto a su país ha sido tratado como cualquier delincuente.
Este triste episodio debe superarse, repararse y nunca más repetirse. Es un pasaje triste en la Nicaragua actual que impone más que palabras y disculpas, un resarcimiento de daños en beneficio de quien sufrió directamente este atropello. El resarcimiento también atenuará, aunque sea un poco la tristeza colectiva que los nicaragüenses sentimos con este acto de vergüenza.
Milton ni debe desanimarse ni está solo. Nicaragua sabe del interés que lo motiva y que en su perseverante empeño, a pesar de los obstáculos, él ha sabido dejar un mensaje reflexivo de superación que está en el corazón de los que lo conocemos y sabemos de su mensaje de esperanza y trabajo. Esos son los ejemplos que todos necesitamos.
El autor es Diputado en la Asamblea Nacional.