Leí la semana pasada en un periódico suramericano, el comentario sobre un informe del Servicio Nacional de Salud de Inglaterra acerca de que el Estado tiene que pagar varios millones de libras esterlinas (la moneda británica), en indemnización por haber permitido más de cien “nacimientos equivocados”.
Se refiere a 104 demandas judiciales por errores de diagnóstico, que no advirtieron la discapacidad de niños por nacer y por eso las madres no pudieron abortar a tiempo. “Se trata —se dice en el comentario— de una posición que demuestra un lamentable desprecio por la vida de las personas por nacer, que resultan las más desprotegidas”. Esos casos “claramente eugenésicos” —agrega— nos demuestran que “no estamos lejos del monte Taigeto o de las experiencias de la Alemania nazi”.
El Taigeto es una montaña que forma parte de una cordillera de la península del Peloponeso, en Grecia, a cuyos pies se alzaba —y existe hasta ahora— la legendaria ciudad de Esparta, famosa por las costumbres austeras de sus habitantes y gobernantes y las extraordinarias cualidades militares de sus hombres.
La antigua Esparta se regía por una constitución llamada la Gran Retra, dictada por Licurgo, quien estableció rígidas leyes incluyendo la de que entre los espartanos “iguales” (la clase superior) no podían existir los que no fueran aptos para la guerra y las rigurosas disciplinas deportivas.
Tan drástico era Licurgo que reunió a los espartanos en la plaza, les dijo que haría un viaje fuera de Esparta y les hizo jurar que acatarían la Gran Retra hasta su regreso. Y al salir de la ciudad Licurgo se quitó la vida para asegurarse así de que sus leyes serían aplicadas para siempre.
De acuerdo con la ley de Licurgo todo niño nacido de personas iguales que tuviera malformaciones físicas y defectos mentales, debía ser liquidado. A cada recién nacido lo bañaban en vino para ver si sufrían convulsiones que los identificaran como no aptos para vivir. Algunos niños morían durante la prueba del vino y los que sobrevivían eran examinados por un consejo de ancianos, quienes determinaban si la criatura tendría capacidad de llevar “una existencia espartana”. A los niños rechazados los llevaban a un sitio llamado Apothetai (lugar de rechazo), el cual estaba ubicado en una ladera del monte Taigeto, a más de 2,400 metros de altura. Desde allí las criaturas desechadas eran arrojadas a un profundo barranco, al que también lanzaban a los traidores, cobardes, rebeldes, criminales y algunos prisioneros de guerra.
Se llamaba Taigeto aquel monte en recuerdo y honor de l a doncella Taigete, quien fue violada por Zeus y por la vergüenza que le causó el ultraje sexual se ocultó en esa montaña. Allí fue convertida en cierva por la diosa Artemisa y fue conocida como la Cierva de Cerinia. Tenía los cuernos de oro, las pezuñas de bronce y corría con la velocidad del viento, pero fue atrapada por Hércules después de perseguirla durante un mes y vencerla por cansancio.
En otra versión de este mito se dice que Zeus no logró violar a Taigete porque la muchacha fue protegida por Artemisa, quien la convirtió en cierva y la ocultó en una montaña que después llevaría su nombre. Taigete recuperó su forma humana pero quedó a la fabulosa Cierva de Cerinia que fue consagrada al culto de Artemisa.
Taigete era hija de un rey fenicio llamado Agenor y hermana de Europa, otra hermosa doncella que fue seducida por Zeus convertido en toro. Zeus cruzó el mar llevando en su lomo a la doncella y la condujo hasta la tierra que en su honor fue llamada Europa.
Se habla también de otra Taigete, una de las siete hijas de Atlas y Pleyone que fueron llamadas las Pléyades. Ellas forman en el cielo la constelación estelar llamada precisamente las Pléyades, conocidas popularmente como Las 7 Cabritas. Las Pléyades se llenaron de tanta tristeza cuando su padre, Atlas, fue condenado a sostener sobre sus hombros los pilares que separan la Tierra del Cielo, que Zeus se compadeció de ellas, las convirtió en estrellas y las puso en el cielo donde rutilan hasta ahora.
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