Amenaza
Según el diputado Edwin Castro, si algún medio de comunicación quiere escribir un perfil sobre él, tiene que pedirle permiso. Nuevo mandamiento, pues. No mencionarás el nombre de Edwin Castro en vano. “No, no lo autorizo”, dijo subido en el pedestal de su arrogancia —o ignorancia— cuando un periodista de LA PRENSA quiso entrevistarlo para un perfil sobre su persona. “Si LA PRENSA lo hace va a tener mi protesta legal”, amenazó. Insólito. Es como estar oyendo a Kim Jong-un, de Corea del Norte.
Disparate
Imaginemos por un momento que lo dicho por Castro no fuese un disparate. Supongamos que tiene razón. Que cada vez que un medio quiera sacar a alguien en algún trabajo deba pedir autorización al involucrado para hacerlo. Sería el fin del periodismo. Nadie podría escribir nada de nadie, a menos que fuese elogioso, porque obviamente nadie aprobaría que se publique algo que no le gusta o lo deje mal parado. Arnoldo Alemán, por ejemplo, jamás hubiese permitido que se publicara la serie conocida como “Los Checazos”, ni Byron Jerez habría dado permiso para que se expusiera nada sobre la terraza que se construyó con los fondos del Mitch, y ya no se podría mencionar a Daniel Ortega o Rosario Murillo sin el visto bueno de El Carmen. ¿Se habrá dado cuenta Castro del papelón que está haciendo y la publicidad que más bien le está dando al perfil que no quiere que salga?
Enrique Bolaños
No es la primera vez que oigo una amenaza así. Con Enrique Bolaños me pasó en dos entrevistas. En estos casos, Bolaños accedió a las entrevistas, pero no le gustaron las preguntas que le hice. Cascarrabias como es, se enojó. Y con ese aire de mandador de hacienda que tenía, me dijo: “No te autorizo a que publiqués ni una sola palabra de esta entrevista”. Señor presidente, con todo respeto, usted ya no es dueño de esta entrevista, le dije. ¿Cómo sería el mundo si cada vez que a alguien no le gusta la entrevista que se le hace, prohíbe que se publique? “Es que solo tonteras me preguntaste, nada importante”, insistió, y me mostró desconsolado la presentación sobre sus logros en Power Point que tenía preparada, y que yo sin piedad ignoré. Alguna experiencia debo tener, señor presidente, para estar de este lado de la grabadora haciendo preguntas para que usted esté del otro respondiéndolas, le dije.
Derechos
Tanto Enrique Bolaños como el diputado Castro tienen derecho a decidir si dan o no dan una entrevista a tal medio sobre tal tema. Ese es su derecho. También tienen derecho a demandar a un medio si consideran que se les ha injuriado o calumniado, tal como establece el Código Penal que ellos muy bien conocen. esos son derechos de todos los ciudadanos. Pero nadie tiene derecho a prohibir una entrevista que ya se ha realizado ni a autorizar o desautorizar que se publique algo suyo, mucho menos, siendo un personaje público.
Francotiradores
Pero, estoy claro, tampoco se pueden tomar las amenazas del diputado Castro a la ligera. Castro pertenece al grupo de poder que controla la Policía, la Fiscalía y los Tribunales de Justicia, instituciones que con frecuencia son usadas como francotiradores para pasadas de cuentas políticas en nombre de una ley que cada vez respetan menos. Así que no sería nada extraño que se formularan cargos y se condenara a un medio por hacer el trabajo que le corresponde en la sociedad. El diputado Castro podrá ganar fácilmente en los juzgados. Podrá multar o encarcelar según sea la orden que llegue de El Carmen, pero eso no significaría en ningún momento que tenga la razón o que se hizo justicia.
Crayón negro
En el fondo lo que hay acá es la persistente intención de controlar el pensamiento. Decidir qué tiene la gente derecho a saber. Criminalizar el periodismo profesional, por incómodo, y celebrar en su lugar la propaganda, la adulación y el lamebotismo al poder. Personas como el diputado Castro serían felices si medios como LA PRENSA, llegasen cada tarde a presentar su edición a publicar para que la censura decida lo que debe salir. Y se verá Castro, como el coronel Alberto Luna, en los tiempos de Somoza, o la teniente Nelba Cecilia Blandón, en los años ochenta, crayón negro en mano, asesinando todo aquello que no quieren oír.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A