Una de las pestes sociales que han infestado a Nicaragua es el bandolerismo. Con tantas guerras civiles, tiranos y caudillos los bandoleros han llenado nuestra historia con anécdotas novelescas que van desde la risa al llanto, de lo romántico y lo robinsoniano, al horror, la impunidad y la anarquía.
Esta desventura, que ha sucedido en su mayoría en el campo donde el control de las autoridades es difícil, ha causado mucho dolor al campesinado. Pero tampoco las ciudades han quedado exentas de ella.
El fenómeno ha generado un folclore que traspasa la imaginación en un país donde el surrealismo mágico nos transporta a otra dimensión.
Los bandoleros, algunos equivocadamente llamados héroes nacionales, han creado una imagen de terror y zozobra en nuestra historia.
Voy a mencionar solo unos cuantos quizás los más renombrados y que sin duda alguna no son todos. Algunos pocos conocidos.
Bernabé Somoza, hijo del curandero Fernando y hermano de Anastasio, abuelo de Tacho Somoza García, fue uno de aquellos, casi podría decir con matices de héroe nacional (ahora a todo se le llama héroe nacional) pues se rebela contra la ocupación hondurosalvadoreña en Nicaragua cuando la toma de León de parte de Malespín y sus asociados conservadores.
Fuerte y valiente de trato bien agradable y con dotes de cantante era admirado por quienes le conocían. Junto con José Ma. Valle (El Chelón) quien era también valiente, aguerrido y guitarrista se resisten inicialmente contra los conservadores que causaron sosiego a la ciudad de León para luego poco a poco degenerarse en una banda de bandoleros que cometieron toda clase de crímenes e infortunios. Bernabé después de entregarse pacíficamente al indio Chamorro (Fruto) en San Jorge, es fusilado por el General Muñoz en Rivas curiosamente un 17 de julio de 1849 fecha en que también su bisnieto sobrino huye de Nicaragua dejando las calles en ríos de sangre por su obcecación de creerse el iluminado de turno también un 17 de julio pero de 1979.
Pedro Hernández Pérez, patrocinado por terratenientes y caudillos de Nueva Segovia entre los que se mencionan Abrahán Gutiérrez Lobo, Pedro Lobo y Gustavo Paguaga, respaldados por Emiliano Chamorro causó terror decapitando a sus enemigos liberales al son de un acordeón y tres guitarras que siempre le acompañaban en sus tropelías. Fue finalmente capturado y puesto en prisión, pero sus patrocinadores jamás fueron condenados. Su mano derecha José Torres fue incorporado a la Guardia Nacional después que ambos confesaron 47 asesinatos inclusive el del propio hermano de Hernández en un paralelismo psicópata similar al de otro bandolero más reciente (1979) y de carácter urbano, Luis Manuel Toruño conocido como Charrasca.
Con su cara de ángel, Charrasca asesinó a su esposa, a muchas personas decentes de León y a numerosos colaboradores somocistas. Sus patrocinadores sandinistas que después perdieron control de él, jamás fueron procesados por sus crímenes.
Charrasca tenía gestos robinsonianos y terminó suicidándose. Por razones ajenas a mi voluntad fui su médico personal cuando fue baleado en enfrentamientos con la guardia y logré conocerlo bastante junto a muchos de sus lugartenientes entre los que sólo recuerdo al Chivo Pando (Marvin Saavedra).
Trinidad Gallardo alias siete pañuelos quien junto con Francisco Cacho horrorizaron y cometieron asesinatos en el norte del país. Fue neutralizado por el general Muñoz.
De sobra está mencionar a Sandino con su general Pedrón que también decapitaba a sus enemigos al son de su guitarra a como lo atestiguó un ingeniero alemán que lo vio realizar estos actos en la mina Jabalí en Chontales. Demás está decir que los marines que le combatían y que se las daban de civilizados, cometieron similares actos de barbarie.
Conceptualice honorable doctor, el momento histórico lo permite, me dijo un comentarista que justifica crímenes contra sacerdotes por estar en política si son hechos por generales confederados centroamericanos o por indios matagalpinos anárquicos. Y se hinchaba el pecho citando historia. La historia del llanto y el atraso que se vive en Nicaragua.
¿Aprendieron los muyahidines del Jihad a decapitar de Pedrón y Pedro Hernández? Habría que mandarles un acordeón y tres guitarras al desierto para que le pongan la misma musiquita.
El autor es médico.
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