El carnaval se puso al rojo vivo en todo Brasil con incontables fiestas multitudinarias que rebosaron las calles y playas de ciudades como Río de Janeiro, Salvador y Recife, desde el amanecer y sin previsión de acabar.
Río de Janeiro, la capital del carnaval por antonomasia, se sumergió por completo en la fiesta y desde primera hora de ayer sábado se podía escuchar samba a todo volumen en numerosos barrios de la ciudad carioca, que ha recibido a cerca de 900,000 turistas brasileños y extranjeros para los festejos, según las autoridades.
La juerga en Río corre a cargo de los “blocos”, como se denominan las bandas de música que animan las calles de forma gratuita, a veces con unos pocos instrumentos y una decena de personas detrás, otras con camiones cargados de altavoces y un cortejo de cientos de miles de juerguistas.
Faltan ojos para ver todo lo que ocurre en este trance colectivo. Hay que abrirse paso entre la multitud que baila, canta, que grita, se besa y se abraza en una jornada caliente sobre el asfalto.
La realidad y la fantasía diluyen sus fronteras. Un grupo de chicos en shorts y coronas de princesa ríe y baila; al lado, un verdadero batallón de la Policía Militar de Río cuida la seguridad.
Una mujer reparte preservativos y un folleto para promover el sexo seguro.
“Somos cariocas, somos fiesteros”, sentencia William de Assis, un musculoso soldador de 30 años que junto a un grupo de amigos se disfrazaron de cowboys.
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