El debate en nuestro país, cada día creciente, gira en torno del proyecto del Canal Interoceánico, y de los diferentes asuntos políticos que son objeto de discusión, principalmente los que conciernen al tema electoral, y, en general, a la situación del poder y su relación con la persona y la sociedad. La discusión cotidiana sobre estos puntos nos lleva a la consideración de los múltiples y variados aspectos que la integran y que están presentes en su definición y acción.
La historia política de Nicaragua, y concretamente la situación actual, evidencia la existencia de un proceso de concentración de poder, de prolongación inadecuada en el ejercicio del mismo y, en consecuencia, de afectación a las libertades fundamentales del ciudadano y la sociedad, y de los principios que caracterizan al Estado de Derecho y la democracia, tales como la supremacía de la Constitución Política, la jerarquía de la norma jurídica, la igualdad ante la ley, la subordinación del poder a la ley y la independencia de poderes, entre otros.
En nuestro país estamos presenciando la forma en que progresivamente se viene produciendo una concentración del poder en manos de quien gobierna y una prolongación en el ejercicio del mismo, con el consecuente deterioro de la separación e independencia de los poderes del Estado, lo que conlleva al daño creciente de las libertades fundamentales de la ciudadanía, afectadas desde el momento mismo en que se adapta el sistema constitucional y legal a los intereses del gobernante y sus allegados.
La historia política de Nicaragua se ha visto afectada a lo largo de su desarrollo por la repetición de un movimiento que oscila entre el pacto, (la confabulación), y el facto, (la confrontación), aprisionando las posibilidades de nuestro país en un círculo vicioso del cual todavía no ha podido salir.
Se sustituyen las personas en el poder, pero este vuelve a ser ejercido en forma autoritaria por quienes al asumirlo lo van concentrando progresivamente en cantidades cada vez mayores y van adaptando el sistema para permitir su perpetuidad en el mismo, hasta que una nueva crisis aparece, dando paso a la violencia y la confrontación, continuando así la repetición de los hechos que hacen que el futuro sea el pasado que regresa.
Pienso que esta situación requiere de un enfoque que conduzca a una acción que trascienda la consideración única de la inmediatez y se oriente, más bien, a la construcción de una cultura política compartida por toda la sociedad a través del diálogo y la concertación. La educación por todos los medios, formales e informales, y la cultura que resulte de ella, son condiciones imprescindibles para lograr una superación cualitativa de esa situación.
Se trata de consolidar valores como la libertad, la justicia, el respeto a la dignidad de la persona, la institucionalidad, como patrimonio común de toda la sociedad y plataforma imprescindible para construir sobre ella la democracia y el Estado de Derecho. La construcción de la democracia se sustenta en la idea y práctica de la libertad. Sin libertad no hay democracia, pero sin democracia tampoco hay libertad.
El tema de la libertad, que ha sido objeto de reflexión y estudio a lo largo de la historia, adquiere hoy de nuevo una presencia candente ante los acontecimientos que han estremecido a la humanidad en días pasados, como fue el asesinato en Francia del director, redactores y caricaturistas del semanario Charlie Hebdo, y otras demostraciones brutales del terrorismo fundamentalista, como las decapitaciones de rehenes, en contra de las bases mismas de la civilización y los principios sobre los que se sustenta.
La defensa de la libertad, que ha suscitado una solidaridad planetaria, ha reabierto el debate filosófico sobre su naturaleza y alcances. Hay quienes piensan que su contenido conceptual está definido de una vez por todas, que su conformación moral tiene el valor de un principio inmutable y que el problema que presenta es su práctica efectiva mediante la observancia de aquellos que tienen la obligación de respetarla.
Otra de las ideas que surge en torno de la libertad es la de la persona frente al Estado y de los controles y mecanismos a través de los cuales se regula el ejercicio del poder para preservarla.
Puede también, como en efecto ocurre a veces, que se le asocie al mundo físico y a la naturaleza, a la idea de la existencia de amplios espacios de altura y lejanía ante las cuales discurre la existencia humana. La libertad entonces, desde esta perspectiva podría ser asumida como horizonte hacia el que se dirige la mirada esperanzada, o como nostalgia de una condición perdida en un pasado remoto, o como ilusión que acaricia un sueño imposible desde una lejana noche milenaria.
Pero la libertad es específicamente la libertad del ser humano considerado en el contexto histórico y social, por lo que hay dos premisas que deben tenerse presentes: su historicidad y su carácter consciente. Ambas son imprescindibles. Ni en la naturaleza, ni en el mundo físico puede hablarse propiamente de libertad. Ni el astro, ni la planta, ni la bestia, son conscientes de su órbita, su existencia y sus acciones. Obedecen a leyes determinadas sin tener conciencia de su obediencia.
El ser humano, la sociedad y la historia, están sujetos también a determinadas leyes de las cuales pueden o no ser conscientes, pero, en todo caso, el conocimiento de ellas es una posibilidad real que marca la diferencia fundamental con la inconsciencia irreductible del mundo de la naturaleza y de la física. La historia es algo que solo le pasa al ser humano y la conciencia es producto de la propia práctica personal y social.
“La naturaleza del hombre es la historia”, dice Hegel, y el mismo autor expresa que “la libertad es la conciencia de la necesidad”, o sea, el conocimiento que el ser humano tiene de los principios que rigen su comportamiento individual y colectivo, sus posibilidades y límites. La inconsciencia es creer en la posibilidad sin límites y no en los límites de la posibilidad.
El ser humano tiene la posibilidad de transformar el mundo dentro de ciertas fronteras. Esa posibilidad de transformación del mundo por su acción racional y consciente es la libertad. El ser humano ha transformado la naturaleza y creado su propio hábitat que es la historia.
La libertad, entonces, debe entenderse relacionada a la acción consciente de la persona que origina sus relaciones sociales y da inicio y sustentación a las libertades individuales. La libertad corresponde al ser humano que es sujeto y destinatario de ella. La lucha por la libertad es ya en sí, y aun antes de su resultado, un acto libre. Por ello, el carácter histórico y el carácter consciente son elementos esenciales de la libertad.
Es permanente en el ejercicio de la libertad, la voluntad de adecuación del mundo a las necesidades del ser humano, la transformación de la sociedad en la historia, el esfuerzo colectivo por forjar una comunidad libre y creativa en la cual encuentre su plenitud la persona. Pues como decía el filósofo español José Ortega y Gasset, “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
El autor es jurista y filósofo nicaragüense.
Ver en la versión impresa las páginas: 8 A