La última producción pictórica de Mario René Madrigal-Arcia bebe de sus fuentes más interiores, es decir que se fundamenta en el yo interno, siendo el caballo, la serie dedicada al mismo denominada Caballos Mágicos, el ser que actúa de catalizador de la misma.
Emplea el caballo en primer lugar, utilizando primeros planos, planos americanos, de lado, junto a otros caballos, en el paisaje, con los volcanes, con la vegetación, los árboles, la fuerza de la naturaleza.
El caballo es el símbolo por antonomasia de una actitud ante la existencia que es clara, paciente, contempla y a la vez actúa, pero pace, se recrea en el silencio de la tranquilidad, a pesar de que los volcanes entran en erupción, pero el animal sigue comiendo en el prado.
Viaja a través del espacio poético del paisaje que el artista construye de manera clara, siendo envolvente, en el sentido de que nos hace partícipes de su actitud de búsqueda, pretendiendo comprometer al espectador en su planteamiento, aconsejándole viajar, a emprender una nueva andadura donde el caballo hace de guía teórico, porque es el alma de uno, la actitud de la mente y el corazón juntos, en armonía, quienes nos impulsan al cambio.
La muestra intensa y colorida
Paisajes llenos de color, intensos, seductores, buscando el contraste, para ser fuego en el aire, madera y tierra, poesía de la naturaleza, de nuestra propia naturaleza como personas, alma que viaja a través de sus delicados hilos y conversaciones, que se posiciona a través de la vivencialidad de la existencia. Y en este contexto está omnipresente el color. El color como elemento que ayuda a que la magia sea más potente. Color, que contribuye a que la explosión plástica sea más intensa, a que la vitalidad traspase fronteras.
Todo es color, sinfonía de color, fiesta de partículas de color. El color como varita mágica que inflama pasiones, que potencia paisajes, personas y situaciones. Color que marcas las horas, que diriges el mundo, el mundo de Mario René, un mundo sensual, sutil, esencialmente expectante y cambiante.
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