Wes Anderson produce el tipo de películas que más sufre a la hora de saltar barreras geográficas. Sus películas están llenas de guiños y referencias culturales tan minuciosos como elusivos. Son comedias excéntricas, cuyo encanto es difícil de traducir. Peor aún, tienen un subtexto informado de temas tremendamente serios: mortalidad, fracaso y amor perdido. Gran Hotel Budapest relata las aventuras de Monsieur Gustave (Ralph Fiennes), el conserje de un majestuoso hotel de montaña en un país europeo de fantasía. También es un feliz gigoló de ancianas acaudaladas, una de las cuales, Madame D (Tilda Swinton, irreconocible bajo maquillaje de anciana), le hereda una valiosa pintura.
El problema está en que ella fue asesinada y Monsieur Gustave es el principal sospechoso. En una alocada persecución por limpiar su nombre, Gustave arrastra consigo a su protegido, Zero (Tony Revolori), el nuevo botones del hotel. A pesar de la primorosa belleza del entorno, la amenaza de la violencia subyace a cada paso. Dmitri (Adrien Brody), el codicioso hijo de Madame D no se detendrá ante nada por recuperar el cuadro y meterlo en prisión. La acción se desarrolla en 1932, al borde de la Segunda Guerra Mundial. Una presencia militar cada vez más sustancial nos recuerda que este hermoso mundo tiene los días contados.
En casi dos décadas de trabajo y ocho largometrajes, Anderson ha labrado un estilo inconfundible. Hace gala de intrincado diseño de producción. Su escenografía está plagada de objetos e información, con un sentido infantil de la belleza. Su cámara favorece composiciones con los individuos ubicados en el centro de la pantalla; movimientos de cámara rápidos pero controlados, en ejes horizontales y verticales; tomas fijas con sujetos que entran y salen en una calculada coreografía. Cada vez que hace un zoom sentimos que volvemos a los setenta. Sus películas parecen anticuadas e intemporales a la vez. La actuación suele ser estilizada, con diálogos cortos y rápidos dispensados a ritmo de metralleta. Basta ver un fotograma para distinguir su impronta personal.
Grand Budapest Hotel se estrenó hace casi un año, en marzo del 2014. Cosechó las mejores críticas de su carrera y rápidamente se convirtió en el mayor éxito de taquilla de su carrera. A la fecha lleva 174 millones de dólares recaudados en todo el mundo. No es plata Marvel, pero es excelente para una producción independiente de 25 millones de dólares. Curiosamente, los distribuidores internacionales decidieron que no era viable para el mercado nicaragüense.
Las nueve nominaciones al Óscar que acaba de cosechar —empatando a Birdman — los motivaron finalmente a presentarla en cines.
Aunque la película lleve meses circulando en formatos de video legal e ilegal, sostengo que tiene que verla en el cine. La estética de Anderson demanda el lienzo más grande posible. Las dimensiones restringidas de la televisión —o peor aún, la computadora— anulan los detalles arquitectónicos y visuales. Las distracciones comunes del hogar atentan contra la esencia de su estilo. La idiosincrasia se reduce a manierismo.
Si ya la vio en condiciones menos óptimas, vaya al cine. Será una revelación. Sea como sea, debe verla más de una vez.
La primera vez, el entresijo de la trama demanda mucha atención. En la segunda puede disfrutar más de su construcción editorial y los abundantes detalles que informan el fondo. No he visto Boyhood , la favorita del Óscar, pero hoy por hoy, creo que Gran Hotel Budapest merece cada Óscar al cual fue nominada. Y que Ralph Fiennes no esté en la terna de Mejor Actor hace patente el sesgo que existe contra la comedia.
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