Hay quienes aseguran que, para poder progresar, los pueblos tienen que dejar de obsesionarse por el pasado y, en cambio, obsesionarse por el futuro.
Pero eso es relativo. La verdad es que recordar el pasado para aprender de la historia no es obsesionarse. La obsesión es una perturbación o anormalidad anímica, producida por una idea fija que impide pensar con lucidez y actuar razonablemente. Al contrario, rememorar el pasado y aprovechar las experiencias históricas es una necesidad racional para no repetir errores que el sentido común aconseja evitar.
Tal es el caso, por ejemplo, de los trágicos acontecimientos del 22 de enero de 1967, los cuales, a pesar de que han transcurrido ya 48 años, tienen que ser recordados y su experiencia debe ser aprovechada para que no vuelvan a ocurrir ahora ni en el futuro.
El 22 de enero de 1967 hubo una fallida conspiración opositora en Managua, a la cual siguió una sangrienta represión. Muchas personas murieron y la cifra exacta nunca se pudo conocer. Aquella tragedia ocurrió porque la gente demandaba elecciones libres y transparentes pero la dictadura somocista se obstinaba en no permitirlas. La oposición política de aquel tiempo, ante la inminencia de un nuevo fraude en las elecciones del 5 de febrero de 1967 optó por ensayar una rebelión el 22 de enero, durante una gigantesca manifestación por el cierre de campaña electoral, con la esperanza de que de esa manera podría forzar al Gobierno a dar las garantías que eran necesarias para que los comicios pudieran ser libres y limpios.
Al Frente Sandinista, que no creía en elecciones democráticas, no le interesaban las garantías electorales que demandaba la oposición. Solo practicaba la lucha armada porque consideraba que era la única vía para tomar el poder, como en efecto lo logró 12 años después, Pero las secuelas dolorosas que dejó la revolución armada todavía hoy no se han podido superar.
Lo que motivó al pueblo a alzarse contra el somocismo no fue la penuria económica. A pesar de que Nicaragua no era un país rico la economía era dinámica y próspera, mucho más que ahora bajo el régimen orteguista. Sin embargo el somocismo no permitía elecciones libres que son la base de la democracia y la gente quería ejercer su derecho fundamental a elegir.
Después de tanta sangre derramada en los sucesos del 22 de enero de 1967, en la lucha guerrillera del FSLN y otras organizaciones revolucionarias, en las insurrecciones armadas de 1978 y 1979 y en la guerra civil contra la dictadura sandinista que sustituyó a la dictadura somocista, y luego de un fugaz período de 16 años de democracia incipiente, en la actualidad otra vez no se permiten elecciones libres y limpias y una dictadura dinástica se impone mediante fraudes electorales, con la pretensión de perpetuarse en el poder.
Pero aunque la historia de fraudes electorales se está repitiendo en Nicaragua, tragedias como la del 22 de enero de 1967 no deben repetirse. Y para evitar que vuelvan a ocurrir tiene que haber elecciones justas y limpias. Esa es la gran lección de aquella tragedia ocurrida hace 48 años, cuando centenares de nicaragüenses dieron su vida por el derecho a elegir en libertad y con transparencia.