Nicaragua: el rostro estructural de la pobreza

Los determinantes más profundos de la pobreza se sumergen en la propia estructura de nuestra economía.

Los determinantes más profundos de la pobreza se sumergen en la propia estructura de nuestra economía. En una economía en que los sectores de mayor productividad generan muy poco empleo, debido a su escaso dinamismo o su alta densidad de capital, las actividades de menor productividad —agricultura tradicional, comercio y servicios informales— generan, por defecto, la mayor parte del empleo. Se trata principalmente de empleos precarios e informales que crea la propia población para sobrevivir, y que rinden ingresos sumamente reducidos.

Esta economía, incapaz de diversificarse hacia actividades de creciente complejidad, genera primordialmente el tipo de empleos que pueden absorber a la mayor parte de una fuerza de trabajo como la nuestra, caracterizada por bajísimos niveles de calificación.

Se origina así un círculo vicioso entre una sociedad que no proporciona a los niños y adolescentes pobres la escolaridad requerida, y una economía que solo tiene capacidad de producir un número limitado de bienes y servicios de baja complejidad tecnológica, la cual no demanda de una fuerza de trabajo con altos niveles de escolaridad.

Estos rasgos estructurales se articulan con las características propias de los hogares que se insertan, de manera marginal, en la economía nicaragüense.

En los hogares pobres los niveles de escolaridad son muy reducidos, los empleos que encuentran quienes se incorporan a la actividad económica son precarios e informales, la tasa de fecundidad y la tasa de dependencia demográfica (sobre todo infantil) son mayores, y la tasa de participación laboral es menor.

Las mayores tasas de dependencia demográfica en esas familias —un mayor número de personas dependientes, sobre todo niños, en comparación con las personas económicamente activas— significa que no solo perciben ingresos mucho más reducidos, sino que deben utilizarlos para la supervivencia de un mayor número de dependientes.

El hecho de que las familias pobres concentren un mayor porcentaje de niños en relación con e l número total de miembros del hogar significa que, al estar sobrerrepresentados en dichos hogares, los niños constituyen el grupo de edad más afectado por la pobreza.

Al mismo tiempo, los hogares pobres evidencian una menor tasa de participación laboral, es decir, que un menor porcentaje de personas en edad de trabajar (ante todo mujeres) se incorpora a la actividad económica. Esto restringe el porcentaje de perceptores efectivos de ingreso, en comparación con las personas dependientes e inactivas.

Detrás de esta menor tasa de participación laboral femenina se encuentra la denominada división del trabajo por sexos, que restringe la participación de la mujer en la actividad económica, especialmente en los hogares de menores ingresos y en las zonas rurales.

La evidencia sugiere que la pobreza se ha reducido, ante todo, porque ha aumentado el porcentaje de personas ocupadas en relación con la población total. Este incremento de la tasa de empleo global, resultante del bono demográfico y de género, explica en lo fundamental la reducción de la pobreza que se ha producido.

El que la pobreza se reduzca principalmente porque cada vez más personas en los hogares se incorporan a la actividad económica, debido al incremento del porcentaje de personas en edad de trabajar y de la tasa de participación laboral, y como consecuencia el consumo per cápita diario se incremente anualmente en algunos centavos de dólar al día, está lejos de representar un aprovechamiento pleno de la actual ventana de oportunidad demográfica.

Por este camino, la verdadera amenaza es que el país arribe en 25 años más a la fase plena del envejecimiento con niveles de ingreso per cápita que le impidan hacer frente, de manera mínimamente adecuada, a los desafíos de dicha fase.

(*)Economista

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