“Nos fuimos metiendo de dos en dos, de tres en tres, regados en las gradas, nos íbamos viendo. En cierto momento nos fuimos acercando hasta la barda. Entonces, a una seña, nos tiramos la barda y desplegamos la manta”, recuerda de lo ocurrido aquel 28 de octubre de 1966 el ahora exalcalde de Managua, Dionisio Marenco, quien en ese entonces era el presidente del Centro Estudiantil Universitario de la Universidad Centroamericana (Ceuuca).
Los ocho jóvenes fueron brutalmente maltratados en el campo del estadio. “Yo estaba todo ensangrentado y tenía las manos como tamales”, es el recuerdo que le quedó a Marenco.[/doap_box]
Ese día, Marenco, junto con más de treinta miembros del FDC (Frente Estudiantil Demócrata Cristiano) y el FER (Frente Estudiantil Revolucionario), protestó contra la dictadura somocista, aprovechando la gran afluencia de personas en la inauguración de la XI Liga de Beisbol Profesional.
Según cálculos de Marenco, había unos 15,000 asistentes en el Estadio. Y frente a la prensa y la propia Guardia Nacional (GN), los jóvenes desplegaron una manta de aproximadamente treinta metros de largo con la leyenda “NO MÁS SOMOZA” y firmada en un extremo por los Centros Universitarios.
“Yo fui la encargada de llevar la manta, una manta casi del ancho del Estadio. Es la manta más enorme que he visto en mi vida”, dice orgullosa de su hazaña la poeta Michelle Najlis, en ese entonces integrante del FER. “En ese tiempo estaban de moda unos grandes bolsos forrados de manila de color, me acuerdo que los compañeros la doblaron (la manta) apretadísima e hicieron que alcanzara. Entramos (al estadio) como que nadie conocía a nadie”, narra Najlis, acompañada de una sonrisa.
Dirigidos por Marenco, como presidente del Ceuuca y por Brenda Ortega, como presidenta del Centro Universitario de la Universidad Nacional (CUUN), los jóvenes organizaron, en casa de una de las jóvenes estudiantes —Mayra Vega— paso a paso lo que harían ese día.
“Con un gran pizarrón estuvimos planificando la estrategia, dibujando el estadio, el left field (jardín izquierdo), el center field (jardín central), por donde íbamos a entrar”, recuerda Vega.
Najlis comenta que uno de sus compañeros, Mario Barahona, preguntó cómo iban a salir del estadio “y no le hicimos caso. ‘Eso es lo de menos, ahí veremos una vez ahí’”, recuerda Najlis que contestaron.

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ESTAMPIDA HUMANA
Durante el recorrido de los jóvenes por el campo del estadio, los presentes ovacionaron y gritaron en respaldo a los universitarios, los medios radiales narraban la hazaña y la Guardia se quedó estupefacta, lo que permitió que el recorrido de los jóvenes fuera apreciado con detalles.
“Nos sentimos muy acuerpados, muy alentados, es decir, (la gente) ovacionaba y trataba de ayudarnos a salir. A mí me jalaban para ver si yo me podía trepar y meterme en el público que estaba en las gradas”, cuenta Najlis.
Inundada de cólera al solo capturar a ocho de los integrantes de los Centros Universitarios, la Guardia ordenó cerrar las puertas del estadio. “Fue una estupidez lo que hicieron, murió toda una cantidad de gente pisoteada”, lamenta Vega. En total, 12 muertos y centenares hospitalizados por asfixia y golpes, producto de una “avalancha humana” que se produjo cuando la Guardia intentaba buscar entre la multitud a algunos de los universitarios. Además, la Guardia mandó a censurar a los medios que cubrieron lo ocurrido en el estadio.
SOMOZA, EL ENEMIGO COMÚN
Tanto Najlis, Vega y Marenco coinciden en que, pese a las diferencias políticas entre el FER y el FDC, no existían fuertes rivalidades, ni eran agrupaciones antagónicas. “En esa época había luchas electorales, siempre había mucha movilidad en las universidades para elegir a los representantes, pero ese era el tipo de rivalidad, no había contradicciones. El enemigo común era la dictadura. El enemigo era el mismo, Somoza”, comenta Vega.
Para Najlis, en su lucha era fundamental el respaldo de las autoridades universitarias. “Hay que ver el papel que jugaban nuestros profesores encabezados por los rectores: Mariano Fiallos, primero, luego Carlos Tünnermann, después Alejandro Serrano. ¿Cuántas veces Tünnermann no fue a sacar (estudiantes) presos a la cárcel? En una manifestación en León estaban los estudiantes y la Guardia cerca, el doctor Tünnermann salió y se puso a defenderlos”, rememora Najlis.
Vega destaca que en los años sesenta la Autonomía Universitaria era respetada. “Difícil que la Guardia entrara en los recintos universitarios. Y no era que nosotros fuéramos algún peligro, porque no teníamos armas, no teníamos nada, era solamente la fuerza política de los estudiantes”, explica Vega.
UN GUARDIA BONDADOSO
La población en general tenía miedo de la violencia con la que actuaba la Guardia. Había torturadores con fama, como los coroneles Nicolás Valle Salinas y Juan Lee Wong, según comentan Marenco y Vega. Sin embargo, tal parece que fue la admiración a la valentía de los jóvenes que en diferentes casos algunos guardias mostraron rasgos de bondad. Marenco cuenta que mientras permanecía en las celdas de El Hormiguero, Valle Salinas le llevó agua y lo llegó a buscar para recibir atención médica.
Por su parte, Najlis ha recordado por 48 años cómo un guardia la salvó aquel 28 de octubre. “Detrás del grupito donde yo iba estaba un guardia famoso que le llamaban ‘El Pájaro’. Era salvaje. Sabíamos que si nos agarraba nos hacía papilla, sin contar con la carceleada y la tortura. A mí no me golpearon gracias a Danilo Marenco, un compañero de León y estudiante de Derecho, que cuando yo ya no aguantaba y sentía que ya no podía seguir corriendo, me agarraba y me jalaba. Cuando llegamos a la puerta del estadio vemos que está un guardia allí —bueno, yo dije, hasta aquí llegamos— el guardia, yo recuerdo que me quedó viendo, se acercó y me dijo: ‘¡Correte mamita, que si te agarran te matan!’ Nos paró un taxi, nos abrió la puerta para que nos montáramos y le dijo: ‘Llevalos donde ellos te digan’”, finaliza Najlis.

LA PRENSA/ D. LÓPEZ
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