Adolfo Acevedo Vogl
En 1982 la Cepal anticipó las tendencias sociodemográficas de las próximas décadas, cuando ocurriría el despliegue del bono demográfico: “El examen de las tendencias demográficas actuales permite identificar algunas consecuencias ya irreversibles en el mediano plazo. La primera es el aumento continuo y acelerado de la población joven, la que incidirá directamente en la demanda de educación y capacitación, así como en el volumen y estructura de la fuerza de trabajo. En efecto, el crecimiento demográfico de las décadas pasadas generará una estructura por edades donde predominarán la población joven en edad escolar y las personas potencialmente activas” (Cepal, El desarrollo de América Latina y la educación, 1982).
La Cepal hacía ver, desde entonces, las considerables demandas en términos de educación y de generación de empleos de calidad que representaría la fase del dividendo demográfico. Aunque existen diferencias por países, puede decirse que la región no logró adoptar las decisiones necesarias para hacer frente a estos desafíos, y a estas alturas del siglo XXI todavía muestra un importante rezago en materia de cobertura —particularmente en preescolar, educación media, técnica y superior—, y sobre todo en calidad y pertinencia educativa, y continua generando porcentajes demasiado altos de empleos de baja productividad, lo cual hace que esta no logre recuperar los niveles que alcanzó en las décadas de los sesenta y setenta.
En las próximas décadas, los desafíos que enfrentará la región serán completamente distintos. El mundo se encuentra en el umbral de una transformación demográfica sin precedentes. Durante la mayor parte de la historia los adultos mayores —definidos en adultos de 60 años y más— solo representaron una pequeña fracción de la población, nunca más del cinco por ciento. Pero en la actualidad, en el mundo desarrollado comprenden aproximadamente un veinte por ciento de la población y en 2040 alcanzarán el treinta por ciento. En los países en desarrollo, la transición desde una población joven a una crecientemente envejecida está ocurriendo a un ritmo impresionante.
En unas cuantas décadas más, en nuestra región el grado de envejecimiento será igual al de los países desarrollados en la actualidad. En las próximas cuatro décadas en Nicaragua la población menor de 14 años decrecerá en 27 por ciento, la población en edad activa crecerá en 27 por ciento y la población de adultos mayores se incrementará en 283 por ciento. Mientras en 2014 hay 8.7 personas en edad económicamente activa por cada adulto mayor, dentro de cuatro décadas solo habrán 2.8.
Para responder a este cambio tan masivo, la productividad de las personas activas deberá multiplicarse al menos por diez, lo cual implica que Nicaragua no puede seguir generando principalmente empleos de baja productividad, sino que la estructura productiva y exportadora debe diversificarse y comenzar a generar predominantemente empleos de creciente contenido tecnológico y de conocimientos. Esto implica preguntarse qué políticas e instrumentos se utilizarán para promover esta transformación de la estructura productiva y el empleo, cómo se hará para superar el enorme rezago educativo con una rapidez similar a la de Corea del Sur, y qu´r acciones y políticas se implementarán para que el país logre adquirir la capacidad de asimilar, aprender a dominar, adaptar y eventualmente desarrollar el conocimiento y la tecnología.
Cabe interrogarse también cómo se satisfará la demanda creciente de alimentos y de agua —para los múltiples usos de esta—, cuando la frontera agropecuaria se habrá agotado, si además continúa la degradación de los suelos y las cuencas hidrográficas, en un contexto de creciente irregularidad del régimen de lluvias y extrema inestabilidad climática. Para enfrentar estos desafíos, debe pensarse con la debida seriedad el futuro, pero sobre todo se debe comenzar a forjarlo, con mayor seriedad y fuerza todavía, desde hoy.
(*) Economista
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