Amalia Morales, II entrega y final
Desde lo alto del cerro, el río que atraviesa Los Arados, en Mozonte, es una serpiente gris de piedra, la prueba fehaciente de la sequía que azota esa zona de Nueva Segovia. No se ve agua, aunque abajo se constata que corre una pequeña corriente, insuficiente para mantener el servicio de agua en la comunidad las 24 horas y menos aún para regar cualquier cultivo.
Allí, en Los Arados, como en los municipios de San Lucas y San José de Cusmapa, en Madriz, lo que se sembró se secó.
Rosalío Gómez, habitante de Los Arados, regresa de Mozonte con su burro, “El Chaparro”, cargado con dos sacos de maíz. En tiempos normales, Gómez lleva ese maíz para vender al pueblo, pero ahora, que ellos no tienen reserva del grano en la casa, le toca bajar y comprarlo. “Para la comidita”, dice Gómez, de 80 años.
“Nosotros sembramos una manchita de maíz y todito se secó. Esperamos que llueva en la postrera”, dice Gómez, quien recuerda de los años setenta y en los cincuenta otras sequías similares. Aunque él mismo se aclara y dice “pero no como esta”.
Elena Flores, de la misma comunidad, dice que como el río está seco, el agua está racionada. “La han quitado cuatro veces”, dice Flores sobre el servicio en esta última semana.
Por la propiedad pasa una quebrada que tiene suficiente agua, según cuentan. A través de unos mil metros de manguera suben el agua hasta una pila y luego por presión la riegan en la mancha de frijol a través de aspersores. En estos días están preparando la tierra para sembrar tomates. Como no ha llovido están preparando las condiciones para hacer un riego por goteo. Es parte de la inversión que hizo su hermano Bayardo. Ambos lamentan la sequía y aseguran que no es lo mismo a que llueva “porque el agua cae pareja”.
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En Los Arados la frustración de los pequeños productores tal vez es mayor, porque el año pasado la cosecha fue bastante buena y en sectores no muy lejanos, como en San Fernando y más allá, en Jalapa, han escuchado que ha llovido y que habrá cosecha.
LLANTO POR HAMBRE
“Hay casas que lloran por hambre. Una señora que llega donde mi hermano le dice que ‘no hemos comido, mis hijos se me están desmayando’”, cuenta Thelma Iglesias Rizo, de Santa Rosa, una comunidad que está sobre la trocha que va desde Condega hasta Yalí.
El esposo de Iglesias, Félix Ponce, dice que el noventa por ciento de la cosecha la perdieron. “No ha sido un invierno de cosecha”, cuenta Ponce y repite lo mismo que otros productores en otros caseríos del norte del país: el frijol no creció más allá de los diez centímetros.
“Pero el Gobierno no se preocupa por eso”, se queja Ponce y se extraña por qué instituciones como Magfor (Ministerio Agropecuario y Forestal) no aparecen por la zona para conocer la situación de productores como él.
“En el Canal 6 dicen que esperan que de nueve millones de quintales van a sacar ocho. Eso es muy mentira. Están engañando al pueblo, se deberían de tirar al campo para que vean la situación”, explica Ponce.
Por esta zona también deambula el fantasma de la emigración.
“Están emigrando a Honduras”, expresa Thelma Iglesias. O se van a las ciudades. El mayor de sus hijos, por ejemplo, se fue a Estelí para trabajar en las fábricas de tabaco.
En comunidades como Los Arados, de Mozonte, hasta la merienda escolar empieza a ser escasa. Elena Flores termina pronto la conversación porque tiene que ir a buscar a sus hijas a la escuela. “Están saliendo más temprano”, explica Flores.
En estos días de cosechas perdidas, la merienda escolar está cobrando importancia entre las familias. En el caserío de Santa Rosa, muchos niños van a la escuela para aprovechar esa merienda. “Por lo menos el niño de la escuela tiene esas cucharadas”, indica Thelma Iglesias.
“Pero no les dan a todos, solo a los de primaria”, agrega Iglesias, quien lamenta que en estos tiempos no pueden hacer ni “guisos de monte”, como le dicen al alimento que preparan con hojas de chaya y de jocote, porque hasta eso se ha secado. “Ahora aunque se rieguen los pipianes, no echan. No hay como la lluvia”, dice Iglesias quien vendía en la escuela cuatrocientos córdobas en enchiladas y ahora no llega a los doscientos.
En las comunidades la gente tiene esperanza en la cosecha de postrera. Pese a los pronósticos esperan que llueva después del 15 de agosto.
Si no lloviera “vamos a llegar a otro estado peor, si no consumimos alimentos habrá enfermedades”, pronostica Iglesias.
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