Amalia Morales/I entrega
Las familias demandan apoyo con semillas y alimentos.
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- 1984
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Martín Díaz, el marido de Alejandra Martínez, también está intentando preparar la tierra para cosechar en postrera.
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“No hubo nada. Este año no vamos a tener ni frijoles ni maíz porque se secaron”, dice Alejandra Martínez, habitante de El Carrizo, una comunidad rural que está a una hora de San José de Cusmapa, en el corazón del corredor seco, donde las familias resienten la pérdida de sus cosechas y la escasez de comida, pero también, el abandono del Gobierno y de organizaciones no gubernamentales, que en otros tiempos llegaban a la zona para apoyarlos con alimentos. En este momento nadie ha aparecido.
“Aguantando”. Martínez repite varias veces esa palabra delante de su hija, su papá, tres nietos y una nieta de tres meses de nacida que está acostada, sin moverse, en una hamaca. Su papá, una anciano de 80 años, y su hija, una mujer que no alcanza los 40 años, la escuchan en silencio, mientras desgranan unas cuantas mazorcas de maíz. Los granos que van cayendo en una pana esta misma tarde de martes van a ponerse a cocer.
“Teníamos esas mazorquitas menuditas, pero son las últimas”, dice Martínez quien lleva la voz cantante de la casa, y corrobora lo que vienen diciendo algunas líderes desde las cabeceras municipales: que las cosechas se perdieron por falta de lluvia, que el maíz y el frijol se marchitaron, que solo cayeron tres garúas —la última cayó el 29 de junio—, y que no hay qué comer, o que hay poco, o que solo hay, como dice ella, “tortilla con sal”. Y pronto, si sigue sin llover, no habrá ni eso.
SIN QUÉ COMER, SE VAN
La realidad de la familia de Martínez es compartida por otros caseríos de Madriz.
A lo largo de la carretera de 33 kilómetros que separa a Somoto y San José de Cusmapa, el paisaje es desolador. Cultivos quemados que no crecieron, tierra arada que se cuarteó por la falta de agua, ganado flaco, ríos secos, mujeres y niñas recorriendo grandes distancias con pichingas y baldes de agua. Hay una especie de abandono de los plantíos. Se ve muy poca gente trabajando. La población dice que una parte de los hombres se ha ido ya a trabajar a otras partes donde saben que ha llovido, en algunos sectores de Jinotega. Algunos se han ido del país. Se están cruzando por veredas a la vecina Honduras o se van a El Salvador, incluso, dicen que la migración a España ha aumentado en estos días.
Otra parte de los hombres está en las casas cuidando a los hijos mientras las mujeres se van a trabajar a las ciudades cercanas. Se emplean como empleadas domésticas en Somoto, donde la mano de obra se abarata y les pagan 50 córdobas por día.
“La mayoría de las mujeres está yendo a Somoto a trabajar de doméstica, a lavar ropa, pero no es lo suficiente. Nosotros estamos cuidando por ahorita porque no tenemos trabajo”, dice Carlos Antonio Díaz Hernández, de la comunidad de Los Canales, San Lucas, quien está a cargo de sus cuatro hijos.
Con lo poco que ganan las mujeres se costean algunos artículos y alimentos. “El jabón carísimo, el arroz está caro, la canasta básica está carísima. El poquito que ganan compramos el poquito de maíz, pero si compramos el maíz no compramos la libra de arroz”, dice.
Díaz, quien años atrás se ha ido a trabajar a El Salvador pero que ahora no lo hace por falta de recursos, esta vez sembró dos arrobas de frijol y esperaba cosechar, pero las plantas no alcanzaron ni un 25 por ciento del tamaño que necesitan para producir el grano rojo.
“Esperábamos aporrear el frijolito en el mes de agosto, pero fue muy dificultoso. Cayó una brisa como el 28, ya fue muy tarde, no pudimos desarrollar. La siembra se perdió. Todo está listo, eso está seco, está perdido”, dice mientras muestra parte de la “mancha” de frijoles que se le marchitó.
“El jabón carísimo, el arroz caro, la canasta básica está carísima. El poquito que ellos ganan compramos el poquito de maíz, si compramos el maíz no compramos la libra de arroz”, dice Díaz.
En Somoto, por ejemplo, la libra de frijol está a 25 córdobas y la de maíz a cinco pesos.
A la par de Carlos Díaz están sus hermanos menores Julio Ernesto y Mauricio, de 20 y 19 años, respectivamente, quienes trabajan también en la agricultura y comparten los sinsabores de su hermano mayor.
Aunque no se resignan a la pérdida de la cosecha de primera, los campesinos tienen esperanzas en que después del 15 de agosto, cuando se acabe el período de canícula, llueva. Esperan agua en septiembre y octubre para recoger en noviembre la cosecha de postrera.
Sin embargo, si llueve van a tener otro problema: no tendrán qué sembrar.
“No tenemos semilla”, dice Hernández y asegura que en Los Canales hay 250 familias en la misma situación.
“Ahorita están los hombres esperando la postrera, pero quién sabe, no tienen nada de semilla”, dice Alejandra Martínez, de El Carrizo.
ESPERAN ALIMENTO POR TRABAJO
Los campesinos esperan apoyo de las autoridades locales y nacionales. “Esperamos que la Alcaldía municipal nos apoye con alimento por trabajo”, propone Carlos Díaz. Otra alternativa es que les den semilla. En otras ocasiones eso han hecho, dicen los hermanos Díaz, pero ahora ha sido extraño que nadie se ha acercado.
Esta semana, los líderes de la comunidad convocaron a una reunión, pero no tienen muchas esperanzas con ese encuentro. “Ellos primero comienzan con la política… y la gente necesita el resultado positivo. Ahorita lo que necesitamos es alimento por trabajo, y préstamos de semillas para volver a empujarnos”, dice Carlos Díaz.
En El Carrizo hay claras diferencias entre las familias que apoyan al partido de Gobierno y las que no. En la casa de Martínez donde se identifican con los liberales, dicen que nunca han llegado con ningún proyecto. Y en la problemática actual, tampoco han llegado a preguntarles nada ni del Gobierno ni de ningún organismo no gubernamental.
“No sé, los líderes no es a toda la gente que le dan. Yo miro reuniones que pasan para esos pueblos, hasta camionetas les meten, aquí no hacen reunión, solo ellos, y cuando uno tiene hambre esta sequía es pareja, porque a todos nos da hambre”, dice Alejandra Martínez, quien confía en que la lluvia de primera llegue y antes de que termine el año puedan comer maíz y frijol nuevos.
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