JOSÉ ADÁN SILVA
La denuncia apareció en la pequeña columna semanal Los Expertos Responden, del periódico HOY, el pasado 12 de marzo, bajo el titular “Casas de empeño y plasma”. Una señora desesperada se dirigía hacia el bufete jurídico de la Universidad Centroamericana en busca de asesoría jurídica, pues se sentía afectada después de asistir, en medio de una emergencia económica, a una casa de empeño.
Decía textualmente así: “Estimados señores del Periódico HOY, mi consulta y a la vez denuncia que quiero exponer es la siguiente: Actualmente estoy pasando por una situación económica bastante mala, y tuve que empeñar mi televisor plasma a una casa de empeño a la cual le daba un interés del veinte por ciento mensual, cabe mencionar que esto era por una cantidad que ellos me habían prestado de cien dólares”.
“A ellos yo pasé dándoles veinte dólares por un lapso de tres meses, la cuota me tocaba pagarla los 4 de cada mes, pero un día se me presentó un inconveniente y no pude ir a hacer el pago hasta el 14 del mes.
Resulta que llego y me dicen que yo firmé un contrato y que perdí el aparato, me dirigí a la Policía a demandarlos por usura, pero ahí me dijeron que no podía hacer eso, pues estaba sujeta a un contrato.
No sé si buscar un abogado, pues el plasma ellos lo vendieron por apenas diez días de retraso y no sé con quién abocarme”.
Salvación y castigo
Al señor Carlos Rivas una casa de empeño le ayudó en la enfermedad a su padre de 68 años, y otra le quitó no solo la confianza en este tipo de negocios, sino también unos gramos de oro.
Así lo dijo en un testimonio cristiano ofrecido a bordo de un bus de la ruta Mateare-Managua, el pasado 17 de julio. “Mi papá ya era viejito, tenía azúcar y el guaro lo arruinó todo antes de tiempo. Hace dos años (2012) le dio un derrame cerebral y lo llevamos al hospital de Ciudad Sandino y de ahí lo mandaron al Hospital Alemán”, relata en la terminal del Mercado Israel Lewites, donde finaliza la ruta de Mateare a Managua.
Narra que tras la operación su padre sobrevivió, pero debía estar siendo inyectado con un fármaco cuyo costo era de aproximadamente 2,000 córdobas semanales.
Un día la medicina y el dinero se agotaron y Rivas no tuvo otra opción que buscar dinero de manera urgente: “Tomé unas chapitas y una cadenita de oro que eran de mi mamá, que mi papá guardaba en su ropero, y fuimos a buscar cómo venderlas, pero una tía nos dijo que mejor la empeñáramos, porque esas prendas mi mamá las quería mucho porque eran de una hija suya, la mayor que era de otro padre, quien murió de cáncer en León”, relata con ese tono de predicador público que abunda en los buses de la capital.
En una casa de empeño de Ciudad Jardín le ofrecieron 2,500 córdobas por las prendas y él aceptó. Sin confianza, sin oro
A pesar de ello, su padre murió de un infarto, meses después de salir del hospital. Rivas sin ningún problema logró recuperar las prendas, pero en una nueva emergencia económica recurrió a ellas en otro lugar de empeño, donde la experiencia fue negativa.
“En ese otro lugar por el Mercado Huembes nos pasaron ‘boleando’ como quince días que no las hallaban las prendas, que estaban en un lugar seguro, que el encargado de la bodega no estaba en el país… Un día después de tanto pelear la entregaron y cuál es la sorpresa que a las chapas le habían quitado unas piedritas y las habían raspado como con lija”, narra Rivas.
“Nosotros (empeños Raflá) no cobramos mora ni comisiones de desembolso. Nuestros plazos son de treinta días y el cliente lo puede renovar las veces que quiera con solo pagar los cargos mensuales.
También le pueden hacer abonos al préstamo principal, cancelar en cualquier momento sin cargos o penalidad”. Ríos asegura que ocho casas de empeño formales y sus sucursales se rigen por estos criterios de control, pero que existe una cantidad no determinada de negocios de este tipo, más pequeños, por los cuales ellos no responden.
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El monto del préstamo lo determina, en efecto, el avalúo de la prenda. “Si una cadena de oro de 14 quilates cuesta 6,000 córdobas, nosotros prestamos hasta el 65 por ciento de ese valor. Si el cliente quiere venderla, le pagamos el ciento por ciento del avalúo”, explica.
Señala que al menos en la sucursal que él administra, se pide cédula de identidad a los clientes y cuando aparecen con objetos que no tienen garantía de haber sido adquiridos a una casa comercial, no los aceptan. “En ocasiones hemos llamado a la Policía cuando la persona que trae una computadora portátil sin papeles, por ejemplo, se pone nerviosa, o ni siquiera puede encenderla o la trae con password y no sabe el código”.
Explica que el comportamiento de la mayoría de los clientes ante el crédito “es de una responsabilidad financiera saludable”: “El 95 por ciento que trae joyas, cumple con sus obligaciones y no pierde sus prendas”.
En el caso de los artículos electrónicos, el crédito se otorga en dependencia del objeto, la marca, el modelo, el estado y el avalúo. “Con los electrónicos el valor del préstamo es menor al de las joyas, no prestamos más del 45 por ciento del avalúo, el interés es más alto, entre el 12 y 15 por ciento al mes, porque el riesgo ahí es mayúsculo por ser cosas que pueden traer defectos”, explica. Más del cincuenta por ciento de las personas que empeñan artículos electrónicos, los dejan perder.
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“La cadena no tenía un dije de cruz y parecía más pequeña, la llevamos a un joyero y nos dijo que le habían arrancado al menos dos gramos cortando unos eslabones, hasta se miraba bien negro donde cortaron y soldaron”, relató Rivas. El predicador y la señora desesperada compartieron un destino similar en su experiencia con las casa de empeño: se beneficiaron momentáneamente y rápido a la hora de una emergencia, pero no hubo institución o autoridad oficial que les amparara a la hora de reclamar por su televisión ella y por sus prendas él.
En carne propia
Para verificar cómo funciona el sistema, un equipo de LA PRENSA fue a solicitar un crédito en una casa de empeño de Bello Horizonte, Managua, con una pulsera de 11.5 gramos de oro de 14 kilates, valorada previamente en una joyería del mismo sector en 10,890 córdobas.
“Estimados usuarios, el precio del oro este mes de julio es el siguiente: oro de 10 kilates a 435 córdobas el gramo. De 12 kilates a 516 córdobas el gramo. De 14 kilates a 602 córdobas; de 18 a 774 córdobas, de 20 a 860; de 22 a 946 córdobas y el oro de 24 kilates a 1,032. Precios pueden variar”.
Así se leía en una tabla pegada a la orilla de una ventana de vidrio de la casa de empeño que visitó LA PRENSA, donde después de pesar la joya, raspar el metal dorado con una especie de lima y echarle dos gotas de un ácido, una joven que hacía de dependiente del negocio dictó la oferta: “Pesa 10 gramos, es de 14 kilates y tiene un valor de crédito de 6,634 córdobas”.
El interés es de 664 córdobas mensuales. Si usted quiere liberar la prenda debe pagar capital más el interés correspondiente, más 50 córdobas en concepto de almacenamiento y 50 córdobas de seguridad, porque la empresa paga a una empresa de vigilancia que custodia las joyas dadas en garantía y alquila una bodega cuando se trata de electrodomésticos o artículos electrónicos.
La prenda se regresa 48 horas después de cancelar su crédito. Si usted incumple su pago, entra en mora y tiene 60 meses para cancelar capital, interés, mora y extras.
En país de necesitados
En Nicaragua hasta el año 2013 se sabía que la población total era de poco más de seis millones de habitantes, de los cuales solo 623,458 estaban trabajando formalmente.
Entonces el salario promedio era de 7,639 córdobas y el precio de la canasta básica en Navidad pasada alcanzaba un costo de 11,028.13 córdobas, mientras el Banco Mundial, con cifras del 2013, ubicaba al país como el segundo más pobre de América Latina, detrás de Haití, con el 42.5 por ciento de nuestra población en estado de pobreza.
En ese contexto de necesidades económicas acumuladas, Marvin Pomares, director del no gubernamental Instituto Nicaragüense de Defensa del Consumidor, dice que las casas de empeño han encontrado la clientela perfecta para funcionar.
“Las casas de empeño, como todos los negocios de crédito y financiamiento, no son centros de beneficencia social o caridad cristiana. Son negocios formales, en algunos casos informales, que viven básicamente de las necesidades económicas de un segmento de la población que no tiene acceso a créditos del sistema financiero”, explica Pomares. A su oficina del Indec, asegura, llegan constantemente quejas y denuncias de usuarios de estos negocios a buscar asesoría y acompañamiento para tratar de recuperar alguna prenda perdida.
“Tuvimos el caso de una señora a quien nunca le encontraron su joya que dejó en garantía de crédito. Se la dieron por perdida y le dijeron que el dinero que le habían prestado se lo quedara en concepto de indemnización, pero el préstamo que le habían dado era muy por debajo del valor real de la prenda. En este caso la joya era un anillo de herencia de su mama difunta y el valor sentimental y real era superior a los 4,000 córdobas que le prestaron”, narra Pomares.
Según su experiencia, la mayor cantidad de denunciantes son mujeres, responsables de familia, que empeñan sus cosas por necesidades domésticas.
De justos por pecadores
“Mucha gente empeña sus cosas por enfermedad de un familiar o accidente; a veces llegan para recapitalizarse por terceras deudas, para adquirir repuestos o reparaciones de vehículos y en algunos casos menores para invertir en pequeños negocios como pulperías o ventas ambulantes”, dice Pomares.
“Nosotros impulsamos varios procesos de investigación por estafa con la Dirección de Investigaciones Económicas de la Policía y las cosas que ahí se descubrieron son de escándalo”, cuenta.
Y recuerda que en una revisión a una casa de empeño en Chontales encontraron desde escrituras de casas hasta motos y vehículos sin documentos, joyas, electrodomésticos sin facturas, armas y hasta motosierras.
“La Policía sospechó que el negocio servía de tope para actos ilícitos y lo cerró”, cuenta Pomares, quien detalla las principales quejas de la población en torno a este tipo de negocios.
“Muchas joyas son raspadas y el polvo de oro le queda a las casas de empeño; a prendas con adornos como piedras preciosas y otros metales, las cercenan lo que no sea de oro, devalúan el precio de las joyas y engañan a la gente diciéndole que la joyería pesa menos y es de menor kilataje del real”.
Luego aclara y dice que tampoco se debe satanizar el negocio: “No es que todas las casas de empeño sean así, hay que aclararlo, pero en muchas de ellas se detectan anomalías”, dijo Pomares, quien recomendó a los usuarios leer y exigir siempre una copia del contrato, valorar con una joyería su prenda antes de empeñarla y guardar los recibos de pago del crédito.
La otra cara de la moneda
Salvador Ríos, gerente general de casa de empeños Raflá, explicó los pormenores de este negocio que proporcionan una solución rápida e inmediata ante las necesidades económicas de una gran parte de la población.
En principio, explica que las grandes casas de empeño con varias sucursales en el país, como Raflá, cuentan con controles y fiscalización del Estado en sus operaciones comerciales.
Ríos aclara que según la Ley 793, Ley Creadora de la Unidad de Análisis Financiero (UAF), las casas de empeño y préstamos son sujetos obligados a supervisión y que, por tanto, son obligadas a inscribirse desde 2013 ante este ente fiscalizador de operaciones financieras.
Formalmente, las casas de empeño son sociedades anónimas registradas en el Registro Público Mercantil y como tal, son obligadas a pagar impuestos fiscales y municipales, deben cotizar el Seguro Social y aportar al Instituto Nacional Tecnológico.
Existen aproximadamente treinta casas de empeño en Managua, de las cuales ocho son las más grandes, con varias sucursales y con control de sus operaciones por instituciones del Estado.
¿el mito de las joyas perdidas?
Ríos aclara, ante las denuncias que giran en torno a las casas de empeño, “lo que entra ahí no sale”, que al menos en su empresa ofrecen “garantía absoluta” de recuperación de prenda.
“Las prendas se resguardan bajo medidas de protección y seguridad física, humana y electrónica. Nosotros entregamos sus prendas al cliente al momento de cancelar su contrato, en otras casas de empeño el cliente tiene que regresar a retirar sus prendas a los dos o tres días siguientes”, explica.
Ante el dato difundido de que la mayoría de la gente pierde sus prendas por incapacidad de pago, Ríos explica un fenómeno: la mayoría de los clientes son mujeres. Ellas asumen con mayor responsabilidad financiera sus compromisos y evitan perder las joyas de la familia.
Los datos de empeños Raflá arrojan que en promedio el 93 por ciento de los préstamos son cancelados y solo el siete por ciento de la cartera de préstamos se pierde por abandono del cliente.
Ríos de igual modo explica que desde la entrada en vigencia de la UAF, las casas de empeño formales se guían por el tipo de interés publicado por el Banco Central de Nicaragua, conforme a la Ley 176, Ley Reguladora de Préstamos entre particulares, aplicable a la fecha de suscripción del contrato, más los cargos por manejo, seguro y custodia.Esas son las reglas del juego y ante ellas la gente tiene dos opciones: lo toma o lo deja.




