Amalia Morales
A estas alturas de su vida, 110 años y siete meses cumplidos, María de Jesús Chávez Mojica advierte que hay tres partes de su cuerpo que no le funcionan más: “Ya no miro, ya no camino y casi no oigo, me tiene que hablar fuerte”, dice doña María de Jesús, quien vino al mundo el 25 de diciembre de 1903, en la época en que el cántaro de agua valía un centavo en esos pueblos de Carazo.
María de Jesús ahora vive en Managua, pero su nacimiento fue inscrito en Diriamba, Carazo. Ella cuenta que nació en Amayo, un caserío que queda camino al mar y que fue una de los 11 hijos de Benito Chávez y Laura Mojica, ambos ya fallecidos, pero de quienes parece haber heredado el gen de la longevidad. Don Benito vivió hasta los 90 años y doña Laura le sobrevivió muchos años más. Ella murió a los 117 años, según cuenta Haissel Rodríguez, bisnieta de doña María de Jesús.
Los parientes de doña María de Jesús creen que debe ser una de las mujeres más antiguas de Carazo y del país entero. Otra de las mayores es Alejandrina Chávez, 101 años, la hermana menor y la única viva que le queda a doña María de Jesús, quien voltea la cara cuando su nieta Daysi o su bisnieta Haissel le gritan “Mayín”, el nombre de cariño por el que la llaman sus familiares.
“Cuéntele Mayín”, insiste su bisnieta a doña María de Jesús, que parte de su vida transcurrió entre Carazo y la mina El Limón, León.
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- “Nunca me dejaron ir a la escuela. Decía mi papa que esa era una locura. Eran babosadas, decía él”. María de Jesús Chávez, campesina de 110 años y medio.
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MEMORIA RURAL
Haissel dice que la bisabuela es hablantina, que les cuenta muchas anécdotas de su infancia, como aquella en que iba de la finca a Diriamba a vender cuajadas, huevos, lo que producían y la tierra comenzó a sacudirse. El ajetreo se prolongó tanto que los bueyes y las vacas se echaron y mugieron aterrorizadas. Les ha contado a los nietos, bisnietos y tataranietos, que estaba tan chiquita que no cree que se tratara del terremoto de 1931.
Doña María de Jesús recuerda de la capital, sobre todo, los mercados, hasta donde bajaban para vender lo que producían. “Traíamos cuajadas, huevos, hojas chigües, que se usaban para lavar jícaras y guacales. Cincuenta moñitos eran cincuenta pesos. “Era buen dinero. El dinero rendía mucho, ahora no rinde, agarrás un manojo y en un ratito no tenés nada”, reflexiona esta mujer centenaria, quien dejó transcurrir su vida sin aprender a leer.
“Nunca me dejaron ir a la escuela. Decía mi papa que esa era una locura. Eran babosadas, decía él”, dice y recuerda que ella creció con el lema de trabajar “día y noche” y si acaso había oportunidad de aprender alguna palabra, bueno, si no, no pasaba nada.
Daysi, la nieta, comenta que su abuela fue siempre una mujer “especial” y trabajadora. Recuerda que cuando estaba niña, los llegaba a ver y traía regalos para los 11 nietos. “A todos nos traía algo. Ella venía cargada con cuajadas, con iguana asada, carne salada”, dice Daysi, quien ahora, a sus 59 años, se encarga de cuidar a su abuela.
“Ella duerme, se baña, come, platica, solo hay que hablarle un poquito fuerte”, indica la nieta mirando a la abuela que se acurruca en la silla de rueda como un pájaro en su nido.
CAJETAS Y NACATAMALES
Pese a las quebraduras de pelvis, que la dejaron sin caminar, y a la ceguera, doña María de Jesús se apoya en las paredes y camina. Todavía se baña sola, aunque su nieta y bisnieta están todo el tiempo pendiente de su ritual de limpieza, que dura más de una hora.
Doña Daysi explica que pese a sus años, la abuela centenaria, quien parece tan leve como una pluma, puede comer de todo.
“Y como de todo. Hasta nacatamal. El médico ha dicho que es más seguro que le haga daño a cualquiera de ellos, pero a ella, que no tiene grasa en el cuerpo, bien puede comerse uno y hasta dos a la semana”, explica.
Los fines de semana, generalmente, Daysi sirve a la abuela un nacatamal con su ingrediente infaltable: chile.
“¿Y no le hace daño el chile?”, pregunto.
“Por qué me va a hacer daño. Un nacatamal sin chile no es nacatamal. El picante le da sabor”, contesta la señora de 110 años, quien todas las mañanas después del baño pide de beber algo caliente: café con leche, tibio y a veces café. A veces también en las meriendas de las tardes, les pide gaseosa.
A estas alturas de su vida, los días de doña María de Jesús transcurren en la casa de su nieta, rodeados de bisnietos y tataranietos. Sin embargo, a veces, en medio de los destellos de su memoria, que pasean por la infancia y la juventud con más velocidad que por la vejez, recuerda a su hermana menor, Alejandrina. Ella sabe que está viva, que vive en Carazo. “Si ella no viene donde mí, ¿cómo puedo ir allá donde ella, si no miro y no camino?”, pregunta la anciana, quien todos los días antes de vestirse le pregunta a la nieta de qué color es el vestido o los zapatos que le ponen.
“Y ella no viene. Vive trabajando con su hombre allí. Ella ordeña las vacas, hace las cuajadas”, sigue diciendo la señora sobre su hermana Alejandrina, quien a estas alturas, 101 años, todavía mira pero ya no trabaja, también la cuidan unos parientes como a su hermana mayor.
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