Alguien me preguntó si para entender Tranformers 4: Era de Extinción tenía que haber visto las películas anteriores. La respuesta más breve es “no”. La compañía juguetera Hasbro produjo una línea de carritos que se convertían en robot. Su mitología narrativa es el subproducto de una serie de dibujos animados que funcionaba como anuncios de 30 minutos. La generación de primeros consumidores ya es adulta, y la mejor manera de re-engancharlos es con una película. O dos. O tres. O cuatro.
La franquicia se define en base al pensamiento mágico infantil: una avanzada raza alienígena de origen mecánico se construye a sí misma como humanoides y carros, porque eso es atractivo para los niños de la tierra que piden a sus padres juguetes, y los padres nostálgicos por la propia infancia.
En esta entrega, los antepasados de los Autobots y Decepticons toman forma de dinosaurios porque… un robot en forma de dinosaurio es “cool”. Como el “unobtanium” de Avatar (James Cameron, 2009), una sustancia llamada “transformium” es el catalizador de los problemas. Robots de diferentes estirpes se enfrentan en luchas de poder mientras, los humanos poderosos tratan de beneficiarse. Kelsey Grammer es un experto en seguridad con sed de poder. Stanley Tucci es un ambicioso industrial. La villanía de ellos contrasta con el buenazo de Mark Whalberg, un proletario que solo quiere ayudarle a Optimus Prime. La rica ironía debajo de todo esto, es que el populismo de la película es producto de un razonamiento implacablemente comercial.
Como en las sagas de superhéroes, el empoderamiento personal define al protagonista, ineludiblemente masculino. En las primeras tres películas, Shia la Beouf imponía su joven ego ante las figuras represivas de sus padres, sus jefes y la sociedad entera. Whalberg es una versión mayor en edad, pero igualmente necesitado de validación. Es un inventor ineficaz al borde de la ruina, con una hija en la cúspide de la adolescencia. A pesar de sus estrecheces económicas, su única preocupación es reprimir la sexualidad de su hija. La compra de una pieza de chatarra, que resulta ser Optimus Prime, lo pone en medio del fuego cruzado. Las rivalidades entre los robots se resuelven en monumentales secuencias de destrucción en Chicago y Hong Kong. Incluso aquí se notan los cálculos del negocio globalizado. El escenario es elegido para potenciar la taquilla en el mercado chino.
Olvídese de la película. El acto de compra-venta es el evento principal, y el individuo importa en la medida en que consume. Dele un vistazo a Managua. Los rótulo forran la ciudad sin reparo por la urbanidad. En televisión, los límites de los cortes comerciales ha cedido, dejando que los anuncios se diluyan con el contenido. Las marcas ponen su impronta sobre todo lo que se mueve. El hombre-rótulo, símbolo de la Gran Depresión en EE. UU., reaparece ahora en todos los semáforos, bajo el inclemente sol tropical. Cuando “Transformers” posiciona una marca de cerveza en una escena, o destaca en logo de Chevrolet en sus Autobots, son los momentos más realistas de la película. El cine siempre ha sido un negocio, pero esto es el epítome de la comercialización.
La estética misma viene de la publicidad. El director Michael Bay se forjó en entre spots comerciales y videoclips. La franquicia tiene ciertamente su impronta personal. Este caótico esperpento de acción se siente como un paso atrás para Bay, después de Pain & Gain . La grotesca pero efectiva comedia sobre un trío de fisicoculturistas metidos a secuestradores no fue más que un paréntesis. El estilista del caos ha vuelto a sacar sus juguetes.
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