El chinito Wang Jing está de vuelta en Nicaragua. Ello debería ser motivo de regocijo para aquellos nicaragüenses que aprecian las exquisiteces de la comedia, pues no todos los días se da uno el lujo de presenciar la formidable actuación de un cultor de ese género del calibre del amigo Wang. A quien acompaña, además, todo un cortejo de distinguidas comparsas nacionales ansiosas de agradecerle la distinción de haberlos acogido en su séquito, con los generosos beneficios que, confían, cosecharán.
La primera de esas comparsas: cierto jovenzuelo que, arrobada expresión en su rostro, tierna la mirada, anhelosamente tendió sus abiertos brazos hacia el eximio comediante, mientras este, plenamente consciente de su superior jerarquía, y guardando cortésmente las debidas distancias, le obsequió una adusta, forzada sonrisa, sus brazos colgando indiferentes a lo largo del cuerpo. Lo atestigua la fotografía aparecida en un medio impreso a raíz de la reciente llegada a nuestro país del —en su comedia— redentor de Nicaragua.
Esa fotografía trajo a mi memoria otra, publicada poco después de que se firmara la entrega de un gran trozo del país; la diferencia esencial entre ambas radica en que en esta última, el personaje embrujado por el “cambiolín” acordado con el chinito, no es otro que el padre del jovenzuelo, el mandador de la hacienda.
Y una aclaración para los malpensados: no crean que este jovenzuelo fue incorporado al elenco de la comedia por razones familiares. No tengo la suerte de conocerlo, pero seguro estoy de que razones familiares nada tienen que ver con esa incorporación. De que este joven, aparte del obligatorio talento de comediante, debe ser excepcionalmente brillante y poseer una sólida formación, larga experiencia y sesudas investigaciones en otros campos más convencionales, como el del comercio internacional, la ecología, la economía y ramas varias de la ingeniería.
Con esa convicción, hasta me atrevería a sospechar que él puede estar detrás de cierto comparsa de segundo orden que presume de haber introducido, en el parlamento de la comedia, algunas líneas alusivas a la necesidad de crear una cantidad de nuevas carreras ingenieriles en nuestras universidades. Y me acaba de asaltar un travieso pensamiento: siendo que este comparsa no ignora que sostener esa necesidad carece de sentido, ¿no lo estará haciendo como una justificación para cerrar otras carreras, por ejemplo la que produce 2,500 abogados cada año?
Pero Wang nos visita una vez más; ha regresado el hombre que empezó a proyectarse como comediante cuando ofreció, con mucha seriedad, una conferencia de prensa en la que disertó sobre el “gran” Canal, y sus posibles rutas y proyectos complementarios, mientras a sus espaldas colgaba, patas arriba, impotente, un mapa de Nicaragua con el que todo dejaba aclarado; el mensajero que, en diversas ocasiones durante los meses subsiguientes, ha dado por aprobadas diferentes rutas, costos varios y cambiantes plazos; el fabricante de inversionistas fantasmas; el tipo que aparenta ignorar, o al menos no aceptar que existe un complejo, inevitable, proceso que transcurre entre la concepción de casi cualquier proyecto y su exitosa ejecución
Pero el sujeto ha evolucionado, se ha superado a sí mismo. Ya no se conforma con pretender obnubilar las mentes de los nicaragüenses para hacerles creer que la conversión de su patria en un país del que la pobreza —su única y noble preocupación— será desterrada por siempre jamás, es algo instantáneo, milagroso, a la vuelta de la esquina. Ahora va mucho más allá, el planeta y la humanidad entera son sus límites. Escuchémoslo, a través de las páginas de un diario local: “este Canal servirá para el desarrollo y prosperidad de todos los países del mundo y será testigo de otro apogeo del desarrollo de la humanidad”, Amén.
Que hagan como que le creen quienes desde ya se encuentran haciendo fila, las manos estiradas, el cuello flexionado. Quienes exigimos respeto a nuestro suelo materno, nuestra descendencia, nuestra dignidad y nuestra inteligencia, estamos en el sagrado deber de impedir la enajenación y devastación de la patria. El autor es dirigente del partido de acción ciudadana
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