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James, precoz

La comunión contagiosa con la que los jugadores de Colombia celebran sus goles con bailes coreográficos y que culminan con el grupo de camisetas amarillas apuntando al cielo, ha eclipsado un gesto que James Rodríguez repite cada vez que anota un gol.

Fortaleza/Brasil/AP

La comunión contagiosa con la que los jugadores de Colombia celebran sus goles con bailes coreográficos y que culminan con el grupo de camisetas amarillas apuntando al cielo, ha eclipsado un gesto que James Rodríguez repite cada vez que anota un gol. El máximo cañonero del Mundial suele besarse el antebrazo derecho, donde tiene tatuado el nombre de su hija Salomé.

El enlace, que sin haber cumplido 23 años ya es el máximo goleador histórico de Colombia en los Mundiales con cinco anotaciones, es para muchos un descubrimiento, un jugador del que apenas conocen de nombre.

Pero quienes le han seguido los pasos no se sorprenden pues saben que siempre fue precoz, que ha tenido una mentalidad ganadora y le ha brindado a los colombianos el sueño que por tanto tiempo habían esperado: haberse consolidado como el reemplazo de Carlos “Pibe” Valderrama, máxima figura de una selección que disputó tres Mundiales en los 90.

 

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