Alexis Argüello no se equivocaba ni cuando se equivocaba. Estaba dentro del sentimiento popular. Y nada ha vuelto a ser igual desde su partida un día como hoy.
A la par de su formidable instrumental físico, puso su encantadora personalidad, que llevó a que le llamaran “El Caballero del Ring”, pese a que lo que hacía sobre el entarimado, no era un acto de nobleza o generosidad.
Argüello golpeaba con el poder de dos prodigiosos puños que le abrieron espacio entre las leyendas de todos los tiempos del boxeo. A su punzante jab de izquierda, lo seguía su jactanciosa derecha, con la que le apagó el mundo a 62 oponentes.
Pero Argüello fue mucho más que un boxeador de 82 victorias y tres coronas del mundo. Fue un chavalo de barrio que se hizo cargo de sí mismo, y mientras luchaba por alcanzar sus sueños, colocaba a Nicaragua en el mapa del deporte mundial.
Argüello explotó todo su potencial. Fue tan bueno como podía ser. No se guardó nada. Alcanzó la excelencia. Y a pesar de elevarse a lo más alto, jamás perdió contacto con el piso. Su naturalidad era abrumadora.
Después de tropezar con Ernesto Marcel, trabajó aún más. Resistió y venció a Rubén Olivares para ceñirse su primera corona. Y en duelos épicos ante Alfredo Escalera, se volvió el mejor ligero junior que ha existido.
Sus demostraciones ante Aaron Pryor aún causan escalofríos. Y sí, cometió errores. Saltó de un matrimonio a otro. Acabó su fortuna y fue arrastrado por las drogas, mientras se le despojaba injustamente de sus bienes, pero todo eso solo sirvió para demostrar su naturaleza humana, su capacidad de perdón y grandeza en general.
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