Jeniffer Castillo Bermúdez
La “Cuerva” ya tiene sed y Jorge Salgado Rivera le lleva agua por las tardes, justo después de que llega de la escuela. Eso es todo lo que hace en su casa porque él ya dejó de ser un niño trabajador y su papá, Carlos Donato Salgado, ya comprendió que si su hijo estudia “podrá tener un mejor trabajo lejos del machete”.
La “Cuerva” es la vaca que les da la leche para el desayuno y Jorge la cuida como a su mascota. Cuando llega de la escuela hasta le habla mientras su papá la ordeña.
Hace dos años, su rutina empezaba en el campo. Él iba con su papá a rozar las siembras, a cortar café o a “pajarear” las cosechas para evitar que las aves las dañaran. Cuando podía iba a la escuela.
“Yo tengo nueve hijos y en el campo a él le pagan noventa córdobas por día. Entonces él le ayudaba a su papá para traer más dinero a la casa”, cuenta Berta Elena Rivera, mamá de Jorge.
Este niño logró terminar la primaria de 15 años porque las tantas veces que desertó de la escuela para trabajar, lo atrasaron. Ahora tiene un solo propósito: “No faltar a la escuela porque quiero estudiar Ingeniería Agrícola”.
Solo en Jinotega se contabilizan 175 mil niños trabajadores, según Álvaro Sánchez García, facilitador de Educación de Cáritas en Jinotega.
Pero en todo el país hay alrededor de 300 mil niños trabajadores, de acuerdo con el último dato preliminar del 2010 que aún no ha sido publicado oficialmente.
“Jinotega es el departamento que más niños trabajadores tiene por su productividad agrícola y su pobreza”, apunta Sánchez.
Además “aquí lo más difícil es convencer a los padres de que sus hijos no tienen que trabajar, pero una vez que ellos ya toman conciencia, entonces se organizan y están pendiente del aprendizaje de sus hijos”, dice Rosa Herrera, docente del colegio El Yankee 2, donde se ejecuta el proyecto Primero Aprendo en Centroamérica.
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Hasta hace dos años, en esta comunidad, se creía que los niños eran más productivos en el campo que en la escuela, pues como trabajadores llevaban 90 córdobas más para la comida y como estudiantes solo llevaban más gastos para la casa.
Henry de Jesús Mercado, de 11 años, era uno de los que abandonaba la escuela porque tenían que ir con su papá al campo para cortar café y por las tardes iba a “pajarear” las cosechas de hortalizas para evitar que los pájaros acabaran con ellas. Actualmente cursa tercer grado de primaria y dice que ayuda a su papá a hacer las cuentas de la casa porque él apenas puede escribir su nombre.
“Los padres ya estamos organizados y hasta donde podemos luchar con nuestros hijos lo hacemos para que vayan a la escuela. La vida aquí (en El Yankee 2) es difícil porque a veces uno siembra para comer por lo menos los frijolitos con arroz y por allá una cuajadita”, dice Domingo Mercado Alaniz .
En el colegio El Yankee 2 estudian 94 niños, de esos 34 están en riesgo de abandono porque hace dos años eran niños trabajadores y desertaban con frecuencia de la escuela.
“Cuando el proyecto Primero Aprendo los identificó hace dos años, estos eran niños que estaban fuera de la escuela o estaban en riesgo de abandonarla. También veíamos que los padres no se interesaban por venir a la escuela y ver cómo se portaban sus hijos. Ahora vienen una vez al mes y están pendientes”, dice Lorena Palacios, docente de cuarto y sexto grado.
Hoy durante la conmemoración del Día Mundial contra el Trabajo Infantil, Glenda Marcia Reyes Álvarez, especialista en educación de Care Internacional, señala que en el país falta una política que articule los esfuerzos desarrollados por las distintas organizaciones que trabajan por la erradicación del trabajo infantil.
Además, recuerda que oficialmente se desconoce el verdadero estado del trabajo infantil en el país, pues el Ministerio de la Familia no ha revelado los hallazgos del último informe sobre niños trabajadores que se realizó en 2010.
Cáritas de Jinotega ejecuta el Modelo de Educación Integrada para la Niñez Trabajadora, que busca reducir el trabajo infantil y aumentar la asistencia de estos niños en la escuela.
Este modelo forma parte del proyecto Primero Aprendo en Centroamérica y dentro de sus actividades están los Espacios para Crecer (EPC), en los que el niño realiza actividades lúdicas y recreativas que lo mantiene lejos del trabajo infantil, incluso después de la jornada escolar.
“Yo vengo (a la escuela) porque no quiero ser como mis amigos que nunca fueron a una escuela y ahora solo trabajan cansados en el campo con el machete. Yo quiero estudiar para ser albañil porque cuando acompaño a mi papá a su trabajo, me gusta la albañilería”, dice Johnny Maximiliano Centeno, de 12 años.
Su papá ya no lo lleva a cortar café, “mejor me manda a la escuela y me dice que estudie porque él quiere que yo tenga un mejor futuro”, dice Centeno.
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