Querida Nicaragua: En mis 82 años, larga vida gracias a Dios, me ha tocado vivir mucha historia. Desde finales de los años cuarenta del siglo pasado hasta hoy ha corrido demasiada agua bajo el puente. He visto proclamas revolucionarias, levantamientos políticos, golpes de Estado, cuartelazos, fraudes electorales, no tan descarados como los de ahora, pero fraudes al fin. He visto y sufrido terremotos, sequías, temporales que duraban hasta ocho y quince días, erupciones volcánicas y sobre todo sucesiones políticas de un mismo caudillo o de una misma familia. Esta historia de Nicaragua en los últimos ochenta años solo puede compararse con el realismo mágico de las novelas de García Márquez.
En el año 1947 pude ver el primer fraude. Tenía 16 años pero el suficiente raciocinio como para entender lo que ocurría. Vi la fila de liberales a un lado y la fila de la oposición al otro lado votando. Tan solo esa manera de votar impedía el sufragio secreto. Se sabía de antemano por quién iba a votar el ciudadano. La fila de la oposición era enorme votando por el doctor Enoc Aguado, y la fila liberal raquítica votando por el doctor Leonardo Argüello, candidato oficial. Sin embargo, esa noche fueron cambiadas las urnas. Las de Aguado fueron para Argüello y las de este para Aguado. El doctor Argüello ganaba por abrumadora mayoría, gracias al Roberto Rivas de entonces.
A mis 16 años no podía imaginar, y hubiera pensado que estaba loco quien me dijera que, 64 años más tarde, a mí me pasaría igual cosa sufriendo un fraude similar y perdiendo una elección habiéndola ganado por abrumadora mayoría. Es decir, que yo correría la misma suerte del doctor Enoc Aguado, en las elecciones del 2011.
Luego viene a mi memoria el cuartelazo de Batista a Prio Socarrás en Cuba en marzo de 1952, y naturalmente la llegada de Fidel Castro, engañando a medio mundo con un crucifijo colgando del cuello. Recuerdo el fallido levantamiento de abril de 1954, y el asesinato de Somoza García en septiembre de 1956, y las luchas de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, tanto con la pluma como con el fusil en Olama y los Mollejones.
Una mañana luminosa vestida de rojo liberal vi cómo inauguraban la estatua ecuestre de Somoza García frente al estadio y también la vi caer, veintitantos años después una tarde violenta de julio de 1979 cuando llegó el supuesto sandinismo. He visto de todo, pero confieso que antes de 1979 no vi a ningún mandatario, dictador o no, queriendo borrar la historia patria. Fue en 1979 cuando comenzó esa costumbre comunista de creer que la historia comienza con ellos y que antes de ellos no ha habido nada. La historia comienza con la llamada revolución popular sandinista en 1979.
Y parece ser que ese propósito sigue vivo y que borrar la historia es como una planificación del gobierno danielista. No pueden ver una obra de arte que haya hecho un gobierno anterior porque inmediatamente hay que desaparecerla, tal como hicieron con la fuente luminosa y musical de la Plaza de la República.
Lo que no había visto era esta destrucción de monumentos que recuerdan buenas administraciones del pasado. La pequeña torre de la paz que simboliza el momento de la historia en que doña Violeta entierra las armas para que comience en Nicaragua una era de paz y tranquilidad. Destruir un símbolo de la paz no lo había visto en mis 82 años.
Tampoco creí ver cómo desbarataban una obra de arte como la Concha Acústica, construida en la administración edilicia de Herty Lewites, sin consultar antes con arquitectos especializados, y dando como excusa que ese monumento podría colapsar por los temblores de los últimos días. Eso no lo había visto nunca. Me pregunto, ¿tendré todavía que ver algo peor? Ojalá que no. Lo que espero ver es el triunfo de la democracia. El autor es gerente de Radio Corporación. Excandidato a la Presidencia de la República en 2011.
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