—Se fue con Jesús, para el cielo —contesta. Después se pone a llorar y llama a su mama Mariela: —¡Mama Mariela, mama Mariela!
Amalia Morales
A primera hora del Martes de Pascua, en la entrada del colegio Cristo Rey, de Tipitapa, fue asesinada la maestra Johanna Saraí González por su expareja, el expolicía José Esteban Vílchez, quien luego se suicidó. Vílchez picó el cuerpo de González con una bayoneta frente a otras profesoras desesperadas que pedían auxilio a gritos. Luego, intentó huir, y al sentirse acorralado se mató de una estocada en el corazón. González era hija de un subcomisionado de la Policía y de una maestra a punto de jubilarse, tenía dos hijos con Vílchez, se habían casado 11 años atrás, cuando él tenía 22 años y ella 27.
Como si se tratara de la misma mano criminal, el femicidio de González ocurrió menos de dos semanas después de que se produjeran otros tres asesinatos de mujeres en tres lugares distintos del país. Casi al mismo tiempo, con una diferencia de días y horas se perpetraron femicidios en el balneario de Montelimar, en Wiwilí, al norte del país y en Masatepe, Masaya. En este último el asesino fue un miembro de la policía, Manuel Sánchez, 47 años, quien mató de varios disparos a su esposa de 34 años, Heydi Reyes. El escenario de este crimen fue el centro recreativo Paraíso Escondido de esa localidad, y el suceso ocurrió delante de los hijos de la pareja. Después de disparar a su cónyuge, Sánchez intentó suicidarse, pero le falló el arma. Ese mismo día, otra arma de fuego se usó para acabar con la vida de tres en Wiwilí. Heynar Maldonado se aproximó en una motocicleta a eso de las nueve de la noche a la casa cural del pueblo, y sin mucho preámbulo, le solicitó a Erlin Castillo, testigo del suceso, “Erlita apártese, que ya no puedo más con esto”, y acto seguido disparó contra Sandy Hernández, su pareja, y Juan Francisco Blandón, párroco de Wiwilí.
Después se mató él. Fue un triple crimen. Aún no se reponía la opinión pública de estos femicidios cuando en Montelimar se reportó el caso de la misionera estadounidense Karen Colclough, quien desapareció desde el 11 de abril. El cadáver de Colclough se halló durante la Semana Santa en los mismos días que el país estaba sumido en alerta roja por los sismos. La Policía presentó a Fernando Antonio Aburto Reyes, 35 años, como presunto autor del crimen. Aburto habría golpeado, violado y asesinado a la misionera con una de sus prendas de vestir. Hasta hoy lo niega.
Hasta hoy la Red de Mujeres contra la Violencia (RMCV) cuenta 30 femicidios en el país (sin incluir los casos de la última semana).
A los pocos días del asesinato de la maestra de Tipitapa, la primera comisionada y jefa de la Policía Nacional, Aminta Granera, reconoció que había un repunte de los asesinatos contra mujeres. “El año pasado, por primera vez en cinco años habíamos logrado disminuirlos, pero este año se nos han disparado”, dijo Granera.
Este viernes, la Fiscalía prometió “mano dura” para los femicidas. La fiscal Ana Julia Guido aseguró a las organizaciones de mujeres que se han acusado a 27 de los 30 femicidas. A pesar de las intenciones, la mayoría de los asesinos y sospechoso siguen prófugos de las autoridades. Sin embargo, mientras se esclarecen estas muertes y antes de que un nuevo asesinato vuelva a estremecer a la opinión pública cabe preguntar ¿quiénes son los femicidas? ¿Se puede establecer un perfil sobre ellos? ¿Qué está haciendo el Estado y la sociedad por detener estas muertes? ¿Qué se está haciendo? ¿Es este un problema de la justicia nada más?
NI CONMIGO NI CON NADIE
“La casa sigue siendo el lugar menos seguro para las mujeres”, dice Reyna Rodríguez, enlace nacional de la RMCV. Del análisis de esa organización se desprende que la mayoría de las mujeres han sido agredidas en primer lugar, en la casa, y en segundo, en la calle. A la maestra González la mataron a unos metros de la escuela, a la misionera estadounidense en el balneario, a Sándigo en las afueras de la casa cural y a Reyes, en un centro recreativo.
En un sitio público hallaron el cadáver de Mariela de los Ángeles López Ondoy. Las aves de rapiña despedazaban el cuerpo estrangulado de López Ondoy, de 28 años, que fue hallado cuatro días después de su asesinato. López Ondoy lavaba y planchaba, criaba a cuatro hijos, entre 11 y tres años de edad, y vivía con su mamá Rosa María Palacios, de 55 años, en Monimbó. Palacios recuerda que la mañana del viernes 30 de enero, su hija salió a planchar al barrio San Jerónimo, a eso de las ocho y media de la mañana, y nunca más volvió.
Un dato más revelador sobre los femicidas es que la mayoría de las asesinadas no convivían con su asesino en el momento que las matan. Estaban separadas. “En el 80 por ciento de los casos son exparejas los que matan”, dice Rodríguez y explica que eso es una especie de “veneno” para hombres maltratadores que no soportan que la mujer no esté viviendo con ellos. Es el caso de González, que había dejado a Vílchez 15 días antes. El expolicía se había quedado solo en la casa de Tipitapa.
El psiquiatra forense Nelson García explica que cuando la mujer intenta separarse, la reacción de muchos hombres es buscarla, perseguirla. “Son hombres con escasa tolerancia a las frustraciones y con un bajo nivel de tolerancia a perder algo, en este caso perder a la mujer, a lo que consideran el objeto amado, que al someterse y dejarse maltratar, confirma su existir”, explica García y agrega que en estos casos, cuando la mujer decide romper su relación con el maltrato, se produce una amenaza oculta, el hombre suele decir “si vos te separás de mí, yo te mato”.
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En tres de 28 femicidios, quienes los cometieron terminaron quitándose la vida ellos también. “Un femicida suicida no es una persona que está bien, carga una estructura personal que lo hace llegar al exterminio de la vida. Para que alguien se suicide es porque ya emocionalmente está mal, es alguien que no logra valorar que su pareja, “su posesión”, pueda tener una vida distinta con otra persona. El femicida no mata por una condición única, sino que se juntan varios factores que confluyen para que él decida llevar a cabo el acto”.
Mientras que para Rodríguez, de la RCMV, el hombre que decide matar es alguien que “lo planifica bien, que actúa con premeditación y alevosía. Hay planificaciones de mediano y largo plazo”.
Recuerda García el caso de un hombre que se presentó a la policía y confesó su crimen. Era un caso de “trastorno delirante paranoide”, donde el hechor declaró que “la leche que estuve bebiendo ese día tenía semen y que había ese olor en todas partes porque la mujer le era infiel”. García también ha sabido de casos de hombres que tienen una especie de complejo de Edipo no resuelto con las mujeres. Sin embargo, estos son los menos, la mayoría de los femicidas no tienen problemas psiquiátricos.
MACHISMO VIVO
Los expertos creen que los femicidios son “la punta del iceberg” de la violencia intrafamiliar que existe en el país, y consideran que el mayor responsable es esa herencia “cultural machista”, el “patriarcado” que domina los diferentes espacios sociales y que comienza en la casa. García cree que esa idea de posesión que tienen muchos hombres sobre las mujeres es resultado de ese machismo, de la crianza, pero también del entorno. “Todo un universo puede estar presente. Veamos cómo está conformada nuestra sociedad”, dice García para quien, por esas características de la sociedad, es muy complejo establecer el perfil de un femicida. Cree que cualquiera puede serlo tomando en cuenta el entorno en el que vivimos. Es justamente el machismo el que lleva a descalificar, anular y someter a la mujer en muchos hogares a pesar que ella puede ser la proveedora, porque los roles se han invertido, reflexiona García.
“En general, vivimos en una sociedad machista en la cual los hombres aprendemos a sentirnos dueños de las mujeres, en una relación de pareja se establece una relación de propiedad, entonces cuando esa mujer por alguna razón decide separarse o ya no quiere seguir con ese hombre, el hombre entra en crisis porque siente que esa mujer le pertenece, al grado que es capaz de quitarle la vida”, dice Rubén Reyes, de la red de masculinidades.
Uno de los roles tradicionales que se ha tolerado a los hombres es la infidelidad. El 80 por ciento de los femicidas son hombres infieles, cree Rodríguez. Al contrario, esta misma conducta en la mujer, la cultura machista la condena y la castiga, y así se termina justificando la muerte.
Una de las mujeres que fueron asesinadas este año tenía relaciones sentimentales con dos hombres, quienes a su vez tenían otras parejas. El día de su asesinato la mujer mandó 35 mensajes de chat a sus dos novios. Se vio con ambos en el transcurso del que fue su último día de vida. Durante la cita con el segundo hombre, le confesó que estaba con otro, que lo quería más y que no iba a continuar la relación con él. La confesión desembocó en reproches, hubo una discusión acalorada, agrias recriminaciones, de los insultos pasaron a los golpes, y al final, el hombre aprovechó su fuerza y la mató. Luego huyó, robó el celular de ella, lo vació y se lo regaló a la mujer con la que vivía.
“Nada justifica la muerte. Los hombres tienen que entender que la mujer tiene el mismo derecho de elegir que ellos”, dice García y apunta que ese cambio de mentalidad debe comenzar desde el primer grado hasta bachillerarlos en género.
Reyes recuerda que “en un estudio que hicimos hace varios años ya, preguntamos en qué situaciones se justificaría que un hombre le pegara a una mujer y la situación que más prevalecía es que la mujer le fuera infiel. La infidelidad es castigada. Al establecer una relación de propiedad es una muestra de que está rompiendo con esa relación que el machismo mandata”, explica Reyes y agrega que tiene que deconstruirse la masculinidad actual y construirse una nueva.
El machismo está en las casas, pero también en casi todas las esferas de la vida: en la escuela, en los centros de trabajo, en las instancias que imparten justicia, creen los expertos y recuerda que la falta de confianza hacia las Comisarías de la Mujer termina inhibiendo a las mujeres que siguen callando el maltrato. También pasa que en muchos hogares son mujeres las que crían solas a sus hijos y también les inculcan el machismo. Eso también ocurre por la misma herencia patriarcal que ellas tienen, según distintos expertos. Tal vez eso explique por qué a veces los juzgados especiales, donde se siguen los procesos de violencia de género, son mujeres (madres, hermanas, hijas) las que acompañan a los hombres agresores.
Tras su asesinato, se supo que la maestra Johanna González había denunciado varias veces a su marido de maltrato y que la Policía se había burlado de ella. Arlen Vílchez, hermana de José Esteban y cuñada de González, recuerda que una vez su hermano agredió a su propio hijo delante de su hija de 11 años, y que cuando ella se enteró llevó a la niña a denunciar. A pesar de este hecho, Vílchez dice que la relación entre su hermano y la profesora era tormentosa, “enfermiza”, “así vivían” en pleitos.
“Cuando venía aquí, nosotros le decíamos ‘separate de la Sara, esa no es vida, si las mujeres sobran’”.
¿LA LEY ALIENTA?
Después de algunos femicidios aparecen también voces detractoras que culpan a la Ley Integral Contra la Violencia hacia las Mujeres”, más conocida como Ley 779, de alentar a la violencia. Sin embargo, en la Red de Mujeres se insiste en que la ley no es contra los hombres, sino contra la violencia hacia las mujeres.
“Puede ser que se esté gestando un malestar entre un sector de hombres contra la ley y que eso exacerbe la violencia”, reflexiona Reyes quien cree que la ley es un avance.
Reyna Rodríguez no cree que el fenómeno del femicidio esté por resolverse, no. Militantes de distintas organizaciones creen como Rodríguez que, por el contrario, se pueden esperar otras muertes por “la inacción del Estado” ante este problema.
“Este es un problema que deberían tratarse como un brote de dengue, es un problema de salud pública, que requiere de la intervención del Estado, del Ministerio de Educación y de Mifam (Ministerio de la Familia) es una responsabilidad colectiva”, dice Nelson García. El análisis del femicidio no debe reducirse a aplicar la ley, no se debe olvidar a los huérfanos que dejan estas muertes. La RMCV calcula que por cada mujer asesinada quedan de dos a tres niños huérfanos.
Mariela López Ondoy dejó cuatro niños huérfanos. Dependían enteramente de ella. A veces, el papá contribuía con algo. Desde que ella murió, los niños quedaron con la abuela, Rosa Palacios. Palacios, de 55 años, dice que el papá le ha estado ayudando con la provisión semanal, y algunos vecinos la apoyaron con los útiles escolares. Tres de los niños van a la escuela primaria. La más pequeña, de 3 años, se queda con Palacios, quien no tiene un trabajo fijo. De vez en cuando lava y plancha ropa que le llevan de otras partes. Ella no puede salir a las casas como lo hacía su hija. Hasta ahora no la ha visitado ninguna funcionaria estatal. No recibe ningún apoyo institucional, pero estaría complacida que eso ocurriera. El techo de la casa está cayéndose. Si llueve se van a mojar los niños y ella. Palacios dice que los niños extrañan a la madre. A veces la más pequeña le dice que ha visto a su “mamá Mariela”.
—¿Y tu mamá?
—Allí está —contesta la niña de 3 años.
—¿Cuándo te vino a ver?
—Anoche.
—Y ¿con quién se fue?

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