El prototipo que tengo del boxeador es Alexis Argüello. Hombre talentoso y de recursos múltiples, pero sobre todo, un luchador frontal y valiente hasta la muerte.
Podría ser también Roberto Durán o Julio César Chávez. Incluso Oscar de la Hoya o Sugar Ray Leonard, quienes mezclaban rapidez y potencia asombrosamente.
Nunca me han gustado los Pernell Whitaker o los Corey Spinks, púgiles escurridizos e incapaces de penetrar en la línea de fuego, y menos aún, de ofrecer un acto heroico.
Sin embargo, o me habitué a su dominio total en el boxeo de hoy a o su habilidad para imponerse con limpieza y desactivar dinamitas, pero terminó por atraparme.
Eso ha pasado con Floyd Mayweather, quien día a día amplía su leyenda y también fortalece su aureola de invencible. En este momento, no hay quien le gane.
Hay quienes se emocionan con lo ofrecido por Marcos Maidana ante Mayweather el sábado en los primeros cinco asaltos. Y ciertamente fueron emotivos.
Es más, Maidana mandó en ese lapso, en el que justo como lo había prometido, Mayweather se detuvo a intercambiar metralla, pero no se le vio en dificultades.
Intercambiar golpes o pararse a intentarlo no es la mejor elección para Mayweather, y sin embargo, lo hizo, en beneficio del espectáculo. Y al final, ganó.
Y cuando se propuso hacer deslucir a Maidana lo logró. Su dominio fue total en la segunda parte del combate. Prevalecieron su talento y sus condiciones físicas.
Ahorita no hay quien le gane, ni siquiera Manny Pacquiao, cuyo fuego aún persiste, pero su potencia y movilidad han disminuido.
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