Sarcasmo
Que un reo se haya hecho pasar por magistrado, y que con relativa facilidad lograra estafar a varios ciudadanos pinta a cuerpo completo el sistema judicial que cargamos. Es que en un universo paralelo, en esa Nicaragua ideal, el estafador no hubiese pasado de la primera víctima. Me imagino una reacción así: “¡Un momentito! ¿Cómo cree que me va a engañar si los magistrados son personas de reconocida honorabilidad y comprobada honestidad y no vulgares raterillos que puedan ofrecer resolver casos por cinco mil dólares? Yo confío en este poder judicial, sé que es insobornable, y mi familiar tendrá un proceso justo que lo condenará si es culpable o lo absolverá si es inocente como estamos seguro que es. Es más, ya lo denunciaré a usted ante la Policía que se encarga con diligencia de estos casos de corrupción, y no tiene problemas con llevar a la cárcel, sea quien sea el delincuente”. El problema es que no funcionó así y las víctimas apostaron su dinero confiados en que el magistrado retorcería las leyes para resolverles. ¿Acaso ya no se entiende qué es “reconocida honorabilidad?
Bota al cuello
Dejémonos de ese romanticismo patriotero que pinta un país de “vigor y gloria” y reconozcámonos como estamos: doblegados, con una bota en el cuello. Apenas respirando para mantenernos vivos. Las instituciones se han convertido en satrapías de Daniel Ortega, al frente de las cuales ha colocado a sujetos de la peor ralea, delincuentes de reconocida trayectoria, codiciosos y sin escrúpulos. Es la gente que entró al asalto, con cuchillo entre los dientes, a saquear y someter al Estado. Con la reelección de todos ellos, incluyendo a los que se sometieron, Ortega solo demuestra que, si de él depende, Nicaragua seguirá ahí, en el suelo, maniatada y con la bota al cuello. Sometida por la fuerza y por la voluntad de aquellos colaboracionistas que le apoyan agradecidos porque los deja respirar.
Celebración
Los diputados sandinistas celebraron ayer con júbilo la reelección de Roberto Rivas como magistrado del Consejo Supremo Electoral. Una celebración extraña porque Rivas estaba electo desde que Daniel Ortega decidió mantenerlo en el cargo. Ninguno de los diputados que estaba ahí tenía que pensar, reflexionar, discernir sobre su voto. Solo apretar el botón. Ni siquiera tienen que ser humanos para esa función. Un mono entrenado hace lo mismo. No podía haber otro resultado que 63 votos a favor. ¿Qué celebraban entonces? No entendí.
Círculo vicioso
Roberto Rivas los hace diputados alterando actas, adulterando resultados, y ellos, una vez diputados, lo hacen magistrado para que él los siga haciendo diputados y así volverlo a elegir magistrado en un perverso círculo vicioso sin fin. Es un sistema con pretensiones de perpetuidad diseñado en El Carmen, en donde el voto de los ciudadanos sale sobrando. Ya no es necesario.
Candados
Un domingo de estos, empleados de la Alcaldía se dedicaron a poner candados a mansalva a los vehículos parqueados en la calle, frente a negocios llenos por la transmisión de un partido de futbol. O sea, hubo alevosía y ventaja, como dicen los abogados. Pero lo que más me llamó la atención fue la explicación de su labor que dio uno de los funcionarios. “Lo que pasa —dijo— es que solo se dedican a obstaculizar el tráfico. Y no quieren pagar. Que paguen su permiso y ya está”. En otras palabras, los candados, me quedó claro, no son para mantener las calles y aceras limpias de carros como se dijeron al principio, sino para obligar a los negocios a pagar por el parqueo de sus clientes, en este afán de sacar dinero hasta de las piedras que se tienen ahora todas estas instituciones de gobierno.
Partido carroñero
Y para los que se preguntaba para qué le servía a Ortega mantener vivo artificialmente al PLC, ahí está la respuesta. Ahí están, esperando pacientemente en la rama de un árbol, o sobrevolando en círculos sobre el festín de las hienas, para en el momento indicado, acercarse cautelosamente y apropiarse de algún hueso o víscera suelta. Fueron poder, luego socios mayoritarios del pacto, después socios minoritarios, gracias a ellos Ortega llegó al poder, y terminaron siendo un partido carroñero. Es la forma que encontraron de sobrevivir. Ellos nunca tuvieron escrúpulos.
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