JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA
Poco se sabe de la figuración del maestro Augusto Patín en la música académica, en la atmósfera chilena. Simplemente se le llamó “El músico foráneo”.
Gozaba con dejar con su palabra la vocación que tuvo por los clásicos, por los autores de la música de cámara, embellecida por el terciopelo de las cuerdas: violines, cellos y en la honda gravedad, los contrabajos.
Augusto Patín se obstinó en ser cultor de los cuartetos. De toda esa belleza hizo gala expositiva “el músico foráneo” en aquellos años en que Rubén pintó de azul el cielo de su creación en primavera.
Fundó la “sociedad del cuarteto” por ser esa su formación predilecta donde se ejemplifica lo ideal para ejecutar y desempeñar un papel auténtico de los sentimientos, de la concomitancia personal.
Los conciertos que auspiciaba esta sociedad eran gratuitos. La superior intención era que los jóvenes aprovecharan el fácil acceso para aprovecharse de las glosas y de la ejecución.
Un día de tantos hizo un sesgo en la especialidad temática y se inclinó por poner a Ricardo Wagner con su estilo opuesto al arrullo sedoso de la música íntima, de pomposa orquestación. Ese día llegó a la sala el joven Rubén Darío y con solo conocer a Lohengrin se llenó de admiración por Wagner.
La sala estaba semivacía según la versión del profesor Edelberto Torres en La dramática vida de Rubén Darío . Después de recibir la conferencia de Patín, el poeta quedó prendado del personaje expuesto. A partir de ahí “escucha, medita, estudia la filosofía musical de Wagner”.
Desde entonces es escrutado por el bardo hasta concluir con que “Wagner es indudablemente el más potente, el más creador de los músicos modernos, el artista genial, el revolucionario e inspirado creador de la música del porvenir”.
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