Violeta Villar/EFE
La diversidad mestiza del territorio venezolano se expresa en su rica culinaria y en los modos distintos de aprovechar los frutos generosos para ponerle pasión a la doméstica tarea de dar gusto en la mesa.
Rafael Cartay, en su libro El pan nuestro de cada día (Caracas, ediciones de la Fundación Bigott), tuvo el entusiasmo de dividir a Venezuela en cinco regiones gastronómicas: los Andes, los Llanos, la Selva, la Costa y el Centro.
Esta división no obedece a criterios caprichosos y sí a realidades demográficas, sociológicas y políticas, en tanto se come como se vive y se piensa.
A la Costa, la divide, a su vez, en tres subregiones: Oriente, Centro y Occidente, las cuales se caracterizan por el consumo de pescados, moluscos y mariscos, dada su tradicional vinculación con el mar.
En Oriente hay influencia de sabores asiáticos (hindúes, chinos e indonesios); en el Centro, los platos hablan de la presencia africana, y en Occidente predomina el toque de las Antillas.
Al llegar a la cocina de los Andes, no se pueden obviar las particularidades de su clima, mucho más fresco que el del resto del país, de ahí la fuerte tradición de las sopas muy calientes, incluso servidas en el desayuno. Es el caso de la pisca, un auténtico estímulo para quien gusta amanecer con ánimos renovados.
Es una sopa a base de papas picadas, con ramas de cilantro y huevo. Un verdadero gusto de las mañanas frías.
De los Andes, Cartay destaca la herencia indígena y el mayor consumo de carne de res y cochino o cerdo. El picante también tiene buena acogida, así como los pastelitos y la chicha.
Los Llanos llevan a su mesa la realidad de su producción ganadera. La carne de res, la yuca (tubérculo) o el plátano de freír, se integran a la rutina culinaria, donde tampoco faltan piezas de cacería como el venado, la lapa y el chigüire.
De la región gastronómica conocida bajo el título genérico de la Selva, destaca el autor de El pan nuestro de cada día, el consumo de diversos productos: la yuca (con la cual se produce el emblemático casabe, el auténtico pan indígena); los peces de río y animales de cacería, además de las influencias trinitarias, hindúes y jamaiquinas.
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