Julio Portocarrero Arancibia
No es un gran políglota como sus demás predecesores, pero en su primer año como obispo de Roma, el papa Francisco se ha convertido en un ícono de la sencillez evangélica para los cristianos católicos del mundo entero.
Desde su primera aparición en aquel atardecer del 13 de marzo de 2013 marcó la diferencia. Jorge Mario Bergoglio —que hasta entonces laboraba en la viña del Señor como arzobispo de Buenos Aires—, se mostró ante el mundo como un pastor.
Y desde esa figura con la cual también Cristo se presentó en su momento ha conducido a la Iglesia católica. Han sido sus gestos el lenguaje efectivo con el cual ha querido transmitir a todos los pilares de su pontificado.
“Cuánto anhelo una Iglesia pobre para los pobres”, dijo al segundo día de su elección, ante una multitud de fieles que llegó a Roma para ser testigos de un nuevo cónclave, tras la renuncia inesperada de nuestro amado Benedicto XVI.
Francisco predica con sus gestos, pues sabe que no solo basta la palabra. Sabe que el mundo necesita amor y que es necesario salir de sí mismos para ir al encuentro de nuestros hermanos y hermanas que necesitan de la misericordia de Dios.
Su sonrisa, amabilidad y gestos han conquistado a muchos hermanos que habían perdido la fe. ¡Ojo! pero Francisco no es el autor de esta renovación en el espíritu que la Ecclesiae experimenta, ni de ese nuevo Pentecostés que diariamente nos convoca a todos los bautizados a comprometernos con la historia actual.
Todo esto es obra del mismo Espíritu que a lo largo de los siglos ha conducido a la barca de San Pedro en medio de tempestades y contrariedades. “Yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos”, diría Cristo minutos antes de su ascensión.
No podemos quedarnos en nuestras comodidades. El papa Francisco ha propuesto un itinerario de vida cristiana que nos invita a ver a la sociedad de este siglo, desde la mirada tierna de aquel que se reveló a sí, como la puerta, el pastor, la luz, la palabra, el pan, la vida, el camino, pero sobre todo un maestro.
La Iglesia, a un año de la elección de Francisco como obispo de Roma, experimenta el despertar de un nuevo tiempo para los cristianos. Un tiempo en el que continuamente el Espíritu nos habla por medio del magisterio de un papa accesible y con ferviente amor por los más pequeños.
En una conversación vía Skype hace un par de semanas, monseñor Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua me compartía: “En la persona del papa Francisco he sentido la presencia de Pedro”, y esta impresión de monseñor es la misma que quienes seguimos por medio de las redes sociales al romano pontífice, experimentamos.
Sin embargo, esta fiebre “franciscana” no podrá surtir efecto hasta que nosotros decidamos salir de nuestras esferas para comprometernos con el Evangelio. El proyecto por el que el papa Francisco trabaja necesita también de la colaboración de todos aquellos que decimos llamarnos cristianos, pues juntos es como se podrá construir la civilización del amor.
Tras el tradicional ¡Habemus papam! de aquel 13 de marzo de 2013, conocimos que el nuevo papa había querido llamarse Francisco. Ningún pontífice en la historia de la Iglesia se había llamado así. Quizá Bergoglio quiere —como san Francisco de Asís—, reparar la casa de su Señor. ¡Feliz aniversario santo papa! El autor es periodista.
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