Joaquín Absalón Pastora
Uno de los acontecimientos en el festejo de las epónimas efemérides se da en los 150 años del nacimiento de Richard Strauss (1864-1949). Y es que a este apellido, de impetuosas polémicas, se le siguen premiando sus glorias en la cuna vienesa que no cesa de vincularlo con la juntura histórica vivida no solo bajo los signos de la música sino de las otras circunstancias de la vida: la severidad de los dramas y las muecas de la comedia, el protocolo de los paraninfos. Pero este Strauss reciente no fue el Josef patriarcal que marchó con los compases celebrantes y luctuosos.
Lo que le corresponde a este titán de la modernidad orquestal es la creación del poema sinfónico que irradia con la pesquisa nerviosa de sus sentidos y con una sentencia en la floración de la elegía: “Dentro de diez años nadie sabrá quién es Wagner”, desacierto en el vaticinio por cuanto prevaleció. Aquello fue una anécdota febril y fisgona. En el comienzo el sentenciado influyó en el estilo de su obra misma. Y bajo ese manto de liberación, abrigado en el ansia de la estructura peculiar es que nace “el poema sinfónico”. No es la sinfonía vertebrada por la continuidad, es el poema recitado por el pulmón colectivo instrumental, son los juegos tonales en escaramuzas insospechadas, es la sonoridad inducida por la técnica en pavoneo.
Su poema tiene nombre. El homenajeado circula en la ejecución. El Quijote fue uno de ellos. Sigue de andante.
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