¿Qué tiene en mente la mayoría de la gente cuando escucha la frase Feliz Año Nuevo?
Posiblemente imaginen un año como el que describe un autor, Chevrot; uno en que no suframos ninguna enfermedad, preocupación, pena o contrariedad, sino que todo nos sonría y nos sea favorable; que ganemos mucho dinero, que aumenten los salarios, pero no los precios de los artículos, que los medios nos comuniquen a diario buenas noticias políticas, sociales y económicas. “En pocas palabras, que no experimentemos contratiempo”.
Esa forma de entender la felicidad, tan extendida en nuestra cultura contemporánea, es sin embargo un concepto superficial y engañoso, que paradójicamente puede contribuir a disminuir la felicidad verdadera o más profunda.
Un año como el que describe Chevrot es prácticamente imposible, pero aún si lo fuese, no sería necesariamente un buen año. Y al revés; podríamos tener un año plagado de problemas, en el que nos topamos con una enfermedad grave, un desastre económico, o una triste pérdida familiar, y ser, con todo, un año bueno. ¿Cómo es posible? podríamos exclamar. La respuesta se encuentra cuando en lugar de ver las cosas desde el punto de vista exclusivamente humano y material, las vemos desde la perspectiva que toma en cuenta las dimensiones más hondas y espirituales de la persona.
Depende de cómo se tomen las cosas, un año lleno de éxitos y nuevos bienes materiales, podría ir acompañado de un endurecimiento interno, del aumento de nuestro egoísmo, y de serias infidelidades en nuestros compromisos personales. Nos puede alejar del bien y de los demás. Y al final nos puede dejar con un sinsabor profundo en lo más íntimo. Por el contrario, un año plagado de fracasos y carencias podría ser un período de mucho crecimiento interior, si nos ayuda a despegarnos de lo material y pasajero y apreciar más las cosas que de verdad valen la pena, o si nos hace más fuertes ante el dolor o las contrariedades.
Usualmente las grandes personalidades son almas probadas —recientemente vimos el caso de Mandela, cuya grandeza se fraguó, en gran parte, en sus 27 años de prisión. Lo dice la Biblia: “Porque en el fuego se purifica el oro, y los que agradan a Dios, en el horno del sufrimiento”. (Ec.2,5)
Las personas más felices no son necesariamente aquellas a quienes la vida les sonríe más rodeándolos de posesiones, fama o fortuna, sino aquellas que han sabido anclar su gozo en fundamentos más sólidos y profundos. A mí siempre me ha impresionado el testimonio de Santa Teresita, quien cuenta en sus confesiones cómo su corazón saltó de alegría cuando, a los 24 años, descubrió tras vomitar sangre que pronto moriría para encontrarse con el amor.
No es casualidad que entre los Santos se encuentren las personas más felices del mundo. No existen Santos tristes. Ahora que tenemos la ventaja de poder ver a algunos de ellos en vídeos o fotografías, como Madre Teresa de Calcuta, el padre Pío, San Josemaría, etc., podemos percibir que son personas que irradian mucha alegría; optimistas, sonrientes, contentos, a pesar de ser personas habituadas al sacrificio y a grandes renuncias. Son las ventajas de la fe y de las almas que aprenden el gozo de la entrega.
Está bien que nos deseemos unos a otros un Feliz Año Nuevo. Pero entendiéndolo como un año bueno; uno que nos acerque al bien, que nos haga crecer internamente, que nos haga más generosos, buenos y desprendidos. Así lo enfrentaremos sin temor o ansiedades inútiles. Porque sus frutos no dependerán de las circunstancias —las cuales no podemos controlar— sino de nuestra respuesta a ellas. El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
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