Querida Nicaragua: Lo encontré un día radiante de sol en la carretera que va de Ocotal, a Mozonte. Yo iba cómodamente en auto, él venía cargando su alforjita y sus 78 años a pie sobre los nobles caites que siempre usó. Me detuve a saludarlo. A los 78 años no había perdido una hebra de pelo, pero lo tenía blanco. Sonreía junto con su mujer de más o menos la misma edad, el rostro de ambos surcado por un laberinto de arrugas. Los invité a subir al vehículo, hice la maniobra del caso para devolverme y llevarlos a Ocotal. Yo sabía hacia donde iban, y como eran gente conocida y como me ha gustado mucho hablar con ancianos que cuentan historias de verdad y cuentos de mentira, de sustos y de ceguas, íbamos platicando.
—Voy a ver a la Elenita—, me dijo. Elenita era mi madre a quien don Dominguito conocía desde tierna, la había visto nacer en 1903, cuando era empleado (sirviente, les llamaban antes) de mi abuelo materno, el doctor Manuel Mantilla Calderón. Don Dominguito había chineado a mi madre cuando era una niña y ese gran cariño por ella le duró toda la vida.
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Ahora corrían los años cincuenta del pasado siglo. Mi madre tenía 47 años y don Dominguito 78. Me acordé de Carlos Mejía cuando miré la alforja de cabuya cargadita de ilusiones, de nancites y capulines que traía aquel anciano tan presente en mis recuerdos.
Don Dominguito había acompañado a mi abuelo Manuel en la agobiante ruta de los estudiantes de antaño, saliendo a lomo de mula en gira de tres días para llegar a El Sauce, en verano, cuando no estaban crecidos los ríos, y luego en tren a León. Don Dominguito hacía el viaje de regreso trayendo la bestia en la cual había viajado mi abuelo.
Aquel anciano era como un libro abierto pues contaba historias de las guerras que había vivido. Nunca un rato de sosiego, decía, nunca llegó la paz que todos prometían. “Siempre había proclamas y revoluciones de los hombres que no estaban en el poder contra los que sí estaban. Subían los liberales, empezaban a perseguir a los conservadores. Subían los conservadores y empezaban a perseguir a los liberales. Unos y otros confiscaban fincas enteras, se robaban todo el ganado, los trapiches, las carretas, las bestias, todo con el pretexto de la guerra. Ningún partido es mejor que el otro, amigo, me decía, los dos son cortados con la misma tijera”.
Eran los días de navidad y don Dominguito y su señora venían a ver al Niño Dios y a la Elenita. Ahí se quedaban todo el día en la casa nuestra y luego en la tarde se iban, otra vez a pie, a Mozonte, a unos seis kilómetros de Ocotal. Al fondo de la cocina hablábamos largamente y le toqué el tema de los tiempos de Sandino.
“Ay amigo, me dijo. Eso era horrible. No se podía asomar la nariz en un camino porque podía aparecer el temible Pedrón Altamirano cortando cabezas. Muchas veces aparecían las cabezas ensartadas en los postes de los potreros. Pedrón era asesino, pero Sandino no. Y la verdá, él derrotó a los machos, los sacó de Nicaragua”.
Y quiero decirle algo. Y bajando el tono de la voz, casi en un susurro me dijo: “muchos hablan mal de Somoza, y yo no sé si este presidente será bueno o malo. Lo que sé es que desde que él se hizo presidente aquí hay tranquilidad, tenemos nuestros siembritos, vendemos las verduras en el mercado, caminamos sin miedo. Después de tanta guerra, al fin vivimos en paz”. Y yo, opositor a Somoza no quise decirle nada. Don Dominguito no entendía de política, tan sólo quería sembrar su tierrita, comer en paz y andar tranquilo por aquellos caminos aromados de pinos y de pájaros. El autor es gerente de Radio Corporación. Excandidato a la Presidencia de la República en 2011.
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