En la historia de la humanidad se han registrado billones de noticias; malas y buenas, grandes y pequeñas, de alcance general y limitado. Si hubiese que determinar de todo el universo de noticias a través de los siglos, la más grande y la mejor, ¿competiría alguna con la Navidad?
El valor noticioso del nacimiento de Cristo puede juzgarse desde dos perspectivas: la de la fe, que cree en cosas que no captan los sentidos, y la del historiador secular, que se limita a juzgar los impactos visibles de un fenómeno. En ambas puede usarse la norma periodística que establece que una noticia completa debe contener el “qué, cuándo, dónde, cómo, por qué”, y la valoración de sus consecuencias.
Desde la perspectiva de la fe, el “qué” (lo que ocurrió) de la Navidad, es sensacional y novedosísimo: ¡Dios se hizo hombre! Dios decidió irrumpir directamente en la historia humana. El cómo es igualmente novedoso y desconcertante: no como un juez temible o amo poderoso, rodeado de pompa, majestad y ejércitos, sino como un niño desvalido y pobre, que nace de una jovencita, esposa de un carpintero, que tuvo que dar a luz en un establo. El cuándo y dónde son datos bien establecidos: en tiempos del emperador César Augusto, hace aproximadamente 2013 años, en Belén de Judá. El porqué es igualmente sensacional y es lo que hace a esta noticia la mejor de todas: porque Dios nos ama inmensamente y busca nuestra plena felicidad.
Desde la perspectiva de la ciencia histórica, el “qué” de la Navidad se limita a constatar que el niño que allí nació se convirtió después en un gran líder religioso que fue tenido por muchos como Dios encarnado. Respecto al cuándo, dónde y cómo no hay mayores discrepancias con la perspectiva anterior. Respecto al “porqué” no emite opinión. Pero al llegar al análisis de las consecuencias no puede menos que reconocer que como suceso histórico, la Navidad no tiene parangón alguno: el ser humano cambió radicalmente su forma de ver a Dios y de verse a sí mismo. De un dios distante, remoto y demasiado trascendente para la pequeñez del hombre, el cristianismo difundió la percepción de un Dios cercano, humano, tierno y sensible; amigo íntimo del hombre. De un ser humano que se veía en término de categorías profundamente excluyentes; pueblo escogido o gentil, libre o esclavo, hombre o mujer, el cristianismo vino a reivindicar la dignidad inconmensurable de todos los seres humanos y la igualdad radical que los hermana por encima de cualquier distinción externa.
Estas nuevas percepciones causaron el cambio cultural más profundo en la historia de las civilizaciones. Afectó las legislaciones, la moral, el arte, la política, las formas de convivencia, la jerarquía de los valores. El mundo jamás volvería a ser el mismo. La Navidad es una noticia tan grande que parte la historia en dos: antes y después —los años de nuestro calendario se cuentan a partir de ella—.
Por eso en ambas perspectivas, la sobrenatural o la secular, la Navidad es una noticia muy especial en la que calzan bien las palabras del ángel a los pastores: “No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia que será motivo de gran alegría para todos”.
Son cosas a ponderar en esta Navidad, cuando tengamos la oportunidad de contemplar en un pesebre al niño causante de todo esto.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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