Luis Sánchez Sancho
La propuesta original de reformas constitucionales que fueron aprobadas el martes de esta semana en la Asamblea Nacional, contenía el mandato de rendir culto nacional a la “madre tierra”, entendido esto como una referencia a la deidad precolombina de los pueblos andinos, la Pachamama (Madre Tierra). El culto todavía se practica parcialmente en algunos lugares de América del Sur y ciertos gobernantes que promueven el denominado “socialismo del siglo XXI”, en particular el presidente boliviano Evo Morales, tratan de establecerlo como religión dominante.
Como era de esperarse, la pretensión de imponer el culto a la Pachamama fue rechazada por las Iglesias cristianas, católica y evangélicas, y prácticamente por todos los sectores y personas no oficialistas que se han pronunciado sobre el tema. Al parecer, por ese rechazo —pero sobre todo porque no era un tema esencial en el proyecto gubernamental para rediseñar la Constitución— la veneración de la Madre Tierra o Pachamama fue excluida del dictamen sobre las reformas constitucionales que finalmente se presentó ante la Asamblea Nacional.
Según dicen Héctor V. Morel y José David Moral, expertos argentinos en temas religiosos, de parapsicología y esoterismo, en su Diccionario Mitológico Americano: dioses, razas, leyendas, la Pachamama es la “Madre de la Tierra o madre de los cerros, que simboliza como divinidad la fuerza reproductora de la naturaleza, adorada por los indígenas del Altiplano andino, en el extremo noroeste de la Argentina”. De la Pachamama se dice que es una diosa protectora y proveedora, pero también vengativa y castigadora. Ella tiene hambre con frecuencia y si sus adoradores no la alimentan con las ofrendas que son de su agrado, o si se le ofende de manera deliberada o por casualidad, castiga a sus ofensores provocándoles distintas enfermedades.
Pero la divinización o sacralización de la Naturaleza y de la Tierra no ha sido algo exclusivo de los indígenas suramericanos. Al respecto el mitólogo español José Antonio Pérez-Rioja escribe en su Diccionario de Símbolos y Mitos que “la renovación anual del mundo vegetal despertó, desde la más remota antigüedad, la idea de la Tierra como madre engendradora. La creencia de que los hijos vienen de la Tierra puede tener su origen en aquella. Y también los hombres —con la muerte— vuelven a la Madre Tierra, a la que se adoró en todas las civilizaciones primitivas”.
Pérez-Rioja se basa en el eminente filósofo e historiador de las religiones, el rumano Mircea Eliade (nacido en Bucarest, Rumania, el 13 de marzo de 1907, muerto en Chicago, Estados Unidos, el 22 de abril de 1986), quien escribió más de cuarenta libros (algunos de ellos en varios tomos) y su prestigio como estudioso de las religiones y mitos religiosos es universal. Mircea escribió que “la imagen de la Madre Tierra, preñada por toda suerte de embriones, ha precedido a la de la Naturaleza. Este simbolismo sexual y ginecológico (según el cual la tierra se asimilaba al vientre de la madre, las minas a su matriz y los minerales a los embriones) es sumamente antiguo”.
En el mismo sentido Pérez-Rioja señala en su obra antes mencionada, que Hesíodo, el poeta e historiador de la antigua Grecia, de la época anterior a Cristo, escribió en su Teogonía que Gaia o Gea (la Tierra), “engendró primero a un ser igual a ella, que pudiera cubrirla entera, el Cielo estrellado (Urano), que fuera siempre una sede segura para los bienaventurados”.
Menciona también el mitólogo español que el trágico clásico griego, Esquilo, escribió acerca de la Tierra en su tragedia Las Coéforas (como llamaban a las portadoras de las libaciones que se derramaban en las ceremonias religiosas y sobre las tumbas de personas ilustres), que ella “engendra todos los seres, los nutre y vuelve a recibir luego de ellos el germen fecundo”. Curiosamente, en algunos lugares de América del Sur algunas personas acostumbran derramar un poco de vino o de cerveza, antes de tomarlas, mientras dicen: “Antes, por la Pachamama”, lo cual se considera gesto de buena suerte.
Gea (la Pachamama de la mitología griega), fue diosa primordial durante mucho tiempo, pero al perder la lucha con los dioses masculinos tuvo que traspasarles sus poderes. Lo cual, historiadores de la religión y antropólogos explican como explicación simbólica del paso de la sociedad matriarcal a la patriarcal que predominó hasta no hace mucho tiempo, y en algunos lugares sigue prevaleciendo hasta ahora.