Hace unos años, decidí escribir una serie de obituarios para LA PRENSA, de un pequeño grupo de hombres y mujeres cuyas peregrinaciones por el mundo lo transformarían positivamente. En este club selecto incluí a Juan Pablo II, Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Mihail Gorbachev y Nelson Mandela. Poco a poco, estos robles han ido cayendo. El primero en irse fue Reagan en 2004, seguido por Juan Pablo II (el Magno) en 2005, y Thatcher en abril de este año. Y el 5 de diciembre cayó el cuarto, Nelson Mandela, conocido en Sudáfrica cariñosamente como Madiba, un apodo para la tribu Xhosa a que pertenecía.
El escenario en que Mandela desarrolló su vida política, Sudáfrica, fue relativamente modesto. Sin embargo, lo incluí por ser un inclaudicable luchador por los derechos humanos y, sobretodo, por la igualdad de las razas. Por ser un revolucionario que llegó al poder y gobernó democráticamente buscando la reconciliación de su país que él describía como un país arco iris por ser multiétnico. Allí estriba su grandeza. Y por eso está en mi club de figuras heroicas de finales del siglo XX.
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La lucha de Madiba duró décadas y resultó en su encarcelamiento por 27 años, 18 de estos en la solitaria Isla Robben. Madiba nació miembro de la realeza de la tribu Xhosa, fue atleta y estudioso, coqueteó con el comunismo y apoyó la lucha armada para destituir al régimen segregacionista establecido por los Afrikaners, descendientes de los pioneros holandeses y hugenots franceses que se establecieron en Sudáfrica en el siglo XVII. En 1994, en las primeras elecciones en que todas las razas y etnias sudafricanas pudieron votar, ganó la presidencia de su país, cargo que ocupó por tan sólo un período.
Mientras guardaba cárcel, Madiba se dedicó a estudiar afrikáans, el idioma de sus opresores, al igual que la historia de los que él llamaba la tribu blanca de Sudáfrica. También alcanzó paulatinamente renombre mundial, convirtiéndose en el rostro de la lucha en contra del apartheid. “Libertad para Mandela” se convirtió en una consigna mundial. Y en la medida que las sanciones mundiales en contra del régimen sudafricano lo aislaban del concierto de la nación, fue puesto en libertad. Esto ocurrió en 1990, un año después que cayó la muralla de Berlín y se acabó el marxismo leninismo y el antiguo imperio soviético.
Mandela recibió el Premio Nobel de la Paz en 1993 junto con el último presidente afrikaner de Sudáfrica, F.W. de Klerk. Y como presidente, se consagró a la reconciliación de su país con pragmatismo y valentía. Para lograr esto, tuvo que conjugar a dos tremendas expectativas. La una, la de los negros, que el día después de su toma de posesión ellos heredarían las riquezas del país. Y la otra, la de los blancos, que ellos perderían todo y se verían obligados a irse al exilio. Madiba logró jinetear esta situación, reconociendo que hubiera seguramente resultado en violencia y el empobrecimiento de su país. Y por la fuerza de su voluntad, carisma e incesable trabajo, logró un aterrizaje suave para Sudáfrica. No fue fácil. Tenía que resistir la presión de aquellos que querían nacionalizar a las empresas privadas —todas las grandes en manos de los blancos — al igual que la tentación de imponer un sistema socialista. Los desafíos que enfrentaba Mandela fueron tan mayúsculos que confesó en una entrevista que “la última vez que durmió tranquilamente fue cuando estaba encarcelado”.
Con su muerte, este estadista alcanzó de vuelta la paz que tenía cuando su cuerpo estaba encarcelado pero su espíritu se mantenía invicto y tranquilo. Que Madiba descanse en paz. El autor fue embajador de Nicaragua en Estados Unidos.
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