Moisés Hassan
El ingreso de la propuesta de reformas a la Constitución y el Código Militar a la llamada Asamblea Nacional tardó algo más de lo que muchos esperábamos. Era obvio que el dictador las necesitaba con urgencia. Más no para asumir los poderes de un reyezuelo, que esos ya los tenía: ¿o es que se puede uno reelegir contra Constitución, viento y marea sin tenerlos? ¿o asignar, a su gusto y antojo, altas funciones a numerosos individuos —sus siervos—, prestos a perpetrar cualquier iniquidad contra los nicaragüenses con tal de continuar disfrutando de los dadivosos favores del amo? ¿O disponer libremente de los miles de millones de dólares extraídos de los exhaustos estómagos y bolsillos del pueblo venezolano?
No, Ortega no necesita convertirse en un reyezuelo. Ya lo es. En consecuencia, lo que persigue nuestro personajillo es algo ligeramente diferente: desea asegurarse de que seguirá siendo reyezuelo por tanto tiempo como le quede de vida y de que, cuando le toque marcharse, dejará ungida a su multimillonaria descendencia.
Y en el intento, sin darse cuenta ha puesto al desnudo sus secretas angustias. Para empezar, demuestra tener clara conciencia de que, cuando la situación política se le ponga al rojo vivo, difícilmente el Ejército —las imágenes de una Guardia colgando de la brocha, y un cobarde dictador huyendo son imborrables— va a alzar sus fusiles contra un pueblo que lo sostiene para que proteja sus derechos y la soberanía nacional; difícilmente van a cometer suicidio. Por más que el dictador los acaricie y ponga en sus manos cargos y recursos. Confites serían estos en el infierno que la perversa obsesión de Ortega puede desatar sobre Nicaragua. Él lo sabe, y ellos también.
Luego, otro temor parece asediarlo: ¿y si, como ocurrió en septiembre de 1994, y recientemente con Ocampo y Jarquín, un grupo de sus congresistas —por razones que él debe conocer mejor que nadie— decide hacer tienda aparte? Para abortar esa inquietante perspectiva algún retorcido cerebro ideó reprimir el transfuguismo. Pues recelos albergo de que la intención de Ortega sea la de impedir que diputados del PLI u otra organización, sobornados o chantajeados, busquen refugio en sus brazos.
Otras interrogantes surgen en mi mente: ¿por qué las elecciones deberían ganarse por mayoría simple? ¿por qué impedir que todas las elecciones —generales y municipales— se celebren simultáneamente? Solo una respuesta se me ocurre: Ortega continúa acosado por el fantasma del noventa. Sabe que las encuestas que le asignan un astronómico apoyo popular no son creíbles. Mucho menos cuando el dinero con que ha venido luchando por convertir a humildes nicaragüenses en sumisos mendigos está dando claras señales de agotamiento. Y no veo realista que, la entrega al gobierno de China Continental del cuerpo de Nicaragua —para que sea partido en dos y sus despojos arrojados al gran lago— logre que este compre quiméricos sueños y satisfaga su insaciable apetito de poder, riquezas y protagonismo.
En consecuencia, otro requisito que el reyezuelo necesita llenar para seguirlo siendo, es el de continuar perpetrando fraudes. No tan monstruosos como los del pasado, eso es muy arriesgado. Deben ser menos escandalosos, más defendibles. Luego, hay que reducir su magnitud, y ello impone la ineludible necesidad de reducir el número de votos requeridos por la ley para triunfar.
Y, finalizo, si de hacer fraudes se trata, es sin duda preferible —no hay que ser estratega para saberlo— no abrir muchos frentes a la vez. Qui va piano va lontano. Mejor ir de fraude en fraude. Para impedir que las reacciones de repudio que se generarían a los distintos niveles electorales se refuercen entre sí de una manera sinérgica y aceleren el final del reinado de nuestro reyezuelo. Si es que ello no ha ocurrido antes, sin necesidad del detonante de elecciones. El autor es escritor, autor de la maldicion del güegüense.