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Trampa de ratones
¿Cómo se caza un ratón? Bueno, la forma más común es ofrecerle un cebo que lo lleve a la trampa. El cebo, lógicamente, tiene que atraer el interés de la presa para que llegue hasta donde se quiere. Por ejemplo, el queso. Al principio, el ratón comerá agradecido y hasta pensará en qué buen hombre es este que hasta queso de su preferido le deja para que se alimente. “Si fuera candidato a presidente, yo votaría por él”, podría pensar el ratón, si fuese eso posible. El secreto es ese, hacer que la presa se confíe tanto, que ni siquiera vea venir el muelle que se soltará con violencia y caerá sobre él, rompiéndole el cuello y las costillas, sin que ya pueda hacer nada para liberarse.
El muelle
Se avizoran tiempos duros. El dinero de Venezuela dejará de llegar para ser repartido tan alegremente. De hecho, ya comenzó el trasiego. El bono, las pensiones reducidas, los subsidios y los programas asistencialistas ya se están empezando a cargar al presupuesto que, como sabemos, no da para más. Mire nomás Venezuela, hace poco era el paraíso de los regalos. Ahora es el reino del caos. Ve qué buen hombre es este que nos regala zinc, chanchitos, nos da viáticos, camisetas, cargos El ratón llegó a la trampa. “¿Y para qué son las reformas?”, preguntan algunos todavía. Cuando el ratón quiera reaccionar, ya ni podrá moverse porque habrá leyes, ejército y policía, represión, que le caerán encima. Se llamaba ratón
Códigos de guerra
El gran error de políticos y estudiosos ha sido interpretar a Daniel Ortega con unos códigos diferentes a los que él usa. Es como querer entender un partido de futbol desde las reglas del beisbol. Desde su particular punto de vista, Ortega no ganó unas elecciones ni cree que alguien en su sano juicio sea tan tonto para jugarse el poder en elecciones. Él venció una guerra. Imaginaria, pero guerra en su cabeza. Él se comporta como un vencedor. Y trata al resto como derrotados. Para él, si se fijan bien, la clasificación de cada quien es bien sencilla: el alto mando, con derecho a rapiña, pero fieles hasta la muerte; la tropa, que son las fuerzas que le sirven incondicionalmente; los derrotados, sin derecho a nada y los derrotados-colaboracionistas, que no los considera de los suyos, pero los usará mientras los necesite.
Al matadero
Llegado a esta parte, déjenme contarles una historia triste. Para la segunda guerra mundial, los nazis instalaron en Varsovia, Polonia, el mayor gueto de Europa. Casi 400,000 judíos fueron hacinados ahí. Para mantener el control, los nazis se apoyaron en algunos judíos que, a cambio de ciertos beneficios, tales como mayores raciones de comida, mejores condiciones de alojamiento y mayor libertad de movilización, colaboraban con sus verdugos. Colaboracionistas. Policía Judía, la nombraron. Esta policía era la encargada de llevar a diariamente a 6,000 de sus compatriotas a un campo de exterminio llamado Treblinka. A las críticas, algunos respondían (y talvez hasta lo creían de verdad) que estaban enviando a esos judíos a otros campos de trabajo con mejores condiciones, cuando en realidad iban a la cámara de gas. Al matadero.
Solución final
Traigo esta historia a colación porque a diario nos encontramos con colaboracionistas de todo tipo y tamaño que siempre encuentran justificaciones para explicar su actuación despreciable. Desde los que dicen que colaboran con el verdugo para proteger al resto de los suyos hasta aquellos que solo quieren salvar su propio pellejo, sin darse cuenta, como los policías judíos, que lo único que están ganando es colocarse de últimos de la fila. A Hitler nunca se le ocurrió dejar vivos a los colaboracionistas. Por algo llamó “Solución final” a la matanza de judíos.
Olor a queso
Estamos viviendo momentos decisivos donde hasta la indiferencia es colaboracionismo. ¿Qué dicen los militares que ya no ascenderán porque habrá un tapón arriba con mandos que no se retiran? ¿Qué dicen de que les toque disparar contra los ciudadanos? ¿Qué dicen los artistas, cantantes, pintores, poetas, cineastas, que ya no se implican en nada por miedo, que cantan solo a la naturaleza y al amor, porque así no se meten en problemas con nadie? ¿Qué dicen los empresarios que han empeñado el alma al diablo? ¿Qué dicen aquellos que han decidido apartar la vista de la podredumbre para convencerse que todo va bien en Nicaragua? Esto, señores, no son unas simples reformas. Es la trampa. Y llegamos hasta ahí y, posiblemente, vaya a caer sobre nosotros, porque ustedes, principalmente, han sido seducidos por el olor a queso.
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