Jeniffer Castillo Bermúdez
Los brazos de Arnulfo (12 años) aún no se ven musculosos, pero en dos o tres años más “él será uno de los fortachones que trabajan aquí”, comenta Marvin Espinoza, un comerciante del Mercado de Mayoreo, en Managua.
“Fortachones” le dicen a los niños y adolescentes que llegan cada madrugada al parqueo del mercado para descargar las verduras, quesos o los granos básicos que llevan los camiones para la venta.
A las 5:14 de la mañana, Arnulfo no ha desayunado aun; hace frío, pero a esa hora debe cargar verduras, acomodarlas en la carreta metálica de la bicicleta y luego ir a venderlas en las calles del barrio Laureles Sur, en el Distrito Siete de la capital.
En su casa hay mucha necesidad económica. “Debo trabajar”, dice. Su mamá lava y plancha ajeno y su papá trabaja en una zona franca. Por eso, Arnulfo se despierta cada mañana a las 4:00 a.m. para empezar a trabajar y “llevar riales a la casa”.
Él gana cien córdobas diario por trabajar hasta mediodía, después tiene que ir a la escuela. Está en tercer grado de primaria “y tal vez no lo termine porque mucho dejo de ir a clase”, admite.
El sector informal es el que tiene a la mayor cantidad de niños trabajadores y el que, según Marvin Moreira Téllez, coordinador de proyectos del Instituto de Promoción Humana (Inprhu), menos atención recibe.
“El sector informal es un reto. Hemos logrado reducir las formas más peligrosas de trabajo en el sector formal”, asegura Bertha Rosa Guerra, oficial en Nicaragua de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
40,389 trabajaban en Jinotega hasta el primer trimestre de 2012.
39,527 trabajadores se registraban en Matagalpa. Otros 263,429 trabajan en el resto del país.
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En el 2008, cuando el gobernante Frente Sandinista situó al programa Amor como uno de los proyectos sociales emblemáticos, el Ministerio de la Familia prometió que para el 2011 no habrían niños y adolescentes en las calles, todos tendrían acceso a educación y condiciones dignas.
Pero Walter (16 años), en lugar de alistar su desayuno y mochila para ir a clases, agarra su suéter azul y sale —a eso de las 3:30 de la madrugada— para el Mercado Iván Montenegro, donde carga varios quintales de queso y los monta en una camioneta que su jefe conduce al mercado municipal de Masaya.
Desde hace tres años Ricardo (15 años) se “gana la vida” en el parqueo del Mercado de Mayoreo y para él la celebración de la Purísima, el próximo 7 de diciembre, representa mayores ingresos porque “pelando caña gano 200 o 300 (córdobas) por día”.
A los “fortachones” que pelan cañas, además de los cien córdobas que les pagan por trabajar un día, les pagan un córdoba por cada vara de caña pelada, partida, lavada y acomodada en bolsas transparentes que usted compra a 10 córdobas por unidad.
Para los proyectos y políticas de protección social a cargo del Ministerio de la Familia, el Gobierno invierte menos del dos por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).
Mifamilia, responsable de normar, regular, administrar y promover leyes, políticas, programas y proyectos de protección social y protección especial a niños, adolescentes y sus familias, tiene asignado un presupuesto de apenas 24.5 millones de dólares en el Proyecto de Presupuesto General de la República 2014.
Esto equivale al 1.1 por ciento del PIB, porcentaje cercano al promedio que ha mantenido durante los últimos años, apunta el economista Adolfo Acevedo.
SALEN CIFRAS Y CIFRAS
Hasta el momento, del Programa Amor se desconoce su impacto porque no se ha realizado una nueva Encuesta Nacional de Trabajo Infantil y Adolescente. La última oficial se realizó en el 2005, cuando en el país habían 238,827 niños y adolescentes trabajadores.
Además, según la oficial, en Nicaragua de la OIT, existe una cifra “preliminar” del 2010 que revela que en el país hasta ese año habían más de 300 mil niños y adolescentes trabajadores.
Y en la Encuesta Continua de Hogares del I Trimestre de 2012 se señala —según Acevedo— que en Nicaragua trabajan 395,556 niños y adolescentes de entre 10 y 18 años.
Más de la mitad de estos, segura Acevedo, se desempeñaba en 2012 “como trabajador familiar sin pago, ayudando a sus padres o familiares en las actividades económicas que estos desarrollan para sobrevivir”.
Luis (12 años) es uno de ellos. Él, para ayudarle a su mamá, tiene que vender cien donas en el portón de la Universidad Nacional Agraria (UNA). Solito carga una pana con toda la venta y aborda el primer bus que pasa por el Mercado Iván Montenegro a eso de las 4:45 a.m.
“Él termina de venderlas como a las 9:00 de la mañana y se viene a la casa para hacer las tareas y después se va a clases. Ellos (Luis y Kathy, su hija de 8 años) me ayudan porque como yo soy madre soltera tengo que hacer de todo para mantenerlos y ayudar en la casa a mi papá que no trabaja y no recibe pensión”, afirma Aura Lidia Martínez, mamá de Luis. En total venden 200 donas entre ambos.
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